Capítulo 58. El precio de la libertad
La sala del Consejo estaba en silencio cuando Mónica tomó la palabra, con la carpeta abierta sobre la mesa y una seguridad que no dejaba espacio a la duda.
—Propongo diez conciertos al año, como mínimo, en distintas provincias del país, empezando por la capital y el sur —dijo, sin levantar la vista de sus notas más que lo necesario—. Los fondos recaudados se destinarán íntegramente a la escuela de música y a proyectos de reconstrucción en las zonas más afectadas. Y quiero que quede constancia de que no habrá censura sobre el contenido de las canciones ni sobre el vestuario, tal como ya se acordó para el primer concierto.
Mansur, sentado en su lugar habitual, dejó pasar un silencio calculado antes de hablar.
—Con el debido respeto, señora, un concierto es un incidente. Diez al año, en distintas provincias, es una institución. —Entrelazó las manos sobre la mesa—. Y las instituciones tienen consecuencias que un evento aislado no tiene.
—¿Qué tipo de consecuencias? —preguntó Hassan, sin dejar que el tono de Mansur avanzara sin oposición.
—Hemos visto lo que ocurre cuando esta mujer canta, Majestad. —Mansur no apartó los ojos de Mónica al decirlo—. En el anfiteatro, cuarenta mil personas la aclamaban como si fuera un oráculo. En el sur, una plaza entera se puso a llorar con una canción que nunca habían escuchado. Eso no es entretenimiento. Es poder. Un poder que no responde ante este Consejo, ni ante las leyes de Al-Zahara, ni ante nada más que su propia voz.
—Es música —replicó Mónica, sin alterarse—. No un arma biológica.
—Toda herramienta capaz de mover a las masas es un arma, señora, la use usted con esa intención o no. —Mansur se giró hacia Hassan—. Si institucionalizamos esto, Majestad, estaremos entregando a una sola persona, extranjera además, la capacidad de movilizar emocionalmente a su pueblo sin ningún contrapeso.
La sala quedó en silencio.
—El sur necesita esa reconstrucción —dijo Hassan finalmente—. Y el pueblo necesita algo más que decretos para sentir que esta Corona los escucha. Si eso significa dejar que la música haga lo que ningún discurso mío ha conseguido en veinte años, lo aceptaré.
Mansur asintió despacio, sin ceder del todo.
—Entonces propongo una contrapartida, Majestad.
—Le escucho.
—Quiero acceso a los archivos de la Corona. Todos ellos, sin restricciones. —Mansur lo dijo con calma, como quien pide algo menor—. Si vamos a abrirle las puertas del país a una extranjera, lo justo es que este Consejo tenga las mismas puertas abiertas dentro de nuestra propia casa.
Hassan frunció el ceño.
—¿Con qué propósito?
—Transparencia, Majestad. Nada más. —Mansur sonrió apenas—. Si no hay nada que ocultar, no debería suponer ningún problema.
Karim, desde su lugar junto a la pared, se mantuvo inmóvil, aunque algo en su expresión se tensó de una manera que nadie más en la sala pareció notar.
Hassan consideró la petición un momento. Comparada con la magnitud de lo que estaba consiguiendo para Mónica, aquello sonaba a un trámite menor, casi simbólico.
—Concedido —dijo finalmente—. Con los límites habituales de seguridad de Estado.
—Por supuesto, Majestad.
Mansur inclinó la cabeza, con una satisfacción que ocultó perfectamente detrás del gesto protocolario.
Mónica, ajena por completo al verdadero alcance de lo que acababa de aprobarse, sintió que el aire volvía a entrarle en los pulmones.
—Entonces, ¿tenemos un acuerdo?
—Tienen un acuerdo —confirmó Mansur.
Karim esperó a que el resto del Consejo empezara a dispersarse antes de acercarse a Hassan, con la voz baja y urgente.
—Majestad, tenemos que hablar. En privado.
Hassan miró hacia Mónica, que recogía sus papeles con la misma energía satisfecha que llevaba toda la reunión.
—Dime, Karim. Rápido.
—Mansur acaba de conseguir acceso a los archivos de la Corona, Majestad. Todos ellos.
—Lo sé. Yo mismo se lo he concedido.
—Con el debido respeto, no creo que sea consciente de lo que eso significa.
Hassan lo miró, ya con un pie hacia la puerta.
—¿Qué quiere decir?
Karim dudó un instante, midiendo cuánto podía decir sin más pruebas concretas que llevar a la mesa.
—Prefiero explicárselo con calma, Majestad. Mañana.
—Entonces mañana —dijo Hassan, aliviado de tener una excusa para no profundizar esa misma noche—. Descansa, Karim.
Salió de la sala con paso rápido. Karim se quedó allí, pensando en la responsable de la urgencia del rey por abandonar sus obligaciones.
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La suite real estaba en penumbra cuando Hassan entró minutos después de la reunión.
Mónica se había quitado los zapatos y la chaqueta del traje nada más entrar. Todavía llevaba puesta la blusa de seda, con las mangas remangadas hasta el codo, y el pelo, que había llevado perfectamente recogido, empezaba a deshacerse en algunos mechones sueltos.
La vio sentada frente a la chimenea con unos papeles en la mano, tan ensimismada en la lectura que no se percató de la presencia de Hassan.
El rey se acercó y apoyó las manos sobre sus hombros, sobresaltándola.
—No pretendía asustarla —dijo, inclinándose sobre los papeles.
Ella lo miró por encima del hombro.
—No tenemos tiempo que perder…
Hassan alzó una ceja y le quitó los papeles.
—Es tarde— se excusó, mientras descorchaba una botella de champán—. Además, sería un mal augurio no celebrar los logros.
Monica se giró.
—¿Supersticioso también?
—Por la Reina que acaba de convencer a un Consejo entero de que la música no es una amenaza —dijo Hassan, sirviendo dos copas—. Algo que ni yo mismo estaba del todo seguro de conseguir.
Mónica tomó la copa con una sonrisa genuina, la de alguien que acababa de ganar algo que le importaba de verdad.
—Han tardado en ceder —dijo, todavía con la adrenalina de la reunión corriéndole por el cuerpo—. Pero lo han hecho.
Hassan dejó su propia copa sobre la mesa, con un gesto pausado, y le tendió la mano.
—Levántese.
—No me gusta que me den órdenes, —respondió desafiante.
Hassan le quitó la copa de la mano y la dejó junto a la suya, sobre la mesa. Después, lo volvió a intentar.
—Por favor —añadió con una sonrisa y un tono de voz más suave—. Solo quiero que estemos en igualdad de condiciones.
Monica se levantó, sin entender nada.
—Bien, tú dirás… —contestó con los brazos en jarra
Hassan la tomó por la cintura y la atrajo contra su pecho.
—Está invadiendo mi espacio—susurró.
—Voy a besarla hasta dejarla sin aliento. Y después, después podrá salir corriendo si así lo desea.
Mónica se quedó inmóvil, sintiendo que el corazón le latía con una intensidad que no tenía nada que ver con el champán.
No dijo nada.
No se movió.
Y Hassan, tomando aquel silencio exactamente por lo que era, se inclinó y la besó.