Sin Retorno

84. Un Montón de Vidrios Rotos

Jim y Silvia tampoco lo sabían a ciencia cierta.

El último bar al que entraran no había tardado en cerrar, y la luz matinal pareció incendiarles los ojos cuando se vieron obligados a volver a la calle. De modo que buscaron un taxi y regresaron a la suite de Jim, a derrumbarse en la cama vestidos.

Cuando Silvia fue capaz de abrir los ojos, poco antes del mediodía, se dijo que al menos debería haber llevado la cuenta de los tragos para evitar mezclar tanto.

Apartó el brazo de Jim, un peso muerto sobre su pecho, y la inercia lo hizo voltear y quedar boca arriba en la cama. Analgésicos. Mochila. Eso. Pero sus ojos enrojecidos tropezaron con el cuerpo de Jim, los brazos abiertos a través de la cama, las piernas colgando por encima del borde, los pies apoyados en la alfombra.

Y de pronto fue dolorosamente consciente de que se marchaba en pocas horas y tal vez nunca volviera a verlo. Pensar con claridad había quedado fuera del menú hasta nuevo aviso, de modo que Silvia se dejó llevar por sus impulsos y le cubrió la cara con sus besos. Tal vez era la última vez en su vida que saboreaba aquellos peligrosos labios de terciopelo.

Se sintió agradecida de que Jim estuviera más desmayado que dormido, porque se le llenaron los ojos de lágrimas que llovieron sobre su pecho, una punzada fría y cruel atravesándole el corazón.

¿Por qué lo amaba tanto? ¿Cómo haría para decirle adiós?

Resaca oyó los ecos del melodrama y no tardó en presentarse, para echar a Angustia a puntapiés de la sala de tortura que tenía lista para Silvia. Mareo y Náusea no tardaron en adueñarse del lugar.

En el preciso momento en que Silvia dejaba escapar un sollozo desgarrado, la suite dio una vuelta completa a su alrededor y una arcada le estrujó la garganta. Se las compuso para levantarse, manotear su mochila y tambalearse hasta el baño.

Se vio obligada a sostener un desagradable cara a cara con el inodoro hasta que su estómago terminó de purgar lo que lo crispaba. Entonces acercó su mochila de un tirón y buscó los analgésicos.

¿Por qué tenía una botella de agua ahí dentro? No importaba. La vació para tragar los analgésicos y descansó la espalda contra los fríos cerámicos de la pared, sin tentar ningún movimiento hasta que los sanitarios dejaron de ondular y saltar a su alrededor.

Al menos ahora sabía que la próxima vez que Jim propusiera perder un poco la cabeza, tendría que guardar un hígado de repuesto en el refrigerador.

¿La próxima vez? ¿Qué próxima vez?

Logró ponerse de rodillas primero, y luego incorporarse, los codos en el lavamanos al doblarse para sumergir las manos y la cara en el agua fría, intentando ocultar sus lágrimas y sus gemidos sofocados.

Le tomó un buen rato calmarse un poco. El espejo no le mostró nada inesperado. No sólo se sentía terrible, también se veía terrible.

Se alisó la ropa lo mejor que pudo. Un momento después se sentía medianamente lista para salir del baño. Lo hizo revolviendo su mochila, en caso de que algún milagro hubiera incluido pañuelos descartables junto con la botella de agua.

El murmullo ronroneante de Jim la hizo alzar la vista y se detuvo bruscamente.

Seguía tendido en la cama tal como ella lo dejara. Pero había una chica arrodillada entre sus piernas, la cabeza rubia subiendo y bajando sobre su ingle.

Silvia sintió el sudor frío que corría bajo sus ropas por todo su cuerpo. Tardó varios segundos eternos, espantosos, en reaccionar, mientras Jim gruñía de placer, bajando una mano a sujetar el cabello que se desparramaba sobre sus muslos.

Un momento después se precipitaba fuera de la suite, tambaleándose por el corredor hacia los elevadores. El aire no parecía llegar a sus pulmones y todo volvía a girar a su alrededor. Pulsó los botones jadeando agitada. Necesitaba largarse de allí antes de derrumbarse en medio del corredor.

Sean salía de su habitación cuando alguien tropezó ante su nariz, intentando correr hacia los elevadores. Frunció el ceño al reconocer a Silvia, pálida, temblorosa, terriblemente agitada, la cara bañada en llanto, que presionaba los botones desesperadamente, una mano contra el pecho.

Se volvió hacia el otro extremo del corredor. La puerta de Jim estaba abierta de par en par.

No se detuvo a avisarle a Jo antes de correr hacia la suite de su hermano. Para detenerse bruscamente en el umbral, negándose a dar crédito a sus ojos. Entró como una tromba, aferró el hombro de la chica y la apartó de la cama de un empellón. Jim soltó un gruñido y se giró en la cama, dormido.

Sean sacó a la chica de la suite casi a rastras y su mirada furibunda bastó para ponerla en fuga. En ese momento Claudia salió de la habitación de Tom, sin una pizca de maquillaje y tratando de poner algo de orden en su pelo.

—¿Silvia? —le preguntó al verlo allí, sin perder tiempo en saludos.

Sean señaló los ascensores.

Claudia meneó la cabeza resoplando. —Tu hermano sí que sabe cagarla —rezongó, apresurándose hacia el otro extremo del pasillo.




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