Sin Retorno

92. Demasiadas Novedades

Las entrevistas los mantuvieron ocupados hasta la hora de la cena, y luego todos votaron por salir a conocer un poco de la noche de Santiago. Jim no se quedó con los demás en el bar del hotel después de comer, esperando que fuera hora de irse. Deborah lo vio dirigirse a su habitación y se volvió hacia Sean interrogante. Sean se limitó a menear la cabeza.

Su hermano había cumplido con todos los compromisos que ella le agendara, aunque se había mostrado inusualmente ausente y hasta taciturno. Pero Sean no iba a explicarle a Deborah qué era lo que lo tenía distraído.

Su hermano acababa de descubrir una pared de ladrillos cortándole el paso. Sean sabía que ahora tendría que verlo darse la cabeza contra esa pared, hasta que el dolor y los magullones lo convencieran de que era más real y dura que su propia perspectiva de la situación. Entonces lo más probable era que Jim se desmoronara, y Sean debería estar listo para sostenerlo.

En su suite, Jim se sirvió un whisky y se recostó con su teléfono, pero se le agotó la paciencia después de responder sólo un par de mensajes. No tardó en salir de Twitter para abrir el Hey, Jay!

Sabía que no hallaría rastros de Silvia allí, pero ninguno de los dos había posteado nada en el blog desde que Jim llegara a Buenos Aires, y quería actualizarlo. Ella recibiría la notificación y no resistiría la tentación de fijarse qué había publicado. Entraría al blog aunque más no fuera por hábito, y eso ya era un principio.

Por suerte Jo había pasado el fin de semana filmando y tomando fotos, y ya le había enviado cuatro carpetas de archivos, porque él apenas había tocado su teléfono. Jim le echó un vistazo a lo que le diera Jo para escoger una fotografía de cada día que pasara con Silvia.

Cuando terminó en el Hey, Jay! se tragó sus pruritos y se asomó al reino de Suckerborg. Allí estaba, por supuesto. Silvia había posteado algo sólo unas horas atrás, y a Jim no le hizo ninguna gracia ver que la publicación estaba en español. ¿Como si no quisiera que él comprendiera? Un momento después se reía de sí mismo. El español era su idioma natal, ¿no? Y ahí tenía la opción de una traducción automática.

Había posteado un video de YouTube para acompañar sus palabras, y Jim no reprimió una sonrisa al ver que era Vector. ¡El mismo día que él había estado escuchándola!

—Háblame de coincidencias —murmuró.

Sólo esperaba que si a ella también le había dado por hacer un repaso, no hubiera tenido a un Sean cerca, como él. Leyó la traducción con atención.

“Un año atrás, escuchaba esta canción ignorando las preguntas que no me atrevía a formular. Ahora comprendo que nunca deberíamos tener miedo a preguntar lo que necesitamos saber. No deberíamos tener miedo a obtener respuestas.”

Cerró los ojos un momento, volviendo a escuchar la canción en su cabeza hasta la pregunta final: ¿esto es un hola o un adiós? Con esas palabras frescas en sus oídos, la respuesta cosquilleó en sus pulgares.

Contigo sólo puede ser hola.

Frunció el ceño al no hallar la opción de comentar la publicación. La cuenta de Silvia siempre había sido completamente pública, cualquiera podía interactuar con ella. Pero ahora sólo sus contactos podían reaccionar o comentar. Y como él odiaba las plataformas de Suckerborg, y tenían el blog y Twitter, nunca se había preocupado por enviarle una solicitud de amistad.

Silvia no lo había bloqueado, él aún podía ver cuanto publicara. Pero ya no tenía permitido interactuar con ella. Y si la conocía, volvería a utilizar sólo esa plataforma, como antes de conocerlo. De modo que en adelante, si quería saber de ella, como no la tenía entre sus contactos, debería buscarla cada vez. Y sólo para ver qué había publicado.

No, tenía que haber otra forma.

Tom. El bajista solía pasar una cantidad poco saludable de tiempo en Facebook. Lo llamó, demasiado impaciente para esperar hasta que se reunieran para salir.

—Dime, ¿hay alguna manera de estar al tanto de lo que alguien publica en Facebook sin enviarle solicitud de amistad?

—¡La pregunta del acosador! —rió Tom—. Sí, puedes seguir a esa persona.

—Como Twitter.

—Sí. Así verás todos sus posteos públicos.

—¿Y podré comentar?

—Si su configuración de seguridad lo permite.

—Ya veo.

Jim cortó y enfrentó su teléfono ceñudo. ¿Se trataba de alguna clase de prueba? De la nada, la única forma de saber de ella era convertirse en su seguidor en el reino de Suckerborg. Y aun así, no podría expresar ninguna opinión. ¿Acaso Silvia quería ver si Jim Robinson estaba dispuesto a convertirse en mero seguidor de alguien?

Sean llamó a la puerta y asomó la cabeza mientras Jim aún intentaba decidirse.

—¿Vamos, bastardo?

Jim asintió distraído y salió, guardando el teléfono en su bolsillo trasero.

—Discúlpame por lo de esta tarde, Jimbo —dijo Sean cuando subieron al elevador—. No era mi intención ser tan duro contigo.




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