Sin Perdón

Capítulo 62 Manos a la obra

Leila siguió a Mónica por los pasillos de palacio con el mismo entusiasmo con el que se habría dirigido a una ejecución.
—Estoy cansada —protestó, arrastrando un poco los pies—. Y sigo sin entender para qué puedo servirte yo.
—Algo aprenderás —respondió Mónica, sin aminorar el paso.
Llegaron al pequeño estudio donde se amontonaban carpetas, bocetos y muestras de tela que Karim había ido reuniendo para la escuela. Mónica encendió la lámpara de la mesa y rebuscó entre los papeles hasta dar con un cuaderno de dibujo olvidado, uno de los muchos que Leila solía abandonar por toda la Cúpula sin que nadie se lo recordara.
—Te he visto dibujar —dijo, mostrándoselo—. Y bastante bien, además.
Leila se cruzó de brazos, a la defensiva.
—Son solo bocetos. No significan nada.
—Pues hoy van a significar algo. —Mónica extendió sobre la mesa varias fotografías del concierto del anfiteatro, de la gira en el sur, incluso alguna antigua de sus conciertos en España—. Quiero que diseñes algunos vestidos para los próximos conciertos. Algo que fusione el estilo tradicional de Al-Zahara con lo que ves en estas fotos.
—¿Yo? —Leila la miró como si le hubiera pedido que resolviera una ecuación—. No sé hacer eso. Nunca lo he hecho.
—Pues pon esa cabecita a pensar. Algo sacarás.
Leila se acercó, a regañadientes, y empezó a mirar las fotografías una a una. Se detuvo en una donde Mónica llevaba un vestido ajustado, con un escote pronunciado, sobre un escenario iluminado de rojo.
—Esto es muy bonito. Muy... atractivo. —Hizo una pausa, estudiándolo con más atención—. Aunque aquí sería contraproducente enseñar tanta piel.
—Tampoco quiero parecer una monja, Leila.
La princesa sonrió, casi a su pesar, y siguió pasando fotografías, hasta que se detuvo de golpe.
—El vestido de mi madre —dijo, en voz baja—. El que llevaste la primera noche. Ese te quedaba muy bien.
Mónica levantó la vista de los bocetos.
—¿Te acuerdas mucho de ella?
Leila se quedó callada un momento, con los dedos todavía rozando el borde de una de las fotografías.
—No demasiado. Era muy pequeña cuando murió. —Se encogió de hombros, en un gesto que pretendía parecer indiferente y no lo conseguía del todo—. Lo único que recuerdo de verdad es que lloraba mucho. Casi todas las noches, creo. O eso me parecía a mí, que tampoco entendía mucho de nada entonces.
Mónica sintió que algo se le encogía en el pecho.
—¿Lloraba por qué?
—No lo sé. —Leila volvió la vista hacia las fotografías, como si necesitara un lugar más seguro donde posar los ojos—. Nunca nadie me lo explicó. Un día simplemente dejó de estar, y todos empezaron a hablar de ella en pasado.
—No deberías darle tantas vueltas —dijo Mónica, intentando quitarle peso al momento, aunque la voz no le salió tan ligera como pretendía—. Eras muy pequeña. Los recuerdos de esa edad son confusos.
—Puede. —Leila no pareció del todo convencida—. Pero yo creo que no era feliz.
Se quedaron las dos en silencio un momento, con las fotografías todavía extendidas sobre la mesa entre ellas.
—¿Tú eres feliz? —preguntó Leila, de repente, mirándola directamente a los ojos.
Mónica se quedó inmóvil, con un boceto a medio terminar todavía entre los dedos.
No esperaba la pregunta, y mucho menos esperaba lo difícil que le resultaría encontrar una respuesta que fuera del todo honesta.
—Es complicado —dijo finalmente.
—Eso no es un sí.
—Tampoco es un no.
Leila la observó un momento más, con una madurez que no encajaba del todo con sus diecinueve años.
El silencio se prolongó un rato más, hasta que Leila, casi como refugio, volvió la vista hacia el cuaderno de dibujo y empezó a trazar líneas sin mucha convicción al principio.
Mónica la dejó hacer, ocupándose de sus propios papeles, sin presionarla.
Pasada media hora, Leila dio un golpecito en la mesa con el lápiz.
—Mira esto.
Mónica se acercó y se quedó en silencio mientras observaba el boceto de un vestido de corte sencillo pero elegante, con mangas largas de encaje y un escote discreto que, sin enseñar de más, conseguía un aire moderno que no tenía nada que ver con los vestidos tradicionales del armario de palacio.
—Vaya —dijo Monica al fin—Esto no está mal, pero nada mal, chica.
La princesa se sonrojó ligeramente, aunque intentó disimularlo con un gesto de indiferencia.
—¿En serio? ¿Te gusta?
—Sí. Es más, creo que esto podría llevarlo cualquier mujer de Al-Zahara y sentirse orgullosa de su cultura sin tener que elegir entre eso y algo moderno.
Leila sonrió, a su pesar, mirando su propio dibujo con orgullo.
—Nunca pensé que esto me saldría bien.
—Pues ya ves que sí. —Mónica se recostó en su silla, observándola—. ¿Habías pensado alguna vez en estudiar diseño?
Leila la miró como si le hubiera preguntado algo absurdo.
—¿Para qué? Voy a ser Reina. Nunca voy a salir de Al-Zahara.
—Eso no significa que no puedas estudiar algo que te guste.
—Las princesas no estudian diseño, Mónica. —Lo dijo sin acritud, casi con la resignación de quien repite algo que lleva oyendo toda la vida—. Estudian protocolo, historia de la Corona, idiomas para las visitas de Estado. Cosas útiles para gobernar.
Mónica no insistió, aunque guardó aquel boceto con un cuidado especial, como si ya supiera que algún día querría recordarlo.
—Bueno —dijo finalmente—, por ahora, sígueme diseñando vestidos. El resto ya lo pensaremos otro día.
Leila volvió al cuaderno, con una sonrisa de satisfacción.
Pasada otra hora, Mónica se desperezó y empezó a recoger los papeles esparcidos sobre la mesa.
—Deberías irte a descansar —dijo, mirando a Leila, que llevaba ya un buen rato bostezando entre boceto y boceto—. Mañana seguimos con esto.
Leila se levantó, estirando los brazos, pero se detuvo antes de llegar a la puerta.
—¿Tú no vienes?
—Todavía tengo cosas que hacer.
—¿Vas a quedarte aquí toda la noche? —Leila arqueó una ceja, con una sonrisa traviesa que no se molestó en disimular—. Seguro que mi padre te está esperando.
Mónica, con la mirada fija en una carpeta que en realidad no necesitaba revisar, sintió que el recuerdo de la cocina —las manos de Hassan, su boca en el cuello, el momento en que todo estuvo a punto de ir demasiado lejos— le subía por dentro sin pedirle permiso.
—Tengo mucho trabajo todavía —dijo, con una naturalidad forzada.
Leila se quedó un instante en la puerta, observándola con más atención de la que Mónica hubiera deseado.
—Te has puesto roja.
—No me he puesto roja.
—Sí que te has puesto. —La princesa sonrió, esta vez con una complicidad que no tenía nada que ver con la hostilidad de meses atrás—. No hace falta que me cuentes nada. Pero deberías irte a dormir tú también. O a hacer lo que sea que tengas pensado hacer.
—Leila.
—Ya me voy, ya me voy. —Se despidió con la mano desde la puerta, todavía sonriendo—. Buenas noches, Mónica.
Mónica se quedó sola en el estudio, con los papeles ya olvidados sobre la mesa, y la certeza incómoda de que, por mucho control que creyera tener sobre sus propios gestos, su cuerpo seguía empeñado en delatarla delante de la persona menos indicada para guardarle el secreto.




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