Sin Perdón

Capítulo 65 Una pregunta basta

Capítulo 65. Una pregunta basta

La reina madre bebió un sorbo sin apartar los ojos de ella. Mónica habría preferido que la interrogara directamente. Aquella calma suya resultaba mucho más incómoda que cualquier pregunta.

—Su hijo tiene mucho carácter —comentó.

—Lo tiene.

—Y una paciencia bastante limitada. No recuerdo que la paciencia haya sido nunca una de sus virtudes.

Mónica apretó los labios para no sonreír.

—En cualquier caso, no tiene motivos para preocuparse. Entre nosotros no ha cambiado nada.

—¿De verdad?

—Nuestro matrimonio sigue siendo lo que era.

—Un acuerdo firmado sobre un papel —repitió Samira, con una leve inclinación de cabeza—. Eso me ha dicho usted antes.

—Porque es la verdad.

—Entonces no entiendo por qué le preocupa tanto dónde pasa la noche mi hijo.

Mónica dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—¿Se lo ha dicho él?

—No ha hecho falta.

Samira no añadió nada más. Se limitó a observarla con una expresión que hizo que Mónica se arrepintiera de haber abierto la boca.

—No me preocupa —dijo al fin—. Me sorprendió que no estuviera en la habitación.

—Naturalmente.

—¿Siempre es así? —preguntó la cantante.

—¿Así cómo?

—Tan irritantemente tranquila.

—Solo cuando tengo razón.

Mónica soltó una risa breve, a su pesar.

Samira se levantó y alisó los pliegues de su vestido.

—No voy a preguntarle qué siente por Hassan. Si quisiera contármelo, lo haría.

—No tengo nada que contar.

—Entonces no tendrá inconveniente en que le diga una cosa.

Mónica la miró con desconfianza.

—Mi hijo no está acostumbrado a que le nieguen algo que desea. Cuando quiere algo, simplemente lo toma.

La sonrisa desapareció del rostro de Mónica.

—Yo no soy de su propiedad.

—Lo sé. Creo que empieza a saberlo él también.

Samira se encaminó hacia la puerta. Antes de salir, se volvió una última vez.

—Y, por si le sirve de consuelo, no suele pasar la noche en vela por asuntos que no le importan.

La puerta se cerró tras ella.

Mónica permaneció sentada, mirando la taza de café. No le gustaba que Samira creyera conocerla tan bien. Mucho menos que pudiera tener razón.

⸻

Hassan no apareció durante el resto de la mañana.

Mónica se dijo que aquello era perfectamente normal. El Rey tenía reuniones, informes que revisar y un país que gobernar. No tenía por qué estar pendiente de ella a cada momento.

Sin embargo, cuando entró en el comedor para almorzar y encontró a Karim esperándola, lo primero que hizo fue mirar hacia la puerta.

—Su Majestad está reunido con el Consejo —le explicó el consejero, como si hubiera advertido el gesto.

—No he preguntado por él.

Karim inclinó la cabeza.

—Naturalmente.

Mónica le lanzó una mirada poco amable y se sentó.

Durante el almuerzo habló de los preparativos de los próximos conciertos y preguntó por los avances de la escuela. Karim respondió con su habitual precisión, pero ella apenas consiguió concentrarse. No era solo que Hassan no hubiera aparecido. Era que, desde la conversación del desayuno, nadie había ido a buscarla, nadie había interrumpido su trabajo y nadie había encontrado una excusa para acercarse demasiado.

⸻

Esa misma tarde, en su residencia, Mansur extendió dos documentos sobre la mesa, uno junto al otro, y esperó a que Yusuf los leyera.

—El certificado de defunción de la Reina —dijo—. Y el registro de guardias médicas de esa semana.

Yusuf frunció el ceño.

—El doctor que lo firma no aparece en el registro esa noche.

—Exacto. Quien estuvo de guardia fue una doctora, Amina Farsi, y desapareció de todos los papeles pocos días después. Alguien cambió el nombre de quien firmó y se ocupó de que la persona que de verdad estuvo allí no pudiera responder preguntas.

—¿Y quién tiene poder para hacer eso?

—Solo un hombre en este país.

Yusuf se quedó callado un momento.

—Entonces hay que llevarlo al Consejo. Ahora.

—¿Con qué? —Mansur recogió los papeles con calma—. Con esto demuestro que se alteró un certificado. No demuestro qué ocultaba. El documento verdadero existe, y lo guardan donde yo no puedo llegar. Si acuso sin él, Hassan responde con cualquier explicación, nos mira a todos con esa calma suya, y quien queda como un calumniador soy yo.

—Entonces esperamos.

—No. Esperar es lo que él quiere. —Mansur sonrió apenas—. Una acusación se desmiente. Una duda no. No hace falta que nadie diga la palabra «asesinato». Basta con que, en los mercados, alguien pregunte por qué la Reina murió tan deprisa y por qué nadie volvió a hablar de ello.

—¿Y si la pregunta llega hasta el palacio?

—Que llegue. Cuanto más tarde en saber de dónde viene, peor para él.

Yusuf asintió despacio, empezando a entender.

—¿Y la extranjera?

—A ella la dejaremos trabajar. —Mansur se levantó y fue hacia la ventana—. El Consejo decide la fecha, el lugar y el aforo de cada concierto, tal como el Rey aceptó. Nadie va a prohibirle nada. Solo descubrirá que el recinto no está disponible por motivos de seguridad, que los permisos tardan, que los visados de sus profesores se pierden en alguna oficina.

—Es mezquino.

—Es legal. —Se giró hacia él—. Y cada semana que pierda peleándose con el papeleo, el pueblo verá menos música y más promesas sin cumplir. Cuando llegue el momento de preguntar por Sara, esa mujer ya no será la que les hizo cantar. Será la que les prometió algo y no pudo dárselo.

Fuera, en el patio, un criado pasó sin levantar la vista. Nadie en aquella casa preguntó nunca qué se hablaba en el despacho del consejero.

—Empezaremos mañana —dijo Mansur—. Con el primer permiso.

⸻

Por la tarde, cuando Mónica regresó a sus habitaciones, lo encontró en el pasillo.

Hassan caminaba acompañado de dos funcionarios. Al verla, se detuvo lo justo para saludarla con una inclinación de cabeza.




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