Sin Retorno

55. La Espera

Los músicos hacían tiempo antes de la conferencia de prensa cuando oyeron el primer trueno. Todos se volvieron hacia la ventana sorprendidos.

—¿Qué? —exclamó Tom—. ¡Pero hace cinco minutos estaba soleado!

Jim se acercó a la ventana para ocultar su sonrisa. ¿Una tormenta repentina cuando estaban por volver a encontrarse? Meneó la cabeza levemente. Silvia estaba en camino.

—Es como un huracán —murmuró para sus adentros.

Pronto Deborah y su asistente Ron vinieron por ellos para llevarlos al salón donde la prensa los aguardaba. Deborah le hizo señas a Jim para que dejara adelantarse a los demás.

—Todavía no llegó nadie con pase verde, Jim —le dijo en voz baja.

Él sacó su teléfono y buscó algo antes de tendérselo.

—Aquí tienes una foto de ella. Ve a esperarla al lobby, Deb. Llévate mi teléfono, por si me escribe o me llama mientras estoy ocupado. Y tráemela tan pronto llegue.

—No te preocupes.

Deborah se tragó su conmoción cuando Jim dejó el teléfono en sus manos y se apresuró para alcanzar a los otros. Jim jamás se separaba de su teléfono, bajo ninguna circunstancia. Le llamó la atención que la misteriosa mujer fuera una treintona ordinaria y no la belleza exótica que ella imaginara. Pero más le llamó la atención la sonrisa de Jim a su lado en la foto, radiante y espontánea.

En el salón, los cinco músicos se sentaron tras la mesa con micrófonos, frente a lo que parecía un millón de personas apretadas como sardinas allí dentro, y sonrieron para la pared de flashes que los encandilaron. Cuando todo el mundo estuvo listo para comenzar con las preguntas, Jim paseó la mirada por las caras frente a él. Pero había tanta gente allí, que no hubiera podido hallar a Silvia a menos que ella viniera a pararse frente a la mesa.

Era una cuestión rutinaria para ellos. Jim fue encantador y listo como siempre, agudo y sarcástico como siempre, ignoró las preguntas sobre chismes y romances como siempre. Los otros cuatro asentían a todo lo que decía y respondieron las pocas preguntas que les hicieron. Cuando terminó la conferencia de prensa, los músicos se demoraron para una última ronda de fotos.

Entonces Ron les presentó a una pequeña delegación del fanclub local. Firmaron autógrafos para cada chica, se sacaron fotos con ellas y les prometieron reunirse con ellas de nuevo el sábado luego de la prueba de sonido.

Jim no tenía ninguna prisa por abandonar el salón, dejando que saliera la gente y entrara aire fresco. Pero aunque permaneció allí hasta que la última persona se marchó, no encontró a Silvia.

Después de la conferencia los esperaban en uno de los bares del hotel, para un brindis de bienvenida con los productores locales y para conocer a quienes dirigirían a los asistentes que trabajarían con ellos durante el fin de semana.

Jim dejó el salón todavía mirando por sobre su hombro, y en el elevador le dieron ganas de abofetearse a sí mismo. No estaba esperando a una chica presuntuosa que llegaba tarde para hacerse desear. Era ella. Algo debía haberla retrasado y estaría allí tan pronto pudiera. Un momento después saludaba a los productores locales del mejor humor del mundo. Sólo necesitaba buscar con qué entretenerse hasta que ella llegara.

 

 

Jo se había reunido con Deborah tan pronto comenzara la conferencia de prensa. No podía admitirlo sin arriesgarse a una discusión con Sean, pero ésta era la única razón por la que su agenda se había vaciado como por arte de magia para permitirle acompañar a su novio en esta etapa de la gira mundial. Porque quería ver a esta mujer con sus propios ojos, en carne y hueso. Había oído a Sean protestar desde que la banda regresara de Europa del Este, y Jo moría por conocerla.

—¿Aún no llega?

Deborah meneó la cabeza, sus ojos estudiando cada cara que entraba al hotel.

—¿Quieres que la espere yo? Seguro tienes otras cosas que hacer.

Por toda respuesta, la otra mujer le mostró el teléfono de Jim en sus manos.

Pasaron los minutos mientras ellas aguardaban en silencio, pero no se presentó ninguna mujer con un pase verde antes que terminara la conferencia de prensa.

—Mierda —masculló Deborah viendo la hora—. Ve, Jo. Yo esperaré un poco más.

Jo dejó el lobby con una última mirada hacia las puertas. ¿Se trataba de la única mujer del mundo que se atrevía a dejar plantado a Jim Robinson?

El reloj de la recepción daba las siete treinta cuando dos mujeres entraron casi corriendo al hotel, agitadas y mirando en todas direcciones. Una de ellas se dirigió decidida al mostrador. Deborah no precisó compararla con la foto en el teléfono de Jim.




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