Sin Perdón

Capítulo 67 ¿A qué le tiene miedo?

Hassan no le soltó la mano.
La condujo hacia el interior de la suite sin darle tiempo a reaccionar. Mónica caminó a su lado, consciente de la cercanía de su cuerpo y del calor de sus dedos alrededor de los suyos. Había imaginado muchas veces cómo terminaría aquella noche, pero jamás había pensado en la posibilidad de que fuera ella quien perdiera el control.
Al llegar al dormitorio, Hassan se volvió hacia ella.
—La puerta está abierta —dijo con voz clara—. Tiene la oportunidad de irse. -
Mónica se quedó callada, con la mirada en la puerta y el corazón en un puño. No había cumplido su propósito, pero sabía que si se quedaba, tampoco lo haría.
Hassán no esperó más. La tomó por la cintura y la empujó suavemente sobre la cama.
El colchón cedió bajo su cuerpo. Mónica soltó una exclamación ahogada y levantó la mirada hacia él. Intentó incorporarse torpemente, pero él apoyó una mano junto a su cadera y la detuvo con suavidad, sin llegar a inmovilizarla.
—¿A qué le tiene miedo?
La pregunta la tomó desprevenida. Había esperado una provocación, una orden o alguna de aquellas frases arrogantes con las que Hassan acostumbraba a recordarle que estaba acostumbrado a salirse con la suya. No aquella pregunta, pronunciada en voz baja, casi sin rastro de Ironía.
—¿Quién te ha dicho que tengo miedo?
Una leve sonrisa apareció en los labios del rey.
—Está temblando —dijo al ver como ella posaba su mano temblorosa sobre su pecho, intentando marcar distancia—. Está nerviosa, aunque lo disimula muy bien con esa máscara de mujer inaccesible.
—No eres tan irresistible como crees —replicó.
Hassan ladeó ligeramente la cabeza.
—Entonces, ¿por qué me seduce? ¿por qué tiembla?
Mónica bajó la vista hacia sus manos. Odiaba que él se hubiera dado cuenta y odiaba todavía más no ser capaz de apartar los ojos de su boca.
—Solo estoy helada.
—Por supuesto —susurró, desviando la mirada de sus ojos a su boca.
La cantante tragó saliva y se humedeció los labios con la certeza de que la iba a besar. Sin embargo, Hassan no se movió.
—Estoy esperando a que me bese —dijo—. Lleva toda la noche aguantando las ganas. Béseme.
Mónica quiso replicarle, pero no encontró ninguna respuesta que no la delatara, así que lo tomó de la camisa con ambas manos y obedeció. Posó su boca contra la suya y lo acarició suavemente con los labios. poco a poco se fue abriendo camino en su boca hasta profundizar el beso.
Él sonrió entre dientes, se dejó caer suavemente sobre ella y le correspondió. hasta que no le quedó más aliento.
Cuando Hassan se apartó apenas unos centímetros, ella abrió los ojos.
—Le voy a quitar el frío, Majestad -–le susurró al oído, mientras sus manos se centraban en explorar su cuerpo. Sin prisa, con la delicadeza de quien acaricia el pétalo de una rosa.
Mónica emitió un suspiro, abandonándose completamente a sus deseos.
______
La luz de la mañana entraba oblicua por los ventanales cuando Mónica abrió los ojos.
Durante unos segundos no se movió. Sentía el peso tibio de la mano de Hassan sobre su cintura y, por un instante, no quiso pensar en nada más: ni en la carpeta guardada en el cajón, ni en Óscar, ni en las preguntas que la habían llevado a organizar aquella cena. Solo quería quedarse allí.
Hassan despertó poco después. No dijo nada al verla tensa, con la espalda rígida y la mirada clavada en el techo. Se incorporó despacio y le apartó un mechón de la cara.
—Buenos días, Majestad. Espero que haya podido descansar. –murmuró con una sonrisa que le resultaba difícil disimular.
Mónica ladeó la cabeza y le devolvió la sonrisa con una mirada que decía más que las palabras.
Hassan le dio un tímido beso en los labios, pero se apartó inmediatamente al sentir que ella no le correspondía con la misma entrega de la noche anterior.
— ¿Qué pasa, Mónica? ¿Acaso se arrepiente?
Mónica contuvo la respiración.
—No –respondió, casi a la defensiva.
Algo en él se soltó, aunque su instinto le decía que había algo detrás de su frialdad.
—¿Decepcionada, entonces?
Ella quiso contestar con una broma, con una de aquellas frases afiladas que siempre la salvaban. Pero no pudo.
—No. En absoluto.
—¿Entonces?
—Porque no sé qué hacer contigo —admitió al fin—. Ni contigo, ni conmigo.
—Explíquese.
—Hay variables que no controlo y eso…
—Eso la asusta.
Ambos se quedaron en silencio. Después Hassan tomó su mano y se la llevó a los labios.
—No le voy a pedir que confíe en mí, solo deje que mis actos hablen por mi.
⸻
Horas después, Karim lo esperaba en el pasillo, delante del despacho, con una carpeta bajo el brazo y la expresión de quien lleva horas ensayando una frase.
—Majestad. Necesito hablar con usted. A solas.
Hassan se detuvo. Algo en el tono le borró la sonrisa que no había conseguido quitarse desde el amanecer.
—¿Es urgente?
—Hace semanas que lo era. —Karim lo dijo sin reproche, pero tampoco lo suavizó.
Hassan abrió la puerta del despacho y lo dejó pasar.
El consejero cerró la puerta, pero no se sentó.
—Mansur lleva semanas con acceso a los archivos de la Corona, y no solo los lee. Uno de mis hombres lo vio sacar copias. Copias del registro médico de la noche en que murió la Reina.
Hassan se quedó inmóvil.
—¿Qué sabe?
—Todavía no lo sé con precisión. Pero sabe que el certificado que hay en los archivos no es el que debería haber. —Karim bajó la voz—. Y sabe que hubo una doctora que desapareció de los registros después.
—Amina Farsi.
—Ha oído el nombre. Si el inspector español logró encontrarla, y creo que sí, hay dos hombres tirando del mismo hilo desde lados distintos.
Hassan se acercó a la ventana. Estuvo un buen rato mirando los jardines sin ver nada.
—¿Y el documento?
—Sigue donde debe. En la Cúpula, en la caja fuerte. Solo usted y yo tenemos las llaves.
—Entonces no hay nada que temer.
—Con el debido respeto, señor, Mansur no necesita llegar a él. Basta con demostrar que se alteró el certificado para avivar rumores y generar desconfianza en el pueblo.
—Y, ¿entonces?
—Quizás ya sea hora de mostrar las cartas sobre la mesa, Majestad.
Hassan se quedó un momento en silencio. Después , suspiró y volvió a girar hacia la ventana.
—Ese documento jamás verá la luz
—Si su preocupación es la princesa, puedo decirle que…
—Ese asunto está zanjado –interrumpió con un golpe seco–. Espero que le quede claro que ese papel no sale de la Cúpula.
—Clarísimo —contestó el consejero con una leve reverencia.
Hassan se disponía a abandonar la habitación cuando Karim carraspeó con fuerza.
—Hay algo más que debería saber, señor. El recinto del primer concierto de la Reina ha sido clausurado por motivos de seguridad. Ayer le dije a la señora que era un trámite. —Karim sostuvo su mirada—. Pero claramente no lo es. El permiso lo firma el Consejo, y Mansur controla la firma.
Hassan se pasó una mano por la cara. Durante unos segundos no dijo nada, y Karim no lo apremió.
—Quiere desgastarla. Que fracase. Ha asumido que sin recintos no habrá música…
—Y así será, si no intervenimos, Majestad.
—Confío en que la Reina sabrá manejar el asunto. Deje que lo resuelva ella.
—Pero…
—Ocúpese mejor de que ese documento no salga a la luz. De los asuntos de la Reina me encargo yo.
—Por supuesto, Majestad.
Karim hizo una reverencia y salió. Hassan se quedó solo en el despacho, con la certeza de que su secreto mejor guardado podría salir a la luz sin que él pudiera hacer nada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.