Sin Retorno

65. Por Qué Estamos Aquí

Los amigos de Silvia se unieron a las chicas junto a la valla mientras la banda tocaba Sink Your Teeth In, sus corazones rockeros inclinándose por aprobar lo que escuchaban, a pesar de que No Return era mucho más pop que la música que les gustaba. Y desde el escenario, Jim sonrió al ver que las chicas bailaban, Silvia entre ellas Tal como aquella noche en la posada, ella bailaba para él.

—Listo. Ahora preciso probarlos uno por uno —dijo Sam desde la mesa de mezcla.

Jim le tendió la guitarra a su asistente y saltó del escenario. Alguien le alcanzó una botella de agua fresca y pasó por debajo de la valla para reunirse con Silvia y sus amigos. Estrechó manos y besó mejillas cuando ella lo presentó, con una sonrisa agradable y profesional directamente de su catálogo de entrevistas en vivo. Tan pronto terminaron las presentaciones, se olvidó de ellos para volverse hacia Silvia.

—Creo que tus amigas saben mis canciones mejor que tú, mujer —bromeó—. ¿O se te olvidan mis letras de sólo ver mi cara?

—¡Imagínate!

Rieron juntos. Aún no lograban contener esa alegría simple, casi tonta que sentían, como si el mero hecho de estar juntos mejorara su humor. Vieron la prueba de sonido juntos, mientras cada instrumento tenía su turno para que Sam hallara la mezcla justa que sonara mejor en aquel estadio.

Silvia aprovechó para preguntar cosas que siempre la habían intrigado, y Jim le respondía de buena gana. Cuando le preguntó cómo hacía para escuchar lo que tocaba desde el escenario sin ningún desfasaje, Jim se sacó el retorno de la cintura y se lo tendió para que lo viera.

—Tenemos las bocinas de retorno y esto —explicó, dándole el auricular—. Adelante, pruébatelo.

Ella obedeció y rió por lo bajo al escuchar la voz reposada de Sam hablándole a los músicos para decirles que probaran esto o aquello, y dirigiendo a los técnicos para que modificaran alguna configuración de los amplificadores en el escenario, o uno de los micrófonos de la batería.

Sintió que Jim tocaba su espalda a la altura de la cintura de sus jeans, pero no se molestó en fijarse qué hacía, atrapada por la calidad de sonido del auricular.

Él la enfrentó con una de esas sonrisitas que ella ya conocía bien y habló en voz baja en el micrófono que aún tenía en sus manos.

—Prepárame el micrófono cinco, Sam, porque pasaré éste.

—Comprendido. Ya terminamos aquí, Jim.

Silvia frunció el ceño cuando Jim tomó su mano y la cerró en torno al micrófono.

—¿Qué haces?

—Tom todavía está en una nube. Quiero que me ayudes, así no desgasto mi voz de más antes del show —respondió él como si hablara del clima.

—¿Qué? —exclamó ella, intentando devolverle el micrófono. —¡Olvídalo!

—Vamos, mujer. ¿De pronto eres tímida? Haz lo de siempre y presta atención al auricular, no a las torres de sonido.

—¿Te has vuelto loco?

No advirtió que Jim había movido el micrófono en su propia mano para acercarlo a su boca, y su voz atronó el estadio. Jim sabía que sus palabras atraerían la atención de todos, así que se inclinó lo indispensable para que el micrófono captara su respuesta.

—Ya me escuchaste, mujer. Abre la boca y hazlo.

—¡De ninguna manera!

El personal ya reía por lo bajo, apurándose a terminar lo que estaban haciendo. Las pruebas de sonido a puertas cerradas solían significar un descanso para ellos, y ya podían adivinar que ésta sería entretenida, porque Jim se traía algo entre manos.

Silvia se quedó de una pieza cuando Sam le habló al oído. —Listo. Escúchame, S, sostén el micrófono cerca de tu boca cuando cantas bajo y apártalo un poco para las notas más agudas.

Jim le tocó la punta de la nariz con una gran sonrisa y volvió a trepar al escenario. Jo ya llegaba a todo correr con su cámara. Silvia miró a su alrededor en busca de una salida y halló los gestos alentadores de sus amigos. Enfrentó el escenario gruñendo para sus adentros.

—Deberías subir con ellos, S —dijo Sam—. Para salirte de la línea de las columnas de sonido.

Ella giró hacia la torre en medio del campo desde donde le hablaba el ingeniero de sonido y sacudió la cabeza con gesto horrorizado. Sin embargo, accedió a acercarse más a la valla, donde cruzó los brazos para sostener el micrófono ante su boca.

En el escenario, Jim ya se había colgado una de sus guitarras eléctricas, y hablaba con los otros músicos mientras un técnico le colgaba otro retorno de la cintura de los jeans y le tendía el auricular.

—Háganlo sonar, chicos —dijo Sam.

Sean contó y largó con la batería inconfundible de Our Cure. Los otros cuatro lo siguieron un compás después. Jim fue a pararse frente a su micrófono mirando a Silvia a los ojos. Seguramente estaba sudando frío y detestándolo, pero sabía que lo haría. De lo contrario no estaría junto a la valla, el micrófono contra su pecho y esa expresión de carnero degollado.




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