Sin Perdón

Capítulo 63 Bajo la mirada de todos

La recepción estaba prevista para las ocho y media. Mónica llevaba casi una hora frente al espejo cuando Leila entró en la habitación sin llamar.
—¿Todavía no estás lista?
—Estoy terminando.
Leila se apoyó en el marco de la puerta y la observó durante unos segundos.
Mónica llevaba un vestido largo de color negro y bordados dorados, ceñido a la cintura y con mangas de encaje que dejaban entrever ligeramente la piel de los brazos. No era uno de los vestidos tradicionales que el palacio había escogido para ella. Era suyo. Elegante, sobrio y suficientemente atrevido como para recordar a todos que seguía siendo Mónica.
—Estás guapísima —dijo Leila.
—Gracias.
—Mi padre no va a apartar los ojos de ti.
Mónica la miró a través del espejo.
—Eso no me preocupa.
Leila sonrió.
—Claro que no.
Antes de que Mónica pudiera responder, llamaron a la puerta.
Hassan apareció al otro lado.
Vestía oscuro, impecable, con la sobriedad que parecía acompañarlo incluso cuando no llevaba la corona. Sus ojos se detuvieron un instante en Mónica. Fue una fracción de segundo, pero lo suficiente para que ella lo notase.
—¿Estamos listos? —preguntó él.
—Sí.
Hassan se apartó para dejarles paso.
Cuando Mónica salió al pasillo, él le ofreció el brazo. Ella lo aceptó, y aunque en otra ocasión seguramente lo hubiese rechazado, esa noche se apoyó en él y se preparó para el espectáculo.
La recepción reunía a miembros del Consejo, representantes de las principales familias de Al-Zahara, empresarios, diplomáticos y varios invitados extranjeros. La música seguía prohibida en los actos oficiales del reino, de modo que el salón permanecía envuelto en el murmullo de las conversaciones y el tintineo de las copas.
Lo habían hablado antes de entrar. Aquella noche no podían permitirse ninguna grieta. Debían mostrarse unidos. Y Mónica sabía hacerlo. Así que sonrió, saludó, preguntó por las familias de algunos invitados, se inclinó cuando correspondía y cuando las cámaras aparecieron al fondo del salón se acercó un poco más a Hassan.
Él bajó la mirada hacia ella y su mano se posó en su cintura. Mónica no se apartó. Al contrario. Se apoyó ligeramente sobre su antebrazo.
Desde fuera, parecían una pareja perfectamente compenetrada. Desde dentro, Mónica era muy consciente de cada centímetro que los separaba. Hassan también.
—No abuses —murmuró ella sin dejar de sonreír.
—No estoy abusando.
La mano de Hassan se deslizó apenas unos centímetros por su espalda.
Mónica le lanzó una mirada de advertencia, pero él no pareció impresionarse.
—Estás demasiado cerca.
—Es exactamente lo que se espera de un matrimonio unido.
Hassan aprovechó el momento en el que un fotógrafo se acercó para atraerla ligeramente hacia él. Y, de repente, el destello de la cámara iluminó sus rostros.
—Ya se ha ido —susurró ella cuando el fotógrafo se alejó.
—Lo sé.
—Entonces puedes soltarme.
—Podría.
Mónica giró ligeramente el rostro hacia él.
—Hassan.
—Majestad —contestó él con una sonrisa mínima.
Ella negó con la cabeza, pero no se apartó.
Durante los minutos siguientes, el Rey pareció descubrir que aquella noche tenía una ventaja que no pensaba desaprovechar. Cada vez que alguien se acercaba a saludarlos, su mano encontraba la cintura de Mónica. Cuando ella se inclinaba para escuchar a un invitado, él apoyaba los dedos en su espalda y cuando tenían que atravesar el salón, la guiaba con una proximidad innecesaria.
Mónica sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Y, para su propia sorpresa, no le molestaba tanto como debería.
Hasta que vio a Mansur, acercándose a ellos con la calma deliberada de quien ha estado esperando el momento oportuno toda la noche.
—Majestades —dijo, inclinándose con una reverencia protocolaria—. Espero no interrumpir.
—Mansur —Hassan asintió, con la cortesía justa que el protocolo exigía.
El consejero se giró hacia Mónica, con una sonrisa fingida.
—Confío en que su propuesta para la escuela sea todo un acierto, señora. Sería una lástima que, después de tanto esfuerzo, resultara... prescindible. —Hizo una pausa calculada—. Ya sabe cómo es el Rey con lo que deja de serle útil. No tiene reparos en desprenderse de ello.
Mónica sintió que la sonrisa se le congelaba en la cara.
—Gracias por el consejo —dijo, con una frialdad que no dejaba traslucir del todo lo que aquella frase le había removido por dentro.
Mansur hizo otra reverencia y se alejó, sin esperar respuesta, dejando tras de sí un silencio que Hassan no supo interpretar, aunque notó, sin necesidad de que ella dijera nada, que algo en ella se había tensado de golpe. Sin embargo, no dijo nada, simplemente se limitó a observarla.
⸻
El trayecto de vuelta a palacio transcurrió en un silencio poco habitual en ella.
—Está usted demasiado callada —dijo Hassan finalmente, cuando ya se acercaban a las puertas de palacio—. Para ser usted.
—Estoy cansada.
Hassan no insistió, aunque la respuesta no lo convenció del todo.
En cuanto entraron, Mónica se excusó con rapidez.
—He dejado algo a medias en el estudio. Voy a terminarlo antes de acostarme.
Hassan la observó alejarse por el pasillo, y reconoció, con una claridad que ya no podía ignorar, el mismo patrón de siempre: la excusa rápida, la huida disfrazada de obligación, la distancia que ella imponía justo cuando algo la había tocado demasiado hondo para hablar de ello.
Hassan no la siguió de inmediato. Fue a la cocina, preparó él mismo una infusión, y se la llevó al estudio.
La encontró de pie junto a la ventana, con la mirada perdida en algún punto del jardín, el vestido negro todavía puesto y los brazos cruzados sobre el pecho como si necesitara sostenerse a sí misma.
—No debería dejar que las palabras malintencionadas de un adversario la afecten —dijo, acercándose por detrás y ofreciéndole la taza—. Es té de valeriana.
Mónica se giró y miró la infusión sin tomarla. Hassan se la puso entre las manos.
—Beba.
Pero ella la dejó sobre la mesa sin probarla.
—No necesito valeriana. Pero gracias, igual.
Se apartó de la ventana y caminó hacia el centro del estudio, donde los bocetos de Leila seguían extendidos bajo la luz de la lámpara. Hassan la siguió con la mirada, y después se acercó hasta la mesa.
—Una prenda así la hará brillar aún más —dijo, mirando uno de los dibujos.
—¿Te gustan?
—Sí. La imagino y...
—Los ha hecho Leila —lo interrumpió Mónica—. Podría dedicarse a esto de verdad. Hacer algo útil con su talento.
—Ya es útil, Mónica. Se casará con un buen hombre y será Reina de Al-Zahara.
Ella puso los ojos en blanco, demasiado cansada, y demasiado tarde ya, para discutir esa noche el futuro de Leila. Se acercó al piano y dejó que los dedos encontraran una melodía sin pensarla demasiado, mientras Hassan la observaba de pie, en silencio.
—¿No te vas? —preguntó ella, sin dejar de tocar.
—No.
Hassan se sentó junto a ella en el banco del piano y se giró hacia ella.
—Ya no son horas de trabajar. Quiero bailar. Con usted.
Mónica se quedó inmóvil un instante, considerando la propuesta. Hassan le colocó un mechón suelto detrás de la oreja, con un gesto lento.
—¿Me concedería ese gusto? Prometo no pisarla.
Ella suspiró y se levantó despacio. Puso algo de música a bajo volumen y le tendió la mano.
—Un baile. Nada más.
Hassan la tomó de la mano y la atrajo hacia sí, con cuidado, como quien maneja algo que sabe que se puede romper.
Sonó una vieja melodía que Monica había compuesto años atrás y que nunca vio la luz. Era lenta y tan delicada como la frágil tregua que se había fraguado entre ellos.
—Esto no es exactamente bailar —murmuró ella al sentir la respiración de Hassan en su cuello.
El Rey la apretó ligeramente contra su cuerpo.
—Discrepo, Majestad —replicó apretándola ligeramente contra su cuerpo— Nos estamos moviendo al ritmo de la música.
Mónica dejó escapar una risa cansada.
Se quedaron así un rato, sin hablar, con el jardín a oscuras al otro lado de la ventana y la música apenas audible llenando el estudio.
—Lo que ha dicho Mansur —dijo Hassan finalmente, con la voz baja— Son solo palabras de un hombre que busca hacer daño donde pueda.
La cantante permaneció en silencio.
—Monica —insistió él.
—Lo sé —dijo, aunque no del todo convincente.
—Es usted molesta —suspiró Hassan—. Molesta para el Consejo, pero sobre todo para Mansur y harán todo lo posible por desestabilizarla.
Monica se apartó lo suficiente como para mirarlo a los ojos.
—¿Para ti también? Es evidente que no soy nada de lo que se espera de una buena esposa. Como Sara.
Algo cambió en el rostro del Rey, como si el escuchar su nombre le hubiera reabierto viajas heridas.
—Sara fue una esposa excepcional —dijo finalmente, acariciándole la mejilla con el pulgar—. La madre de la heredera. Y usted… usted es un desafío. Un dulce desafío sin el cual me cuesta imaginar mi vida.




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