Sin Retorno

24. Rompecabezas

Encontraron a un hombre frente al mostrador, firmando un recibo. Era un par de años mayor que Silvia, que intentó en vano hallar algún parecido físico entre él y Jay.

Sus ojos eran negros como el carbón bajo sus peculiares cejas rectas. Descendían hacia el nacimiento de la nariz prominente, que proyectaba su sombra hacia la barbilla puntiaguda. Se lo veía serio y distante. Su forma de hablar al agradecerle al viejo de la posada era fría.

Sin embargo, su expresión endurecida se iluminó con una sonrisa al escuchar sus pasos y girar hacia la escalera. Saludó a Silvia con un cabeceo y una rápida mirada de arriba abajo que la hizo sentir desnuda, y se olvidó de ella para enfrentar a Jay.

—Listo, bastardo. Vámonos a la mierda.

Al parecer aquella forma de hablar era tradición familiar.

Jay descansó una mano en la espalda de Silvia y lo enfrentó sonriendo también.

—Te presento a mi hermano mayor, Sean —dijo, sosteniendo la mirada del otro hombre con una expresión que era a la vez una advertencia y un desafío.

—Hola, Silvia —murmuró ella distraída—. ¿Podemos irnos ya?

—Por supuesto.

Sean los observó salir juntos y los siguió sin dar crédito a sus ojos. Si conocía a su hermano, no tocaría a esa mujer aunque le fuera en ello la vida. Pero si conocía a su hermano, había hecho bastante más que eso.

Los alcanzó en la acera y señaló una lujosa cuatro por cuatro estacionada a pocos metros de la entrada de la posada. Abrió la puerta del asiento posterior de la doble cabina para que Silvia subiera y le indicó a su hermano que trajera el equipaje a la caja.

—¿Qué mierda, hombre? —susurró apenas estuvieron a distancia segura para que Silvia no los escuchara.

—Luego. Ahora la llevaremos a la estación de ómnibus.

—¿Se marcha?

—Sí.

—¡En verdad te la echaste!

—Y mi nombre es Jay.

—¿Qué?

El vozarrón de un hombre los hizo apresurarse a regresar junto a Silvia. Un matón de dos metros con un brazo en cabestrillo la insultaba a gritos.

—¡Maldita puta! ¡Supe que eras tú apenas Toby habló de ustedes! ¡No eres más que una jodida…!

La rodilla de Silvia lo interrumpió bruscamente al hundirse en su entrepierna. El matón se dobló sobre sí mismo, los ojos como platos, ahogándose y enrojeciendo como un tomate podrido.

Jay intentó hacer subir a Silvia a la camioneta al tiempo que Sean se interponía entre ella y el matón. Pero Silvia apartó a los dos para empujarlo, haciéndolo caer sentado en plena calle.

—¿Todavía te quedan ganas de pelear, pendejo? ¿Quieres que te rompa el otro brazo?

El matón se las ingenió para retroceder sentado, boqueando y todavía aferrándose la entrepierna.

—Ya me parecía —gruñó Silvia, dio media vuelta y permitió que Jay la ayudara a trepar a la cabina de la camioneta.

Un momento después estaba sentada en medio de los hermanos, como si quisieran asegurarse de que no saldría de la cabina. Jay mantuvo vigilado al matón mientras Sean encendía la camioneta.

Atravesaron el pueblo hacia el sur en silencio. Silvia mantenía la vista fija al frente, el ceño fruncido, todavía gruñendo por lo bajo. Hasta que descubrió las miradas aprensivas que le dirigían los hermanos. Soltó una risita sofocada. Un instante después los tres reían a carcajadas.

—¡Eso fue todo un espectáculo! —exclamó Sean meneando la cabeza.

Encendió el estéreo y Marooned, the Pink Floyd, llenó la cabina. Y tenía algo surrealista, atravesar los campos inundados bajo aquella luz plomiza escuchando esa canción.

—Es cierto —asintió Jay cuando Silvia lo comentó.

La respuesta de Sean fue subir el volumen. Se alejaron del pueblo con la vista perdida en el paisaje.

Se aproximaban al desvío cuando un ómnibus dejó la estación, y pronto vieron un puñado de personas en las plataformas. Al parecer, el servicio se había restablecido.

Jay insistió en acompañar a Silvia al interior de la terminal. Todas las ventanillas estaban abiertas y confirmaron que el servicio se había reanudado, al menos de momento. Aquella estación resultaba vital para media docena de pueblitos en la zona, y no podían permitirse cerrar por un pronóstico de mal tiempo en tanto los caminos permanecieran abiertos.

El próximo ómnibus hacia Fargo ya estaba en camino desde el norte y llegaría allí de un momento a otro.

—¿Satisfecho? —le preguntó Silvia a Jay cuando tuvo su pasaje—. Vete, no precisas quedarte.

—Olvídalo, mujer. No me marcharé hasta verte en ese maldito ómnibus con mis propios ojos.

Sean se les había unido y Silvia se volvió a él buscando respaldo. Pero Sean asintió, coincidiendo con su hermano.




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