Sin Retorno

99. El Lugar Correcto

Tal vez más tarde le preguntaría qué diablos hacía allí, cómo demonios se las había compuesto para llegar sólo siete horas después del accidente. Tal vez hasta le preguntaría por qué.

En ese momento sólo pudo echar sus brazos en torno a la cintura de Silvia y esconder la cara contra su pecho, incapaz de contener los gemidos que le quemaban el pecho y le desgarraban la garganta. Ella lo abrazó en silencio y besó el cabello revuelto, salpicado de sangre, sosteniéndolo mientras él desahogaba tanta angustia, tanto miedo, tanto espanto.

Cuando logró controlarse, la soltó y se frotó la cara avergonzado. Ella se acuclilló frente a él y lo observó con atención, como si quisiera cerciorarse de que estaba magullado pero entero, y lo que era más importante, vivo.

Jim dejó escapar una risita incómoda que la hizo sonreír. Silvia se sentó a su izquierda y lo instó a reclinarse hacia ella. Jim le permitió guiarlo a recostarse sobre su lado sano, la cabeza sobre sus piernas. De pronto le resultaba imposible mantener los ojos abiertos.

Silvia le acarició el cabello lentamente, dejándolo dormir mientras se tomaba un momento para repasar la seguidilla de coincidencias afortunadas que siguieran a la llamada de Paola.

Tan pronto como-se-llamara se fue, Silvia dejó su casa apresurada. Por suerte Claudia no había bebido tanto como ella la noche anterior, y no estaba conmocionada por la noticia, de modo que su cerebro aún funcionaba.

—Yo te saco los pasajes —dijo—. Vos andá directo al aeropuerto.

En el camino Silvia le escribió a su hermano, que se había quedado a dormir en casa de su mejor amigo, y a su primo para que estuviera atento por si Tobías necesitaba algo.

Claudia debía haber apelado a algún conjuro de magia negra, porque Silvia recibió su mensaje cuando llegaba al aeropuerto. Le había sacado pasajes para un vuelo a Buenos Aires que despegaba de Bariloche en una hora, y la combinación con el vuelo Buenos Aires-Santiago sólo demoraría otra hora.

Sin importar el color de la magia que utilizara su amiga, allá arriba parecían haber decidido desperdiciar un par de milagros en su viaje. No hubo retrasos en los vuelos, y aterrizó en Santiago a la hora prometida. Tomó un taxi y el conductor le contó que acababa de llevar reporteros extranjeros al sanatorio donde estaban internados los norteamericanos. Silvia llegó sin siquiera saber el nombre o la dirección del sanatorio.

Afuera había un caos de periodistas, cámaras, luces, micrófonos, cables. Y cientos de fans, rezando en círculos sin ocultar sus lágrimas, con fotos de la banda, imágenes religiosas variadas y una multitud  de velas. Silvia se abrió paso entre la gente esperando que el personal de seguridad del sanatorio la detuviera en cualquier momento. Pero nadie pareció advertir su presencia, y entró como si fuera su casa.

Sabía que no podía acercarse a la mesa de entrada y preguntar por Jim, así que se dirigió directamente a los ascensores, decidida a buscarlo piso por piso hasta que lo hallara. Dos médicos subieron al ascensor tras ella, hablando de los músicos.

—¿Trajeron a todos los americanos? —preguntaba uno.

—Sí, los acomodaron en el tercer piso —respondió el otro.

Se bajaron en el segundo piso, y Silvia tuvo un momento más para pensar cómo burlaría a los guardaespaldas que seguramente Deborah debía haber apostado. Y ahí estaban los guardaespaldas, cinco, reunidos a un paso del ascensor, intentando comprender lo que les decía un Tim agotado, magullado y exasperado.

Todos se volvieron hacia el ascensor al escuchar que se abría. El americano vio a Silvia y apartó a un guardaespaldas para sujetarle el brazo y sacarla de la cabina.

—¡Gracias a Dios estás aquí! —exclamó—. ¡Estos imbéciles no entienden una palabra de inglés!

Viendo que Tim hablaba con Silvia y ella les traducía lo que el manager necesitaba, los de seguridad asumieron que ella era parte del personal de la banda.

Tan pronto los de seguridad comprendieron lo que Tim quería, el manager giró sobre sus talones y se alejó apresurado.

—¡Tim, aguarda! —exclamó Silvia, apresurándose tras él para detenerlo—. ¿Dónde está Jim?

—Seguramente sigue de guardia como un maldito bulldog frente a la habitación de Sean. —Tim señaló el pasillo tras ella—. Por allí, pasando el recodo.

Sus palabras fueran la primera noticia real para Silvia sobre el estado de Jim. Se apresuró hacia el recodo, el corazón latiéndole en la garganta en vez del pecho. Lo vio de inmediato y sintió que le vacilaban las piernas al comprobar que estaba vivo, y lo bastante bien para no estar internado. Tuvo que hacer un esfuerzo para no romper a llorar de alivio y gratitud.

Ahora Jim dormitaba mientras ella aún le acariciaba el cabello enredado que escapaba al vendaje en torno a su cabeza. Sonrió al escucharlo suspirar. Vio venir a una enfermera y le pidió una manta. La mujer regresó enseguida.

—Este señor debería estar en una cama como los demás heridos —dijo en tono de reproche, ayudándola a tapar a Jim.




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