Sin Perdón

Capítulo 61 Fuera de control

Capítulo 61 Fuera de control
Terminaron de comer casi en silencio, con alguna palabra suelta sobre las lentejas, sobre Fátima, sobre nada que tuviera verdadero peso. Mónica sentía que el cuerpo, por fin, empezaba a soltar la tensión acumulada desde el jardín.
Hasta que Hassan posó su mano sobre la de ella, sobre la mesa.
No dijo nada. Solo la miró, con una intensidad que no tenía nada que ver con las lentejas ni con la conversación trivial de los últimos minutos.
Mónica sintió el calor de esa mirada antes incluso de procesar del todo lo que significaba. Se levantó, con la excusa de recoger los platos, poniendo distancia entre los dos con un gesto que esperaba que pareciera natural.
Empezó a apilar los cuencos de espaldas a él.
Hassan se levantó también, en silencio, y se acercó por detrás, rodeándola con los brazos.
Ella se quedó quieta, sintiendo sus labios recorrerle el cuello, desde la clavícula hasta el lóbulo de la oreja, despacio, sin prisa. Un escalofrío la recorrió entera como una intensa corriente eléctrica.
Una de sus manos bajó hasta el vientre. La otra, poco después, se posó sobre uno de sus pechos, por encima de la tela de la blusa.
Mónica cerró los ojos, como si sus besos tuvieran el poder de anular su voluntad. Por un instante, se dejó llevar por el deseo. El calor de su boca, el peso de sus manos, la manera en que su cuerpo respondía a cada roce sin que su cabeza tuviera ninguna autoridad sobre ello.
Y entonces, sin quererlo, un nombre retumbó en su cabeza.
Sara.
—Para —dijo, con la voz más ronca de lo que pretendía, aun con el corazón agitado.
Hassan se detuvo de inmediato.
—No me toques.
Se apartó de él, ajustándose la blusa con las manos temblorosas y la sensación de haberse equivocado.
El Rey la observó, desconcertado, sin entender qué había cambiado en cuestión de segundos.
—Tiene razón —dijo finalmente, malinterpretando por completo lo que acababa de pasar—. No es el lugar. Cualquiera podría entrar.
Mónica no lo corrigió. Se limitó a asentir, dándole la espalda de nuevo, mientras terminaba de recoger los platos con una concentración exagerada, como si aquel gesto pudiera borrar la sospecha que le quemaba por dentro con la misma intensidad con la que, apenas un minuto antes, había sentido las manos de Hassan sobre su piel.
La mesa estaba puesta con la puntualidad de siempre, aunque Hassan y Mónica ya habían cenado horas antes, en la cocina, con un plato de lentejas que ninguno de los dos mencionó ante el resto de la familia.
Samira los observó sentarse, uno junto al otro. Algo había cambiado. Las miradas, los silencios y hasta el roce de manos que parecía casi casual delataba la tensión entre ellos.
—El nuevo diseñador de la capital ha traído una colección espectacular —comentó Leila, sin que nadie se lo hubiera preguntado—. Abuela, deberías ver los bordados. Son mucho más finos que los de la temporada pasada. Estaba pensando en pedir tres o cuatro piezas para...
—Leila —la interrumpió Mónica, sin levantar apenas la vista de su copa de agua—, si no tienes nada mejor que hacer que comprar vestidos, acompáñame al estudio. Hay trabajo de sobra.
La princesa se quedó a media frase, con el tenedor suspendido en el aire.
—¿Perdón?
—Al estudio. Hay que preparar las audiciones para la escuela, revisar contratos de los profesores, y contestar la correspondencia de medio país que quiere saber sobre los conciertos. Necesito ayuda.
—¿Leila? —Samira levantó una ceja, genuinamente desconcertada—. ¿Para qué la vas a necesitar a ella?
—Para trabajar.
Hassan, que hasta ese momento se había mantenido al margen, intervino con una rapidez que delataba cierta incomodidad.
—Leila es muy buena comprando. Sabe distinguir calidad, regatear precios, elegir lo mejor entre cien opciones. —Lo dijo como si aquello fuera, evidentemente, una habilidad de peso—. Quizás no sea la persona más indicada para que te ayude. Podemos contratar a…
Mónica lo miró un instante, con una expresión que no dejaba lugar a dudas sobre lo que pensaba de aquel argumento.
—Para que vas a contratar a alguien cuando tienes a tu hija aburrida entre cuatro paredes. Además, me servirá de guía para moverme por la ciudad.
—No me parece lo más idóneo.
—Tú también haces cosas que no son idóneas y aquí estoy—murmuró, poniéndose en pie—. Venga, Leila, te vienes conmigo.
Leila miró a su padre, después a su abuela, buscando algún tipo de rescate que no llegó.
—No sé hacer nada de eso —protestó, con menos convicción de la que pretendía.
—Pues hoy aprendes.
Mónica salió del comedor con paso decidido, y Leila, tras una última mirada de súplica hacia su padre que no obtuvo respuesta, la siguió a regañadientes.
El Rey y la Reina Madre quedaron en silencio, hasta que Samira dejó su copa sobre la mesa.
—¿A qué se refería?
—La Reina y yo discrepamos en algunas pequeñas cosas —respondió Hassan, sin levantar la vista del plato—. Nada de importancia.
—Eso es evidente, hijo. Pero hay algo más ¿o me equivoco?
Hassan titubeó un instante.
—Soy un hombre, madre. No una piedra. —Lo dijo con aspereza—. ¿Acaso está mal que me sienta atraído por mi esposa?
Samira lo miró un momento, sin inmutarse ante la confesión.
—Nadie ha dicho que esté mal.
—Pero…
—Pero no debería ser un problema para un hombre que siempre consigue lo que desea.
—Todo no, madre.
Samira entrelazó las menos sobre la mesa.
—Así que es eso —añadió con una media sonrisa—. Hassan ha encontrado la horma de su zapato.
—¿Se burla madre?
Samira se levantó, alisándose el vestido con ambas manos.
—En absoluto. Pero es curioso, que de entre todas las mujeres hayas escogido a la única que no puedes controlar.
Hassan apretó la mandíbula, sin encontrar una respuesta.




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