Sin Retorno

74. El Extranjero

Era uno de esos días hermosos de mayo, con el sol otoñal brillando en un cielo muy azul y una brisa suave. Y el pandemónium de Buenos Aires rodeándolos. Se tomaron un momento para deplorar que estuvieran en la ciudad, en vez de una playa junto al lago o acampando en la montaña.

—Por lo menos estamos juntos —dijo Miyén alzando su cerveza.

Tuvieron que brindar por eso, y otra vez por el cumpleaños de Juan.

Una multitud se paseaba entre los puestos que ofrecían artesanías, ropa, comida, libros. En el Centro Cultural Recoleta había exposiciones interesantes que planeaban visitar más tarde; un par de bandas se aprontaban para tocar al aire libre en diferentes sectores del parque.

Silvia y sus amigos habían elegido un lugar libre en el césped para tender el mantel de Mika, donde dispusieron la comida que llevaran para compartir. Se hallaban cerca de las puertas laterales del Centro Cultural, con el tránsito de la Avenida Alvear rugiendo a sólo diez metros de ellos.

Ella se sentó entre Mika y Miyén sintiéndose tranquila y contenta, y se negó a responder una sola pregunta sobre lo que hiciera la noche anterior después del concierto.

—¿Para qué insisten? —intervino Karim divertida—. ¿No les basta con verle la sonrisa?

A Silvia no le importó ruborizarse. Estar con sus amigos era un oasis inesperado que el día anterior no había podido disfrutar cuanto hubiera querido. Se sentía tan bien con su hermana a su lado y los demás alrededor, hablando en su propio idioma, con sus propios códigos y las bromas nacidas de años de compartir buenos momentos. Era como llenar sus pulmones y su corazón de aire fresco. Estar con Jim era excitante, intenso, desconcertante. Una montaña rusa fascinante y vertiginosa. Precisaba respirar hondo antes de volver al ruedo.

Almorzaron en medio de una de sus típicas charlas jocosas, y evaluaban si recoger el picnic y acercarse a ver las bandas, cuando Claudia codeó a Silvia, cabeceando hacia adelante.

—¿Ése no es Ron?

Silvia precisó un momento para ubicar a quién se refería su amiga.

—¿El de remera roja? —terció Miyén—. Ése es el tipo que nos estaba esperando en la puerta del estadio ayer.

—Fijate cómo mira para todos lados —agregó Mika—. ¿Te estará buscando?

Silvia meneó la cabeza, descartando la idea. —No, seguro que Deborah lo mandó a hacer algo.

Observaron a Ron dar un par de vueltas sin rumbo fijo, mirando alrededor como un cachorro perdido, hasta que dio media vuelta y se fue por donde había venido. Un minuto después se habían olvidado de él.

Recogieron todo y se encaminaron sin prisa al otro lado del parque, desde donde llegaba un promisorio sonido de guitarra eléctrica y una batería que no sonaba a reggaetón. La banda tocaba covers de clásicos de rock, y no tardaron en hallar un lugar en el césped donde sentarse a varios metros del escenario, a disfrutar el sol y la música en vivo.

Silvia se olvidó del reloj. Ignoraba a qué hora se iría No Return al estadio, ni si su pase le permitiría entrar más tarde. Y descubrió que no le importaba. Sólo quería quedarse allí con sus amigos y su hermana hasta que cayera el sol sobre la ciudad. La ayudaba a tratar de digerir lo que ocurriera la noche anterior, aunque no estaba segura que alguna vez sería capaz de hacerlo.

Porque, ¿cómo procesar algo así? No sólo la forma en que la tratara Jim, sino también sus palabras. La forma en que le hiciera el amor, como si fuera la reina del universo, la mujer más deseada y más amada del mundo, para después decirle que estuvieran juntos o separados, se pertenecían mutuamente y ya nada ni nadie podría cambiarlo.

¿Cómo podía siquiera comenzar a asimilar algo así?

—¡Mis compañeros de valla!

La alegre exclamación la hizo mirar hacia atrás y descubrió a Jo a sólo un paso del grupo. La chica saludó a todos con una sonrisa radiante al ser bienvenida como una más de la pandilla.

Silvia vio que los Robinson la seguían sin apuro, las caras a la sombra de sus gorras y sus lentes de sol. Tras ellos, dos de sus notorios guardaespaldas se detuvieron a cierta distancia del grupo y permanecieron allí, tratando en vano de pasar desapercibidos.

Jim saludó a los amigos de Silvia con un gesto antes de acuclillarse junto a ella. Silvia intentaba decidir cómo sentirse ante aquella invasión, pero sus interrogantes se tropezaron con la sonrisa de Jim y se evaporaron vergonzosamente.

—¿Ya estás buscando otra banda para seguir, mujer? —bromeó él, encontrando sus ojos por encima de sus lentes de sol.

—¡Imagínate! —rió ella.

—Guardabosque —tosió Rob por lo bajo, haciendo reír a los demás.

Karim ya le tendía un mate a Jo, insistiendo en que tenía que probarlo. La chica se sumó al círculo y Sean permaneció de pie tras ella como otro guardaespaldas, con su habitual expresión de pocos amigos. Hasta que Miyén le ofreció una lata de cerveza cubierta por una delgada capa de hielo.




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