Sin Perdón

Capítulo 64 Celos

Mónica se quedó quieta un instante, sintiendo como sus palabras calaban en ella. Hassan aprovechó su silencio para besarla. Lo hizo con suavidad, saboreando cada rincón de su boca. Y ella, ella se dejó besar hasta que no le quedó más aire en los pulmones.
—Ves demasiadas telenovelas —dijo ella, una vez que recuperó el aire—. Si tu afán es llevarme a la cama, desde ya te digo que pierdes el tiempo.
Hassan se quedó mirándola un momento, con una expresión que ya no tenía nada de la ternura de hacía un instante.
—Si de verdad cree eso —dijo finalmente, con una voz calmada—, entonces no la conozco tan bien como pensaba. O usted se conoce a sí misma mucho peor de lo que cree.
Mónica abrió la boca para responder, pero él no le dio tiempo.
—No voy a perder más tiempo esta noche, Majestad. Se lo aseguro.
Recogió su chaqueta del respaldo de la silla con un gesto seco y salió del estudio sin mirar atrás.
Esa noche no volvió a la suite. Se acomodó en una de las salas del ala oeste y se acomodó con una copa de vino, que apenas probó.
No conseguía entenderlo.
Le había devuelto el beso. Con la misma intensidad y con las mismas ganas. Y cinco segundos después, se valía de comentarios jocosos para alejarlo. Tan fría y distante que parecía otra persona.
Nunca había conocido a una mujer que dijese una cosa con la boca y otra con el cuerpo. En su mundo, las cosas eran más simples: se quería o no se quería. Se deseaba o no se deseaba. No existían los puntos intermedios, ni los besos que no significaban nada.
Con cualquier otra mujer, aquello habría sido sencillo de resolver. Un gesto, una orden, una decisión, y el asunto quedaba zanjado de una manera u otra. Con Mónica, no sabía ni por dónde empezar.
Le dolía el orgullo, sí. Pero le dolía más no entender nada. No saber si lo que acababa de pasar era rechazo de verdad o algún tipo de defensa que ella necesitaba y que él era incapaz de descifrar.
Se quedó así hasta bien entrada la madrugada, dándole vueltas a la misma pregunta sin encontrar ninguna respuesta que le sirviera. ¿Por qué lo rechazaba una y otra vez?
____
A la mañana siguiente, Mónica despertó con la luz de la mañana colándose por los ventanales, y tardó un instante en notar lo que algo le faltaba.
Hassan no estaba. Pasó la mano por el lado vacío de la cama, todavía frío, sin ningún rastro de que él hubiera dormido allí esa noche. Era la primera vez, desde que se habían casado, que amanecía sola.
Se quedó un momento inmóvil, con la mano todavía sobre las sábanas frías, sintiendo un malestar que no había sentido antes. No era alivio ni preocupación. Era otra cosa. Algo más parecido al vacío.
Se levantó de golpe y se vistió con rapidez, diciéndose que necesitaba empezar el día, que tenía trabajo pendiente, cualquier excusa que le sirviera para no detenerse demasiado en aquel malestar.
Llegó a la sala del desayuno antes de lo habitual, esperando encontrarla vacía, pero Hassan ya estaba allí, sentado frente a una taza de café que no había tocado, con el mismo aspecto de alguien que no había dormido bien.
Ambos se miraron un instante, sin saber muy bien que decir.
—¿Dónde has estado? —preguntó ella finalmente, con un tono que pretendía sonar casual.
—En el ala oeste.
—¿Toda la noche?
—Toda la noche.
—Podrías haberme avisado.
—Podría, pero no pensé que le importara.
Mónica se sentó, sin saber muy bien qué hacer con las manos, y se sirvió café más por tener algo que hacer que por verdadero deseo de beberlo.
—Espero que al menos seas discreto —comentó con algo de desdén en la voz—. No me gustaría escuchar habladurías sobre las amantes de mi marido.
Hassan se levantó despacio y se acercó, hasta quedar justo detrás de ella. Se inclinó ligeramente y le habló al oído, en voz baja.
—Yo no tengo amantes, señora, pero si tengo una esposa.
Mónica se quedó inmóvil, con la taza a medio camino de sus labios.
—Una esposa que no te corresponde, —dijo finalmente en voz baja, con la vista fija en el café.
—Siento decirle que no es lo que siento cuando mis manos la tocan —dijo Hassan, deslizando una mano por su escote, despacio— o cuando la beso.
Mónica cerró los ojos un instante, sintiendo el calor de esa mano contra su piel, incapaz de negar lo evidente.
—¿Acaso está mal que un hombre quiera amar a su esposa?
Samira se detuvo en el umbral de la sala, testigo involuntario de la íntima escena que se acababa de producir.
—Disculpen —dijo, aunque no sonó del todo a disculpa.
Hassan retiró la mano de inmediato, recomponiéndose con la rapidez de quien lleva toda la vida acostumbrado a que nadie lo sorprenda fuera de control. Mónica sintió que el calor le subía por el cuello, delatándola sin remedio.
—Madre.
—Iba a tomar mi té —dijo Samira, con una calma que no engañaba a nadie—. Pero veo que están ocupados.
—Ya me iba —murmuró Hassan, recogiendo su chaqueta con más prisa de la habitual, y salió de la sala sin añadir nada más.
Samira se sentó frente a Mónica, observándola con atención mientras esta seguía con las mejillas encendidas, incapaz de mirarla directamente.
—Me alegra ver que cada día se entienden mejor —comentó, sin ningún preámbulo.
—Esto es solo un acuerdo firmado sobre un papel.
—Por supuesto, Majestad. Solo hay que verla.




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