Sin Retorno

117. El Miedo Definitivo

Se hacía difícil acordarse de respirar mientras lo contemplaba. Jim no dormía, sólo descansaba, los ojos cerrados, una mano en el pecho. Y ella se esforzaba por mantener el equilibrio en aquella cuerda floja entre la fascinación y el miedo a este hombre tan real a su lado, desnudo, relajado, indefenso por propia elección.

Ahora sabía que Jim había dicho la verdad. No se trataba de un capricho, ni un desafío ni un espejismo. Se lo había demostrado con una claridad meridiana que la había sacudido, y enfrentarlo la había dejado vacía por dentro.

No quedaba nada. Todo había sido barrido a un lado por aquella comprensión, que se reía en la cara de cualquier otra idea, emoción, certeza, esperanza. Sólo podía admitir que Jim la amaba y la había dejado sin excusas.

Entraba a trabajar en un par de horas y ni siquiera pensaba en moverse. Sus teléfonos permanecían apagados. Esa mañana, el mundo podía derrumbarse y no lograría distraerlos.

La otra mano de Jim se alzó para acariciarle la mejilla.

—Respira —susurró, aún inmóvil, los ojos cerrados.

Silvia soltó el aire que no recordaba haber aspirado. Jim tornó a mirarla con aquellos ojos arrolladores.

—No tengas miedo, estoy aquí, contigo —sonrió.

Ella atrapó la mano de Jim para apretarla contra su mejilla, buscando la mejor manera de expresarse.

—¿Y qué hay de mí, Jim? ¿He estado a tu lado realmente alguna vez? ¡Mierda! Todo era tan sencillo anoche mismo, durmiendo en tus brazos. Y de pronto ya no sé…

—Si yo soy lo que te inspira miedo, estoy cagado a lo grande, mujer, como cagado por Godzilla. —Jim volvió a cerrar los ojos sin dejar de sonreír—. Porque no tienes miedo de mi falta de límites, o mi costumbre de comportarme como un verdadero bastardo, o mi habilidad para herirte. —Meneó la cabeza riendo por lo bajo—. Todo eso lo manejas como una experta. Lo que te asusta es verme como a un idiota cualquiera enamorado de ti.

—¡Maldición! ¡Es tan sencillo amarte a la distancia! Dime qué hacer, por favor. Dime cómo podría estar a tu lado y darte lo que necesitas. Cómo haré para aceptarte completamente.

Jim volvió a enfrentarla riendo suavemente. —¿Estás tomándome el pelo, mujer? Por si no te diste cuenta, me aceptaste desde el principio, hace casi dos años. Y lo hiciste con gusto. Pero nos hemos quedado sin excusas, tú y yo. Lo único que nos queda por delante es pagar las cuentas, discutir qué delivery llamaremos y tener sexo cuando nos quedemos solos en casa. Oh, bien, eso ya lo hicimos. Una cosa menos por hacer. La verdadera pregunta es si te atreverás a hacer a un lado tu orgullo y permitir que te acepte, yo a ti.

Silvia lo escuchaba con una atención reconcentrada que lo hizo reír otra vez.

—Respira, mujer.

Ella obedeció frunciendo el ceño. —Lo siento, Jay, pero no comprendo una palabra de lo que has dicho.

—Bien, Jay es un buen principio. En realidad, es adonde quiero llevarte.

Deslizó una mano bajo la camiseta de Silvia, que ni siquiera pestañeó cuando él la acarició, sus ojos moviéndose por la pared tras él como si leyera. La fresca carcajada de Jim llenó la habitación.

—¿Podrías dejar de pensar por un maldito momento?

—No, necesito…

Jim la empujó con suavidad para que se tendiera de espaldas en la cama y la cubrió con su cuerpo. La mirada ceñuda de Silvia se mudó de la pared a su cara.

Estaba allí, podía sentirlo. El verdadero significado de lo que él intentaba decirle. Sólo tenía que empujar un poco más. Si lograba que su miedo se corriera tan siquiera un paso, lograría verlo con claridad. Y casi lo había logrado cuando sintió que su miedo, negándose rotundamente a ser apartado por una palabras bonitas, desplegaba sus baterías más odiosas de dudas y cuestionamientos.

—No termina hasta que termina.

Jim alzó la vista al escucharla. Aún tendido sobre ella, había hundido un codo en el colchón para apoyar la cabeza en su mano, y se entretenía acariciando el cuello y el hombro de Silvia, aguardando que ella terminara de batallar con su cerebro para averiguar cómo había salido librado de él de semejante enfrentamiento. La fría mirada con que lo enfrentó lo hizo fruncir el ceño.

Silvia le hubiera pedido que la besara, que siguiera hablándole. Que la distrajera de aquella confrontación final con su orgullo, que en realidad no era más que una máscara de su miedo más profundo: el miedo a exponerse.

Eso era lo que realmente temía. Que él la viera tal cual era. Hacer a un lado su personaje de chica lista y mostrarse ante él con sus defectos, su inmadurez, sus absurdas inseguridades. Arriesgarse a que él la conociera realmente y dejara de amarla. O lo que era peor: arriesgarse a que la conociera y ella resultara ser cuanto él esperaba y buscaba. Arriesgarse a admitir que él ya conocía lo mejor y lo peor de ella y jamás había representado un obstáculo entre ellos. Arriesgarse a ser correspondida, y reconocer que no era un error concentrarse en todo lo que los unía, en vez de demorarse en lo que los separaba.




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