Sin Retorno

30. Al Natural

El video comenzaba con la cara sonriente de Jim llenando la pantalla.

—¡Hola! Aquí estoy, en el Rancho Miller, y al fin ha dejado de llover. Acompáñame, te daré la visita guiada.

Apartó el teléfono de su cara para mostrar una cocina de estilo rústico que era un caos.

—Perdón, la señora de la limpieza se tomó el día.

Se aproximó a dos mujeres que preparaban una comida en la sólida mesa de madera en el medio de la habitación, de espaldas a él.

—¡Saluden, chicas!

Las dos se dieron vuelta, vieron que estaba filmando y saludaron. Jim puso el brazo sobre los hombros de la mayor de ellas, una belleza afroamericana de unos cuarenta años, que apartó a Jim cuando él le besó la mejilla.

—Te presento a Deborah Golan, comandante supremo de este ejército —dijo Jim—. También suele oficiar de ángel de la guarda las veinticuatro horas del día.

Jim se acercó a la otra mujer, una chica que aún no cumplía los treinta, de cabello muy corto, oscuro como sus ojos almendrados. —Y ella es mi querida Jo, aspirante a convertirse en mi cuñada.

—¿Qué? ¡Yo no aspiro a ser nada tuyo! —La chica lo señaló con el cuchillo enorme que estaba usando para cortar verduras—. Mide tus palabras o te quedarás sin cenar.

—¡Perdón, perdón! ¿Entonces cómo debo presentarte?

La chica esbozó una gran sonrisa para la cámara. —¡Hola! Soy la aspirante a esposa de Sean. Y la mejor directora de cine indie de todo el maldito mundo. Bien, no aún, pero denme un par de años. —Se volvió hacia Jim, regañándolo como si fuera un niño—. Así es como debes presentarme.

Él retrocedió riendo. —Mejor dejemos tranquilas a estas chicas con cuchillos, me ponen nervioso. Ven, quiero presentarte a más amigos.

Fue por toda la casona, saludando a una docena de personas de distintas edades. Mientras tanto, explicaba que tras concluir la primera parte de su gira mundial, habían decidido rentar ese lugar por un mes, para trabajar en sus canciones tiempo completo antes de regresar a Los Ángeles.

—Necesitamos calma para trabajar como queremos —terció—. Y LA está lleno de distracciones. Deborah se nos unió porque cree que somos chiquillos que precisan supervisión constante, si puedes creerlo. Y los demás vinieron para pasarla bien.

Finalmente entró a una amplia biblioteca en la que habían corrido todo el mobiliario contra las paredes. La habitación estaba atestada de amplificadores y otros equipos, un soporte con una docena de guitarras y bajos, varios teclados, micrófonos, cables en los lugares más inesperados y una batería que parecía la muralla de un castillo.

Allí presentó a sus compañeros de banda: el bajista Tom Paterson, el tecladista Walt Stevens y el otro guitarrista, Liam McDonnell. Jim rodeó la muralla para mostrar a Sean. Su hermano agitó los palillos, saludando a la cámara con una sonrisa forzada.

—Hola.

La cara de Jim reemplazó a la de su hermano con una risita burlona. —Intenta ser simpático, pero tú ya lo conociste, ¿verdad?

Aún no terminaba de hablar cuando Sean saltó sobre él por la espalda.

El teléfono salió despedido de la mano de Jim y fue a aterrizar en la alfombra, mostrando las vigas de madera en el techo mientras el audio era una confusión de exclamaciones y sonidos de lucha. Hasta que alguien recogió el teléfono. Era Tom Paterson, que esbozó una breve sonrisa.

El bajista giró el teléfono para mostrar a los Robinson luchando en el suelo. Un momento después Sean inmovilizaba a Jim boca abajo y le rodeaba el cuello con ambos brazos en una llave. El mayor de los Robinson alzó la vista hacia la cámara, sudoroso y agitado.

—¿Ves? Le estoy dando su merecido al bastardo como pediste —sonrió, resistiendo los intentos de Jim por sacudírselo de encima.

Tom Paterson mostró su cara de nuevo. —Bienvenidos a nuestro mundo —dijo con un guiño, y cortó el video.

La siguiente escena era en el exterior. Jim sostenía el teléfono a un costado, para que la cámara lo mostrara junto con el jardín delantero y los campos circundantes en una tarde soleada. Le sonrió a la cámara, todavía agitado.

—Aquí me tienes, al natural, con las personas con quienes paso mi tiempo. Y ahora tú tienes tarea. Haz un video para mostrarme tu casa, tu gente, tu vida. Tienes una semana. ¡Nos vemos!

El video terminaba con una gran sonrisa de Jim.

Paola esperó que Silvia le tradujera sus últimas palabras y se volvió hacia ella, sorprendida al descubrir el brillo húmedo de sus ojos, sus labios reflejando la sonrisa de Jim.

—¿Podés creerlo? —exclamó Silvia—. ¡Qué tipo! ¡Ahora tengo que hacer un video!

Su amiga frunció el ceño, corriendo su silla de vuelta al otro lado de la mesa.

—No entiendo, Silvi. Jamás mencionaste que se mantendrían en contacto.

—¡Porque jamás tocamos el tema! ¿Por qué lo haríamos? ¿Vos lo harías, con un asunto de una noche? Y yo no estoy para tener otra relación a distancia en los próximos cien años. —Silvia desvió la vista suspirando—. Y menos ahora que sé quién es. Podrás pensar que soy una estúpida, pero, ¡mirame! Este tipo se acuesta con las mujeres más lindas del mundo, y yo… ¡soy yo! —Meneó la cabeza—. No. Lo que pasa es que conectamos en ciertos sentidos, y él no puede vivir sin público. ¡Deberías ver lo seguido que twitea! Debe estar aburriéndose en el rancho y por eso se le ocurrió esto.




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