Hassan se inclinó y la besó. Su mano permaneció firme en la cintura de Mónica mientras sus labios encontraron los de ella con una seguridad que no dejaba espacio para interpretar aquel gesto como un accidente.
Mónica tardó apenas un instante en responder.
El champán seguía sobre la mesa. La chimenea proyectaba una luz irregular sobre las paredes de la suite y, durante unos segundos, todo lo que había ocurrido aquella tarde —el Consejo, Mansur, los archivos, las discusiones, las obligaciones de la Corona— pareció quedar muy lejos.
Solo existía la mano de Hassan sobre su cintura. Y la suya, todavía aferrada a la tela de su camisa.
El beso se hizo más profundo. Mónica sintió cómo él la acercaba un poco más, hasta que ya no quedó prácticamente espacio entre los dos.
No había prisa, pero sí había algo diferente. Una seguridad nueva. Como si después de tantos meses de dudas, de órdenes, de huidas y de enfrentamientos, Hassan hubiera dejado de preguntarse si ella iba a marcharse. Y Mónica, por primera vez, no parecía estar pensando en hacerlo.
Fue ella quien rompió el beso. Solo unos centímetros. Lo suficiente para poder respirar.
Hassan no la soltó.
—Esto se está convirtiendo en una costumbre —murmuró Mónica.
—No me parece una mala costumbre.
Ella levantó una ceja.
—No te emociones.
Una sonrisa apareció en el rostro de Hassan.
—No lo hago.
—Mentiroso.
—Majestad —corrigió él, con una seriedad deliberadamente exagerada.
Mónica soltó una risa.
—¿Ahora vas a esconderte detrás de tu corona?
—No. Puedo hacerme cargo de lo que siento por usted.
Ella lo miró durante unos segundos. Después bajó la vista hacia la mano que todavía descansaba sobre su cintura.
—Hassan...
—¿Qué? —preguntó él finalmente.
—Nada.
Intentó apartarse, pero Hassan la retuvo un instante más.
—Mejor aliados que enemigos.
Mónica se quedó quieta un momento, todavía con la mano de Hassan en su cintura, sin decidirse a apartarse del todo.
—Los aliados no suelen besarse así.
—Entonces llamémoslo diplomacia avanzada.
Ella soltó una risa breve, negando con la cabeza.
—Eres imposible.
—Me lo dicen a menudo.
Hassan aflojó por fin el agarre, aunque no llegó a soltarla del todo. Le apartó un mechón de pelo que se le había escapado del recogido, con un gesto lento, casi distraído, como si necesitara tener las manos ocupadas para no volver a atraerla hacia sí.
—¿Va a decirme lo que le preocupa? —preguntó, sin apartar los ojos de ella.
—Nada —contestó en un suspiro.
Hassan la observó un momento más, sopesando si insistir, pero finalmente decidió no hacerlo.
—Está bien. —Recogió su copa de la mesa y se la tendió—. Entonces brindemos otra vez. Por la diplomacia avanzada.
Mónica tomó la copa, todavía con media sonrisa en los labios.
—Por la diplomacia avanzada.
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Amina Farsi abrió los ojos a media tarde, con la misma lentitud con la que se recupera alguien que lleva días flotando entre la sedación y el sueño real.
Óscar, que llevaba horas en la silla junto a la cama, se incorporó de inmediato.
—Doctora Farsi.
La mujer parpadeó varias veces, desorientada, hasta que sus ojos se posaron en él con una mezcla de confusión y alarma.
—No la conozco —dijo, con la voz todavía pastosa.
—No, no me conoce. —Óscar se acercó despacio, con las manos visibles, intentando no asustarla más de lo que ya estaba—. Me llamo Óscar Taboada. Soy inspector de policía, español. He venido a hacerle unas preguntas sobre algo que pasó hace muchos años.
El nombre de "policía" pareció despertarla del todo. Amina intentó incorporarse, con una mueca de dolor por el brazo escayolado.
—¿Quién le ha dado mi nombre?
—Eso no importa ahora.
—Sí que importa. —Su voz, aunque débil, tenía un filo de miedo genuino—. Nadie debería saber dónde estoy.
Óscar se sentó de nuevo, más despacio esta vez, tratando de no acorralarla.
—Sé que estuvo presente cuando murió la Reina Sara. —Lo dijo con calma, sin acusación directa—. Y sé que después de aquello, desapareció de todos los registros oficiales de Al-Zahara. Sin destino. Sin rastro.
Amina cerró los ojos un instante, como si aquello le pesara físicamente.
—No tengo nada que decirle.
—Alguien la ha hecho desaparecer durante veinte años, doctora. Y ahora se cae usted por las escaleras justo cuando yo empiezo a buscarla. —Óscar bajó la voz—. Dígame que eso es una casualidad y me iré ahora mismo.
Amina lo miró un largo momento, con una expresión que Óscar no supo del todo interpretar. No era solo miedo. Había algo más, algo parecido al cansancio de quien lleva demasiados años cargando con un peso que nunca ha podido compartir con nadie.
—No sé quién le ha enviado —dijo finalmente—, pero le aseguro que lo que sea que crea saber, no es lo que piensa.
—Entonces dígame qué es.
—No puedo.
—¿No puede o no quiere?
Amina apartó la vista hacia la ventana, con los ojos húmedos.
—Hay cosas que no se cuentan porque contarlas no arregla nada. Solo destruye a quien queda.
Óscar se inclinó hacia adelante.
—¿A quién protege, doctora? ¿Al Rey?
—Protejo a una niña que no tuvo nada que ver con lo que pasó aquella noche. —Las palabras se le escaparon antes de que pudiera contenerlas, y el arrepentimiento cruzó su rostro de inmediato—. Olvide que he dicho eso.
—¿Qué niña?
—Váyase.
—Doctora Farsi...
—¡He dicho que se vaya! —Su voz se quebró, con más miedo que rabia—. Y no vuelva. Ya he pagado suficiente por lo que sé. No pienso pagar más.
Una enfermera entró alarmada por el ruido, y Óscar tuvo que retirarse hacia el pasillo, dejando atrás a una mujer que temblaba bajo las sábanas, aferrada a un secreto que llevaba veinte años protegiendo a costa de su propia vida.
Se quedó allí, en el pasillo del hospital, dándole vueltas a la única frase que Amina había dejado escapar sin querer.
Protejo a una niña que no tuvo nada que ver con lo que pasó aquella noche.
Óscar sacó su teléfono y buscó, sin pensarlo demasiado, la única "niña" que tenía sentido en aquel contexto.
Leila Albora.