Sin Perdón

Capítulo 66 El cazador, cazado.

Capítulo 66 El cazador, cazado

Óscar llevaba varios minutos esperando cuando Mónica apareció en el salón.

No había avisado de su visita y, por la expresión de Nadia cuando le comunicó que estaba allí, tampoco parecía que tuviera intención de quedarse demasiado tiempo. Vestía de oscuro, el rostro cansado y sostenía una carpeta de documentos bajo el brazo. Había algo en su actitud que hizo que Mónica se olvidara de preguntarle por qué no había llamado antes.

—¿Qué ha pasado?

—Necesito hablar contigo.

Mónica miró hacia la puerta por la que Nadia acababa de salir.

—¿Tiene que ver con Aitor?

—No. Aitor está bien.

Óscar esperó a que ella se sentara antes de ocupar el sillón de enfrente. Durante unos segundos pareció buscar la manera de empezar. No era habitual verlo vacilar, y aquello inquietó a Mónica más que cualquier explicación precipitada.

Finalmente, dejó la carpeta sobre la mesa.

—He conseguido algo que deberías ver.

—¿Qué es?

—Pruebas que desmienten que Sara murió a causa de una infección.

Mónica se quedó inmóvil.

Él abrió la carpeta. Había varias copias de documentos oficiales, informes y una serie de anotaciones. Óscar había marcado algunos fragmentos con pequeñas tiras adhesivas. Mónica pasó las primeras páginas sin saber exactamente qué estaba buscando, hasta que llegó al documento en cuestión.

Lo leyó despacio. Después, retrocedió una página y comparó las fechas.

—¿De dónde has sacado esto?

—Eso no importa ahora.

—Claro que importa, Óscar.

—Lo importante es que los documentos son auténticos. Y que la versión oficial de lo que ocurrió con Sara no coincide con esto. La reina murió en el acto.

Mónica levantó la vista.

—¿Qué estás intentando decirme?

Óscar se inclinó hacia delante, apoyando los antebrazos en las rodillas.

—¿De verdad te lo tengo que explicar? Hassan ocultó la causa de su muerte y alteró los registros.

—Tiene que haber una explicación —contestó ella, volviendo a los papeles.

Oscar cerró la carpeta y le tomó las manos entre las suyas.

—Hicieron desaparecer a la doctora que la atendió, Monica. ¿Qué más pruebas quieres?

Mónica intió una presión desagradable en el pecho. No porque creyese las teorías de Oscar, sino porque las piezas que tenía delante encajaban demasiado bien como para ignorarlas.

Durante meses había defendido a Hassan. Había discutido con él, cuestionado sus decisiones políticas y desafiado sus órdenes, pero también había llegado a confiar en su palabra en asuntos que consideraba personales. No era ingenua. Sabía que el hombre con el que se había casado guardaba secretos. Pero, ¿era realmente Hassan capaz de matar?

—¿Y qué pretendes que haga con esto?

Oscar se levantó y se sentó a su lado.

—Puedo hacer que te saquen de aquí. Mañana mismo puedes estar en casa, con Aitor.

Monica soltó una risa irónica.

—Tengo un compromiso.

—No te puedes enamorar de un asesino.

Monica suspiró y cerró los ojos con fuerza.

—No estoy enamorada— murmuró en un hilo de voz casi inaudible— Y además, mi compromiso es con el pueblo de Al-Zahara.

—Mónica…

—Debes irte antes de que vean aquí —contestó, desviando la mirada hacia los ventanales.

Oscar se levantó y dejó la carpeta sobre la mesa con un golpe brusco.

—Tú veras lo que haces, pero te recuerdo que tienes un hijo y unos padres que no están para aguantar más pérdidas.

Ella sintió que la frase le llegaba mucho más hondo de lo que quería reconocer. Se quedó callada, con un nudo en el estómago, viendo como una importante parte de su vida desaparecía por la puerta, sin ella levantar un dedo para evitarlo.

____

Se preguntó una y otra vez ¿y si Oscar tenía razón? Era Hassan capaz de…

No. O tal vez sí.

Se levantó y caminó hasta el ventanal.

No iba a enfrentarse a Hassan delante de sus consejeros. Tampoco iba a permitir que él desviara la conversación hacia Óscar o hacia la procedencia de los documentos antes de responder a la pregunta que de verdad importaba.

Quería oír su versión. La oficial. La misma que llevaba tanto tiempo sosteniendo.

Y quería comprobar si era capaz de repetirla mirándola a los ojos.

____

Esa misma tarde, Monica canceló todas sus tareas en el estudio y le pidió a Leila que se tomara el resto del día libre, excusándose en una jaqueca insoportable.

Le quitaría la máscara al Rey esa misma noche, a la luz de las velas, en la intimidad de la terraza de la suite que habían estado compartiendo durante casi un año.

Prefirió mantener al servicio al margen, encargándose ella misma de la cena y de la disposición de la mesa. Colocó dos servicios, unas copas y un pequeño jarrón con flores blancas. Encendió las velas cuando el sol empezó a desaparecer y se atrevió a poner un poco de musica de fondo.

Después se retiró al dormitorio.

Eligió un traje de chaqueta negro, de corte impecable, que acentuaba su figura sin restarle autoridad. Debajo llevaba un corpiño del mismo color, con encaje delicado y transparencias en la zona del abdomen. Se recogió el pelo, se maquilló los ojos y añadió unos pendientes discretos. No pretendía seducir a Hassan para complacerlo, pretendía conseguir respuestas. Y si para ello tenía que utilizar la atracción que existía entre ambos, lo haría.

Dejó la carpeta en un cajón del escritorio, fuera de la vista, y salió a la terraza. La cena estaba lista.

Solo faltaba él.

Hassan llegó poco después de las ocho. Entró en la suite con la intención de preguntarle a Mónica por una cuestión relacionada con la reconstrucción del sur, pero se detuvo al verla junto a la mesa.

Durante unos segundos no dijo nada.

El traje negro le daba una elegancia casi desafiante. La chaqueta, perfectamente estructurada, contrastaba con el encaje del corpiño y dejaba entrever una piel que la luz de las velas parecía acariciar. Mónica estaba de pie, revisando la disposición de los cubiertos, ajena en apariencia al efecto que acababa de producir.




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