El mundo de Sebastián olía a vainilla, libros viejos y, desde hoy, a una sutil fragancia a lavanda que acababa de chocar contra él. No podía ver a la dueña de ese aroma, pero su voz era aguda y afilada como el hielo. "Ten más cuidado", había dicho ella, sin un ápice de amabilidad, pero con un ritmo en el habla que le intrigó. Sebastián sonrió, guardando su bastón.
La chica se sacudió el polvo imaginario de su impecable suéter. Le dirigió una mirada de puro desprecio.
—Mis disculpas, No era mi intención chocar contigo. —respondió él, con su habitual tono hiperactivo y alegre.
—¿Estás bien? ¿Te he tirado algo importante?
—Estoy perfectamente. Y no, solo apuntes sin importancia que ahora están arrugados. Si vas a pasear, intenta no usar a la gente como bolos.
—Vaya, tienes un humor... peculiar. —rio, genuinamente divertido por su hostilidad. —Soy Sebastián, por cierto. ¿Tú eres...?
—Alguien que prefiere que su ropa no huela a tierra. —cortó Ella, ignorando su mano extendida. Se dio la vuelta, perdiéndose entre los caminos de grava sin mediar más palabras. El crujido de sus pasos se perdió rápidamente.
Su padre le había advertido sobre las chicas de la ciudad: interesadas, frías y predecibles. Pero la voz de esta chica, sonaba diferente. Sonaba a un desafío que estaba ansioso por aceptar.
No pudo seguirla, el sonido de sus pasos se había perdido instantáneamente.
Pero Sebastián no necesitaba verla para saber que volvería. Había escuchado a los jardineros hablar de "la chica seria que huele a lavanda y lee siempre bajo el roble gigante". Sebastián sonrió para sí mismo, ajustándose las gafas de sol. Esa chica era un acertijo, y a él le encantaban los acertijos. Incluso si era uno complicado. El desprecio que jamas le habían hecho en su vida. Despertó una gran curiosidad, unas ganas de hablar con ella y ganarse su interés. Tal vez no sabía su nombre pero de algo estaba seguro.
El volvería mañana.