Sin Retorno

52. Una que se Parece a Ella

Contra toda expectativa, los obstáculos disminuían a medida que Silvia y Claudia alcanzaban escritorios más importantes y avanzaban por el elegante edificio en el centro de la ciudad. Pero primero tenían que entrar.

La recepción de Vector era como un nido de ametralladora de la Segunda Guerra, operado por una chica muy bonita y agradable. Fiel a su entrenamiento, primero intentó mandar a Silvia de paseo, diciéndole que debía llamar o escribir a la persona que quería ver. Luego se dedicó a atender una docena de llamadas.

Cuando Silvia tuvo oportunidad de hacerle entender que ese primer paso ya había sido dado por el manager de ruta de No Return, y que era él quien la enviaba a buscar los pases en persona, la chica tuvo la amabilidad de hacer una llamada, y luego otra, y otra. Silvia y Claudia esperaban a pocos pasos, reuniendo toda su paciencia mientras la chica esperaba en línea y hablaba en susurros.

—¿Por qué no le escribís a Jim? —preguntó Claudia.

Silvia meneó la cabeza. —¿Y él qué puede hacer? ¿Llamar? Mirá a esa piba, ¿pensás que va a creer con quién está hablando? ¿Vos te lo creerías?

—Tenés razón —suspiró Claudia.

Pocos minutos después, la chica les regaló una sonrisa que supuraba eficiencia y les dijo que ya bajaba alguien para verlas por los pases.

El alguien apareció cuando ya hacía una hora que Silvia y Claudia llegaran a las oficinas de Vector, y era un asistente que no sabía nada de los pases y ni siquiera trabajaba en el área de la productora a cargo de la visita de la banda a la Argentina. Pero igual quería que Silvia le explicara al detalle a qué había ido.

Les tomó cuarenta minutos explicárselo, porque el teléfono del tipo vibraba todo el tiempo con mensajes y llamadas que él tenía que responder en ese mismo momento. Pero al menos las hizo trasponer la recepción y subir a un ascensor. En uno de los pisos que ocupaba la productora, les indicó el camino al área de eventos internacionales y les dio un nombre.

El nombre pertenecía a alguien que no estaba, y un ayudante les dijo que esperaran porque el alguien volvería en cualquier momento. Treinta minutos después otro alguien les pasó por al lado de camino a su escritorio, frenó en seco y las encaró para preguntarles qué hacían allí. No dijo “qué mierda” pero Silvia y Claudia lo oyeron perfectamente.

—Vine a buscar dos pases verdes que el manager de ruta de No Return emitió a nombre mío —respondió Silvia con sus mejores modales.

El tipo frunció el ceño sin creerles una palabra. —¿Tenés el nombre del que pidió los pases?

—Tim Costa.

El tipo asintió, aún más ceñudo. Ése era un nombre que nadie llegaba a conocer. ¿Tal vez decían la verdad? Una banda como No Return, con tantas mujeres enardecidas entre sus seguidores, siempre generaba un número importante de pedidos falsos de pases.

Silvia le mostró el email de Jim, que incluía una foto de los pases verdes. —Esto es lo que se supone que ustedes me den, ya validado.

El tipo seguía asintiendo ceñudo, pero Silvia le quitó su teléfono al verlo tratar de leer todo lo que Jim le escribiera, el muy entrometido.

—Enseguida vuelvo —dijo el tipo, un poco ofendido porque no le habían permitido leer todo el correo.

Al parecer lo que alcanzara a leer fue suficiente para que honrara su palabra y regresara. Veinte minutos después. Llegó con una mujer de unos cincuenta años, toda sonrisas y rockanroll con sus jeans gastados y su camiseta de Misfit.

Saludó a Silvia y Claudia con besos en la mejilla, como si fueran amigas, y les indicó que la siguieran fuera de esa sección y hasta el otro extremo del piso.

—Perdón por dejarlas esperando —dijo—. El Chino tuvo que salir y yo no sabía que venían.

Silvia y Claudia advirtieron que ya no estaban en las barracas de los soldados sino en el casino de oficiales. La mujer las llevó a una pecera con paredes de vidrio a una oficina abierta y las invitó a sentarse.

—Ya vuelvo.

La vieron ir hasta el primer escritorio y preguntarle algo a su ocupante antes de hacer una llamada.

Claudia le dio un codazo a Silvia y le señaló un poster enorme en la pared frente a ellas. Silvia alzó la vista hacia la foto enorme de la cara de una mujer, con ojos muy claros que le recordaron los de Jim y cabello largo y oscuro flotando tras ella. La parte inferior de su cara quedaba oculta por una ancha pincelada en negro con cuatro letras en blanco: MØRE.

—¿Sabés quién es ésa? —preguntó Claudia.

—¿Debería saberlo?

—Dios, vivís en una burbuja. ¿Te acordás cómo nos conocimos?

—Claro que sí. Viniste a arruinar mis clases de inglés con Cecilia, la profesora que vivía a la vuelta de lo de Lucía.

Claudia alzó las cejas sonriendo. Silvia volvió a alzar la vista boquiabierta.

—¡Andá! —exclamó—. ¡Ésa no puede ser Cecilia!




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