Sin Retorno

4. Un Café

¿Dónde estaba? ¿Cuánto había dormido? Su brazo estaba entumecido bajo su cuerpo y le dolía la espalda. Se sentó, frotándose los ojos con una mano mientras con la otra sacaba su teléfono. Las diez treinta, había dormido una hora. Le corrió un escalofrío por la espalda dolorida. Hacía frío y ya llevaba puesto el único sweater que trajera. Y por supuesto que no había señal, ni internet. La condenada estación se había quedado sin servicio por la tormenta.

Entonces recordó la máquina de café en el corredor. Ponerse de pie no fue nada fácil, mas la promesa de una bebida caliente pudo más que su fatiga.

Cruzó la sala de espera revisando sus bolsillos en busca de cambio.

La familia disfrutaba un picnic improvisado de snacks y el viejo trapeaba el piso frente a los mostradores. Una hora y todavía silbaba la misma canción. Afuera seguía lloviendo como si fuera el maldito apocalipsis.

Hacía aún más frío en el corredor. Se estremeció al acercarse a la máquina de café, tan vieja que no aceptaba billetes, sólo monedas. Insertó una y esperó que se encendieran los botones.

La moneda cayó sin detenerse hasta la pequeña bandeja de devolución.

—¿Qué mierda? —gruñó.

Lo intentó de nuevo con idéntico resultado. De modo que lo intentó otra vez, y otra vez, y otra, decidido a hacer funcionar el condenado trasto. Por fin la máquina se dignó a aceptar su moneda, pero los botones permanecieron apagados y no apareció ningún vaso.

—¡Vamos! —masculló, golpeando los botones que se negaban a encenderse.

El enfado envió una oleada de calor a su cara mientras golpeaba el costado de la máquina.

—¡Vamos, mierda!

Nada. El maldito trasto parecía estar burlándose de él.

Retrocedió un paso para patear la máquina y se detuvo con el pie en el aire. Eso era el diapasón de una guitarra contra la pared, entre esa expendedora y la siguiente. Frunció el ceño al escuchar el sonido sofocado que surgió del hueco.

Dio medio paso hacia su izquierda y tuvo un atisbo de alguien sentado allí en el suelo. Una chica, hecha un ovillo con la cara escondida entre los brazos cruzados. La forma en que se agitaron sus hombros sólo podía significar que estaba llorando. ¿O tal vez se reía? ¿De él?

La fan.

La que había oído desde el baño cuando llegara. Mierda. Seguro que se trataba de ella, y maldita la gracia que le hacía dirigirle la palabra.

Pero, ¿y si en verdad estaba llorando? No podía fingir que no la había visto y dejarla así. No era tan mala persona. Aún.

—Oye —intentó desde donde estaba, sin alzar la voz—. ¿Estás bien?

La chica no pareció escucharlo. Ahí tenía la excusa perfecta para una retirada estratégica a la sala de espera. Antes que lo viera, lo reconociera y una sonrisa idiota de adoración borrara cualquier vestigio de inteligencia.

Pero a la chica se le escapó otro gemido ahogado. Se tragó una maldición y se acercó un paso.

—Oye —repitió, subiendo un poco la voz y tendiendo una mano reacia hacia ella—. ¿Qué te ocurre?

La chica se estremeció al sentir que le tocaba el brazo y alzó la vista, revelando sus ojos enrojecidos y las mejillas pálidas bañadas en llanto. Intentó apartarse de su mano y la pared tras ella le cortó la retirada. Desvió la vista hacia las puertas vidrieras con el ceño fruncido.

No era una chica sino una mujer de su edad, aunque iba vestida como si fuera diez años más joven. Como él, ahora que lo pensaba. Unos mechones oscuros escapaban de su gorro de lana para enmarcar una cara agradable y anodina.

—¿Estás bien? —tentó. Era la pregunta más estúpida que podía hacer, pero no se le ocurría otra cosa.

Ella lo enfrentó al fin, y él tuvo que admitir que su mirada estaba mucho más cerca de la indignación que de la devoción.




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