Óscar volvió a Al-Zahara en el primer vuelo que consiguió, con la frase de Amina todavía resonándole en la cabeza durante todo el trayecto.
Protejo a una niña que no tuvo nada que ver con lo que pasó aquella noche.
No sabía todavía qué significaba exactamente, pero sabía que Leila era la única pieza que encajaba en ese hueco, y eso bastaba para que el resto de las piezas empezaran a acomodarse en su cabeza de la peor manera posible.
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Encontró a Mónica en el jardín interior, con una copa de té frío entre las manos, y algo en su postura, en la manera en que sonreía a algo que le decía una de las doncellas, que a Oscar le inquietó.
—Mónica.
Ella se giró, y la sorpresa de verlo de vuelta se mezcló con una especie de alerta instintiva que Óscar captó de inmediato.
—¿Dónde estabas?
—He encontrado a Amina Farsi.
—¿Quién?
—La doctora que estuvo presente cuando murió Sara. La que desapareció de todos los registros oficiales durante años. —Óscar se acercó, bajando la voz—. La encontré en un hospital, en el norte. Se había caído por las escaleras de su propia casa. Justo cuando yo empezaba a buscarla.
Mónica dejó la taza sobre la mesa, con más cuidado del necesario, intentando disimular su nerviosismo.
—¿Y qué te dijo?
—Que lo hizo para proteger a una niña—Óscar la miró fijamente.
—¿Qué niña?
—No lo sé con certeza. Pero solo hay una niña en toda esta historia, Mónica.
Ella tardó un segundo en entenderlo.
—Leila.
—Es evidente que lo está encubriendo. Por miedo o por lo que sea, pero lo está encubriendo.
Mónica se quedó en silencio, sintiendo como el suelo bajo sus pies volvía a resquebrajarse.
—La Corona silenció a esa mujer —continuó Óscar—. La hizo desaparecer, la mantuvo lejos de todo. Y tú, mientras tanto, jugando a las casitas con el hombre que probablemente esté detrás de todo esto.
Mónica levantó la vista, con algo entre la rabia y el miedo cruzándole el rostro.
—No me hables así. Estoy haciendo algo por este país. Trabajando.
Óscar no respondió de inmediato, y aquello, para Mónica, fue respuesta suficiente.
—Ya me imagino qué clase de trabajo hace falta para que un Rey ceda tanto terreno.
Mónica, presa de la rabia, le cruzó la cara de una bofetada.
Óscar se llevó la mano a la mejilla dolorida.
—Te estás enredando con un asesino, y parece que te da igual.
—No tengo por qué aguantar tus celos ni tus faltas de respeto. No te quiero aquí, Óscar. Coge un avión y hazte cargo de tu hijo, que buena falta le hace.
Mónica salió de la sala, malhumorada, enfadada, confusa, asustada y con una jaqueca que amenazaba con durarle varios días.
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El delantal le quedaba grande, atado torpemente a la cintura con un lazo que una de las cocineras había insistido en hacerle bien, aunque Mónica ya lo hubiera deshecho una vez sin darse cuenta.
—Su Majestad, permítame que yo me encargue —dijo Fátima, la cocinera principal, por tercera vez en diez minutos, con una mezcla de respeto y auténtico horror en la voz—. No es apropiado que usted...
—Fátima, llevo cocinando desde los diecinueve años, cuando no tenía ni para pagar el alquiler. Creo que sabré arreglármelas con unas lentejas.
—Pero una Reina no debería...
—Una Reina puede hacer lo que le dé la gana en su propia cocina. —Mónica removió la olla con más fuerza de la necesaria, dejando salir en el gesto parte de la tensión que llevaba acumulada desde el jardín—. Además, así aprendéis la receta y la próxima vez me la hacéis vosotras.
El resto del personal, apostado en los rincones de la cocina con la misma expresión de incredulidad silenciosa, no se atrevió a decir nada más, aunque ninguno se movió de su sitio, como si temieran perderse el momento en que la Reina de Al-Zahara quemara algo.
Mónica no quemó nada.
Sus manos recordaban cada paso sin que su cabeza tuviera que intervenir demasiado: el sofrito, las especias, el punto exacto de cocción que su madre le había enseñado hacía más de treinta años en una cocina mucho más pequeña, mucho más lejana, y sin embargo, en ese instante, extrañamente presente.
El calor del fuego, el olor familiar, el movimiento repetitivo de la cuchara de madera contra el fondo de la olla, todo eso fue apaciguando poco a poco el nudo que llevaba en el pecho desde la bofetada, desde las palabras de Óscar, desde el nombre de Leila resonándole en la cabeza como una acusación que todavía no sabía si era cierta.
Fue entonces cuando Nadia apareció en la puerta de la cocina, buscando con la mirada hasta encontrarla.
—Majestad, el Rey la está buscando por todo el palacio.
—Estoy aquí.
—Se lo diré.
Nadia desapareció de nuevo, y Mónica siguió removiendo las lentejas, sin prisa por ir a ningún sitio.
Hassan llegó pocos minutos después.
Se detuvo en el umbral de la cocina, con una expresión que mezclaba desconcierto y algo parecido a la ternura, observando a su esposa —la Reina de Al-Zahara, la mujer que había hecho llorar de emoción a un anfiteatro entero— removiendo una olla de lentejas con un delantal prestado y el pelo recogido de cualquier manera.
Hizo un gesto breve con la mano, y el resto del personal, sin necesidad de que nadie dijera una palabra, salió de la cocina en silencio, dejándolos solos.
Mónica no se giró. Seguía de espaldas a él, con el foco de su atención puesto por completo en el guiso, como si aquello fuera lo único importante en aquel momento.
Hassan se acercó despacio, hasta quedar justo detrás de ella.
Hassan se acercó despacio, hasta quedar justo detrás de ella. Le puso una mano en la espalda, con un gesto suave, casi distraído, mientras se asomaba por encima de su hombro para ver lo que hervía en la olla.
—¿Me estás evitando? —preguntó, sin apartar la mano.
Mónica se giró, todavía con la cuchara de madera en la mano, y sin decir nada se la acercó a los labios.
—Prueba.
Hassan las probó sin dudarlo y esbozó una sonrisa.
—Estoy deseando que lleguen a la mesa.
—No son para ti.
Él frunció el ceño.
—¿Cómo que no?
—Son para el servicio. Fátima y las demás llevan toda la tarde aguantándome, se merecen algo caliente.
Hassan se puso serio de golpe.
—¿Me está desafiando, Majestad? Las reinas no cocinan para el servicio.
—Pues esta Reina, sí.
Se sostuvieron la mirada un momento, hasta que Mónica, sin decir una palabra más, tomó un plato del armario y le sirvió una ración generosa, dejándolo sobre la mesa con un golpe seco que no tenía nada de sumiso.
—Muy bien —dijo, cruzándose de brazos—. Come, entonces.
Hassan miró el plato, y después a ella.
—Solo si me acompaña.
Mónica dudó un instante, pero terminó sirviéndose su propio plato y sentándose frente a él, en la pequeña mesa de madera que el personal de cocina usaba para sus propias comidas, tan distinta de cualquier otra mesa de palacio en la que hubieran compartido comida juntos hasta entonces.