Sin Retorno

77. Al Filo

Jim trabó la puerta del trailer y empujó a Silvia contra el tabique que cerraba la cabina del conductor. Ella advirtió sus dientes apretados y el violento fuego que animaba sus ojos. Intentó mantener la calma. Éste no era Pat. Era Jim, era su Jay. Intoxicado tras aquellas tres horas de locura absoluta, pero aún él.

Sin embargo, mientras se repetía todo eso, él se aplastó contra ella, besándola con rudeza al tiempo que le abría la chaqueta con un brusco tirón. Silvia no lo rechazó, y procuró responder a su beso a pesar del miedo instintivo que le estrujaba el estómago. Jim le arrancó la chaqueta.

—¿Te gustó, perra? —gruñó, mordiéndole el cuello con fuerza—. La multitud, las luces, el maldito minuto de gloria. ¿Te gustó respirar mi aire, maldita perra?

Le aferró el cabello y el escote del top, jalando para desgarrarlo, y aquello fue demasiado para Silvia. Esto no era sexo brusco para quemar el subidón de adrenalina. Esto era violencia lisa y llana. Jim buscaba una excusa para lanzar el primer golpe. Lo empujó para apartarlo dos pasos de ella.

El fuego que ardía en sus entrañas lo hizo pensar que ella le seguía el juego, de modo que volvió a adelantarse con una risa áspera. Silvia volvió a apartarlo, empujándolo sin querer hacia la salida del trailer. ¿Tal vez estaba de suerte y Jim daría media vuelta y se iría?

—Apártate —le advirtió, retrocediendo hacia el otro lado del trailer, lista para defenderse.

El puño de Jim se estrelló contra la puerta de la cabina, quebrándola. —¡Nadie me dice que me aparte, mujer! —masculló, respirando afanosamente en un intento por no moverse de donde estaba.

Silvia se negó a continuar aquella locura. No pelearía a puñetazos con Jim por salir del trailer. Y luego de lo que había vivido con Pat, podía darse cuenta de que él no quería lastimarla, o ya lo habría hecho.

Hasta podía imaginarse lo que le ocurría. Ella había estado en el escenario cinco minutos, una más entre dos o tres docenas de personas, y aún estaba sacudida. De modo que no le costaba hacerse una idea de cómo se sentía Jim, que había estado allí arriba tres horas enteras como foco absoluto de toda aquella energía. Necesitaba correr y gritar y prender fuego el estadio y destrozar cada guitarra y golpear a todo el que se le acercara y romper cuanto tuviera a mano sólo para comenzar a purgar todo lo que se agitaba en su interior.

Meneó la cabeza y se inclinó a recoger su chaqueta, notando que las rodillas le temblaban casi tanto como las manos.

—Lo siento, Jay —suspiró agobiada—. Pero hay lugares a los que no puedo regresar, ni siquiera por ti.

Jim la miraba lanzando rayos y centellas con los ojos, agitado como si hubiera corrido muchos kilómetros, estremecido de pies a cabeza. Apretó los puños, sus uñas se clavaron en sus palmas, y ese dolor alimentó el fuego y la furia. Hubiera querido que ella se marchara, pero él estaba en su camino, y no estaba seguro de no lastimarla si daba tan siquiera un paso hacia ella. Pero no podía permanecer quieto. Lanzó un puñetazo hacia el mostrador, dándole de lleno al microondas.

—Es triste, ¿no crees? —oyó que decía Silvia—. ¿Cómo pude equivocarme tanto? ¿Cómo pude creer que estaba en condiciones de afrontar esto, afrontarte a ti?

La respuesta de Jim fue otro gruñido ahogado y barrer el extremo del mostrador, arrojando varios vasos a que se hicieran añicos contra el suelo.

El orgullo y el instinto de supervivencia de Silvia intentaban sacarla del trailer. Y al mismo tiempo, se dio cuenta de que si salía de allí sola, sería para siempre. Y ella no quería eso. De modo que ignoró los gritos internos que le rogaban que se marchara y buscó qué decir. No se marcharía mientras tuviera algo para decir. Consciente del riesgo que estaba tomando, le dio la espalda a Jim para dirigirse a los asientos al otro lado del trailer.

Las cortinas permanecían abiertas de ese lado y vio el reflejo de Jim, que seguía rompiendo y dando puñetazos a todo lo que lo rodeaba, pero sin apartar los ojos de ella, deseando que fueran cuchillos para clavarlos en su espalda. También notó que queriéndolo o no, Jim se había apartado de la puerta.

—Vete, mujer —masculló—. Vete o te mataré.

—¿Qué? No, lo siento, me quedo. —Silvia se dejó caer en un asiento frente a él, los ojos bajos, y apoyó la cabeza en sus manos.

Tenía que seguir hablando para permanecer allí. No quería nada de lo que estaba ocurriendo, así que tenía que hacer algo al respecto. Más vasos rotos rociaron de vidrio la alfombra plástica frente a ella. Una pena, un trailer tan bonito. Jim parecía decidido a destrozarlo, maldito chiquillo consentido.

—Estoy tan cansada. Eres agotador, ¿sabías? Tal vez deberíamos limitarnos a escribirnos, ¿no crees? Tener el blog era divertido.

El sonido que escapó de los labios de Jim sonó como un rugido sofocado. —¿¡Qué!?

Silvia lo enfrentó al fin, frunciendo el ceño como si la sorprendiera verlo aún allí. —¿Qué ocurre, Jay? ¿Te gusta golpear chicas después de tocar? Entonces ve a buscarte alguna. Todavía debe haber bastantes merodeando, dispuestas a dejarte maltratarlas a cambio de un polvo. Ve, ya hablaremos luego, cuando te calmes.




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