Sin Retorno

40. Estás Ahí


*Santa Monica/Bariloche*

La notificación despertó a Silvia un par de horas antes del amanecer. Guillermo todavía dormía, y se movió con cuidado para no despertarlo. Nada en su teléfono. Buenas noticias. Sus hermanos no habían sido arrestados, asaltados ni asesinados, y ella no tenía que correr al rescate. ¿Entonces qué? Notó que había dejado la tablet encendida y la tomó frunciendo el ceño.

¿Un MP? Eran más de las cuatro de la mañana del domingo en Argentina, y Jim jamás le había escrito en su medianoche de sábado. El mensaje la despabiló bruscamente.

Su corazón latió con fuerza mientras respondía.

Se levantó y manoteó una manta para salir de su habitación de puntillas, maldiciendo cada segundo que Jim tardó en responder. ¿Qué podía haberle ocurrido? Su segundo MP la halló encendiendo un cigarrillo junto a la mesa del comedor.

¡Mierda! ¿Qué había sucedido? Le envió su número, el cigarrillo temblando entre sus dedos, y se apresuró a traer el teléfono de su habitación antes de que vibrara y despertara a Guillermo, el miedo como un ardor helado cerrándole el estómago.

—Hola.

Su voz fue un murmullo en el oído de Silvia, increíblemente claro y cercano.

—¿Qué ocurrió? —No intentó ocultar que estaba asustada. La situación era lo bastante irregular para justificarla.

—Se fue.

Silvia lo oyó suspirar considerando los posibles significados de sus palabras. No sonaba como si se hubiera muerto alguien.

—Peleamos y se fue —agregó Jim—. Ella… La conozco. Se terminó.

Su voz, sus palabras, jamás lo había escuchado así. Por un momento no supo qué decir, pero tenía práctica consolando amigos con el corazón roto. Esto no podía ser muy diferente.

—¿La quieres?

—Sí.

—¿La amas?

Los labios de Jim se fruncieron en una sonrisa fugaz. —Amo tenerla cerca.

—¡Entonces suelta el maldito teléfono y ve por ella, idiota!

—¿Qué?

—¡Serás necio! ¿Tu chica acaba de dejarte y tú pierdes tiempo en una llamada de larga distancia internacional? ¿Cuánto aire tienes en esa cabezota?

Jim rió por lo bajo. Sean le hubiera dicho que olvidara a la maldita perra, pero Silvia le decía que fuera a buscarla.

—No querrá regresar conmigo, créeme. No después que… No importa.

—¿Tiene razón? Quiero decir, ¿le diste motivos para dejarte?

Silvia sonrió en las sombras del comedor, acurrucada en el viejo sillón frente a la televisión, la manta cubriéndole las piernas. Podía imaginar a Jim mirando el techo con el ceño fruncido, convencido de que no le había dado motivos a su chica para dejarlo, pero comenzando a sospechar que tal vez, dependiendo del punto de vista…

—No lo diría con esas palabras —terció Jim, sus ojos resbalando desde el techo por la pared frente a él.

—Dile que lo sientes. Ve a verla y discúlpate con ella.

El silencio que llenó la sala en Los Ángeles era todo un discurso.

—Vamos, Jay, no es una chica cualquiera o no me hubieras llamado a mí, en vez de llamar a tu hermano o a otro amigo. No quieres perderla. Así que inclina esa cabeza orgullosa por una maldita vez y dile que lo sientes. Porque lo sientes.

—Maldita seas.

—¿Perdón?

—Tienes razón.

—Muy bien. Ve, entonces. Y escríbeme mañana para contarme cómo te fue.

—Aguarda.

Los dos se sorprendieron por igual cuando a Jim se le escapó esa palabra. Pero su casa estaba fría y silenciosa, y no podía ir por Bárbara en ese momento. Y no tenía ganas de salir, ni de irse a dormir. Y…

Silvia rió suavemente. —Sólo si juras que no es por orgullo.

—Palabra de honor. No vive sola y no puedo llamar a su puerta en plena noche.




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