Sin Retorno

43. Desearía que Estuvieras Aquí

—Oye, Jim, vamos a caminar —dijo Sean ignorando el caos que quedara en la suite después de la fiesta.

Jim no pareció escucharlo, maldiciendo por lo bajo mientras revisaba su teléfono.

—Jimbo.

—¡Mierda!

Sean sacó una cerveza del minibar de camino hacia su hermano. —¿Qué ocurre? —preguntó con toda la calma del mundo.

—¡No lo encuentro! ¡Borré los MP por error y ahora no puedo hallar el maldito número!

—¿Estás buscando un número de teléfono?

—¿Qué hora es en LA ahora?

Sean frunció el ceño desconcertado. —Como las cuatro de la mañana. ¿Por qué?

Jim ignoró su pregunta. —Entonces son las seis en New York —murmuró—. Un par de horas más. Sí, ya debe haberse levantado.

Sean no lo oyó hacer cuentas. —¿Perdiste el número de Bárbara cuando cambiamos teléfonos en Tokio?

—¿Qué?

—¿No estás buscando su número?

—¿El de quién?

—El de Bárbara.

—¿Para qué mierda querría llamarla?

—No lo sé, hombre, es tu chica, no la mía.

Jim resopló irritado. —No, estoy buscando el número de Silvia.

—¿De quién?

La sorpresa de Sean obligó a Jim a explicarse impaciente. —¿La mujer que conocí en Dakota del Norte? ¿La olvidaste?

Sean frunció el ceño. Sí, la aventura de Jim en la tormenta y el intercambio de clips. Pero eso había ocurrido en marzo, seis meses atrás.

—¿Y por qué querrías llamarla? ¿No vive en Sudamérica?

—Porque hace seis días que no sé de ella, y no logro hallarla online.

Todavía revisando su teléfono, gruñendo y maldiciendo, Jim no advirtió que Sean se atragantaba con su cerveza.

—¿Sigues en contacto con ella?

—Creí que lo sabías. No es ningún secreto.

Sean era consciente de que si él no estaba al tanto, nadie más lo sabía. De modo que era secreto de estado. Repasó la conversación que acababan de tener.

—¿Por qué quieres llamarla?

—¡Acabo de decírtelo! Hace seis días que…

—Sí, ya te oí. ¿Y qué? O sea, ¿con cuánta frecuencia hablas con ella para hacer semejante escándalo por seis jodidos días?

—Pues casi todos los días desde que dejamos LA y…

—¿Todos los días?

—Y no hablamos. Nos escribimos por Twitter o en un blog.

—¿Todos los días?

Jim bufó exasperado. —Olvídalo. Ve a caminar si quieres, te alcanzo más tarde.

Sean decidió hacer a un lado su sorpresa y la multitud de preguntas que le hacían picar la lengua. —No importa, podemos salir luego. Dime, ¿por qué estás tan preocupado por ella?

—No estoy preocupado. Quiero saber por qué desapareció así.

Su hermano optó por ignorar una mentira tan descarada. —Muy bien, ¿y qué ocurre con su número? ¿No lo tienes?

—No lo agendé después de llamarla y borré sin querer el mensaje en donde lo tenía. Y cuando cambiamos teléfonos perdí el registro de llamadas.

—¿Te fijaste en tu cuenta de teléfono online? Imagino que la empresa guarda un registro de todas tus llamadas. —Sean hubiera deseado no ver el destello esperanzado que animó los ojos de su hermano. Miró alrededor, las manos en las caderas—. ¿Dónde carajo está tu laptop?

—No tengo idea. Ten, usa esto.

Jim le tendió su teléfono. Sean barrió con un brazo cuanto había sobre la mesa y se sentó en la única silla limpia que halló.

—Veamos —murmuró. Jim se incorporó de un salto para ir a pararse tras él mientras Sean accedía a su cuenta en la web de la empresa telefónica—. ¿Cuándo la llamaste por última vez?

—Fue la única vez, hace cosa de un mes. Dos semanas antes de dejar LA.

—Hace dos meses entonces. —Sean buscó en el registro hasta principios de septiembre y halló un número con un montón de códigos y prefijos raros. No pudo evitar advertir que la llamada había durado casi una hora. Agregó ese detalle a la creciente lista de preguntas que Jim tendría que responder—. ¿Tal vez éste?

—No lo sé. Lo probaré.

—Aguarda, fijémonos si ése es el código de su país.

Pero Jim ya le había arrebatado el teléfono y llamaba a ese número. Aguardó con el teléfono contra su oído, los ojos brillantes moviéndose por toda la habitación sin ver el desorden. Una gran sonrisa iluminó su expresión un momento después. —¡Hola! ¡Al fin te encuentro!

Sean lo vio volver a fruncir el ceño.




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