Sin Retorno

61. Otra Mirada

Cuando Jim atrajo a Silvia contra su cuerpo, fue como si un campo de energía se activara en torno a ellos. Todo el mundo se apartó instintivamente un par de pasos para seguir bailando, conversando, bebiendo.

Como empujado por aquel campo de energía, Sean tomó la mano de Jo y la guió a un sillón junto a la pista. La dejó allí y continuó hacia el bar por champagne. Cuando regresó, la encontró inclinada hacia adelante, los codos en las rodillas y el mentón entre sus manos, perdida en el último episodio de lo que ya se había convertido en su serie favorita.

—¡Oh, vamos, amor! —protestó Sean, divertido y molesto al mismo tiempo.

Llenó dos copas y le alcanzó una a Jo, echando un vistazo a la pista.

—Debería haber traído mi cámara —se lamentó Jo, tanteando para dar con la copa porque sus ojos se negaban a apartarse de Jim y Silvia, que apenas se movían pero aún conservaban el ritmo, olvidados de cuanto los rodeaba.

—Ya sabes cómo irá —dijo Sean—. Ahora la besará, y mañana tendré que arrojarles agua fría para que Jim salga de la cama a tiempo para subir al escenario.

Jo codeó a Sean para que mirara con ella. Jim y Silvia seguían bailando con lentitud, ahora mirándose a los ojos. Ella parecía estar diciendo algo. Y en el momento exacto para que Jim se dejara de tonterías y le comiera la boca, ella lo hizo besarle la frente y se abrazaron estrechamente.

—¿Qué mierda? —murmuró Sean atónito, porque jamás había visto a su hermano pasar voluntariamente de semental de oro a amigo modelo.

Jo suspiró, porque estaban abrazados de una manera que la hacía pensar que querían convertirse en un solo ser. —¡Son tan condenadamente tiernos!

Sean intentó apartar la vista, pero sus ojos regresaron a la pista sin pedirle permiso. Ahora Silvia parecía hablarle a Jim al oído, y él la escuchaba con toda su alma, los ojos cerrados, conteniendo el aliento. Su respuesta fue un breve murmullo que la hizo reír y besarle la mejilla.

Un momento después Jim pedía más champagne a gritos y bailaba con Silvia y quienes los rodeaban como si nada hubiera ocurrido.

—Mierda —gruñó Sean.

El hechizo se había roto y Jo pudo volverse hacia él, alzando las cejas interrogante al tiempo que bebía su champagne. Él meneó la cabeza y aprovechó que era capaz de desviar la vista. No precisaría agua fría para apartar a su hermano de esa mujer en la mañana, y eso sólo podía significar problemas.




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