Sin Retorno

119. Un Viernes Cualquiera

El auto se detuvo ante la entrada del hotel al mismo tiempo que Jo y los Robinson salían. Silvia se apeó y le indicó a Sean que ocupara su lugar en el asiento delantero, subiendo atrás con Jo y Jim, que se tragó una sonrisa al notar que Silvia evitaba enfrentar directamente a su hermano.

Miyén condujo su auto fuera de la rotonda de vehículos del hotel, y tan pronto estuvieron en la calle, le dirigió una mirada fugaz a Sean y señaló con un cabeceo su teléfono, enchufado al tablero.

—Elige —dijo, volviendo su atención al tránsito.

Sean se tomó un momento para lanzar un puñetazo hacia atrás, con la vaga esperanza de que Jim dejara de clavarle las rodillas en los riñones. Luego examinó la lista de canciones. Jim y Jo rieron por lo bajo al escuchar el principio de When I’m Gone.

Miyén siguió la letra sin tropiezos, asintiendo al ritmo de la música mientras conducía, hasta que atisbó por encima de su hombro hacia el asiento trasero. Jim se volvió sorprendido hacia Silvia cuando ella cantó el estribillo.

—No sabía que te gusta Eminem —comentó.

Ella meneó la cabeza sin dejar de cantar, y no apartó los ojos de Jim para ignorar la mirada interrogante de Sean desde el asiento delantero.

—Le gusta a Miyén —respondió al fin, dejando que su amigo volviera a rapear—. Y no es de los que piden permiso para poner su música en casa.

Jim tuvo un atisbo de la sonrisita de Miyén y meneó la cabeza divertido. Al maldito le encantaba alardear de lo cercano que era a Silvia.

Quince minutos después detenía el auto a milímetros de la puerta de la cerca de madera, y abrió la marcha a través del jardincito delantero hacia la casa de Silvia. Jim notó que todas las luces estaban encendidas en el interior, y las sombras que se movían tras las cortinas cerradas.

Claudia salió a recibirlos, y la bestia negra que Silvia llamaba perro bajó los escalones del porche para inspeccionar a los recién llegados. El primo de Silvia se asomó con un delantal de cocina atado a su cintura y harina hasta los codos.

—¿Trajeron la cerveza? —preguntó sin perder tiempo en saludos.

—Están en el auto —respondió Miyén, besando a Claudia en la mejilla antes de entrar.

Jim se sorprendió al hallar allí a Karim y Tobías, y a otra mujer que se presentó como Paola y no hablaba una palabra de inglés.

—Creí que seríamos sólo nosotros a cenar —le dijo a Silvia en voz baja.

—Somos sólo nosotros —replicó ella divertida—. Es un viernes por la noche como cualquier otro.

—Mentira. Tus viernes por la noche son sólo chicas.

—Cierto, pero hoy estás tú, y tu hermano. ¿Por qué dejarlos afuera?

Jim le rodeó la cintura con un brazo, atrayéndola hacia él con una de esas sonrisas que le hacían perder el equilibrio a Silvia.

—Tengo la curiosa sensación de que tus amigos están listos para golpearme —susurró junto a sus labios.

Silvia se vio en la engorrosa obligación de besarlo antes de responder. —Sólo intentan demostrar que no te pertenezco sólo a ti.

—¿En caso de que el bastardo vuelva a cagarla?

—En caso de que tu sonrisa me cause amnesia irreversible.

No pudieron seguir hablando, obligados a dar paso a Miyén y Leandro, que entraban con un cajón de cerveza.

Jim tuvo que admitir que acabó siendo una cena entretenida.

El perro de Silvia se enamoró de Jo, que pasó la noche mimándolo como si fuera un caniche. Las amigas de Silvia prepararon media docena de variedades de pizza sabrosísimas, mientras su hermano y su primo jugaban en la consola frente al televisor. La Pareja de la Noche resultó Sean y Miyén, que se sentaron lado a lado en la mesa, cerveza en mano, a escuchar Eminem y cabecear al ritmo de las canciones sin intercambiar una mirada ni una palabra.

Cuando llegó el momento de sentarse a cenar, Jim ocupó una de las cabeceras y alzó su vaso, esperando que los demás lo imitaran.

—¿Por qué vamos a brindar? —preguntó Claudia.

En vez de responder, Jim se volvió hacia Silvia sonriendo.

—Malditas cursilerías —gruñó Sean desde la otra cabecera, obligando a la bota de Jo a realizar un aterrizaje de emergencia en su pie—. ¡Ouch!

Pero los otros lo habían escuchado.

—En realidad… —terció Leandro.

Paola pidió traducción e inmediatamente alzó su vaso en dirección a Sean. Los demás la imitaron sin vacilar.

—Por las malditas cursilerías —dijo Miyén con acento solemne.

—Por las malditas cursilerías —repitieron todos, Jim y Silvia incluidos.

—¿Podemos comer ya? —preguntó Tobías, haciéndolos reír.

Silvia le había advertido a Jim que aquellas reuniones solían prolongarse hasta el amanecer. Sin embargo, la llegada del novio de Paola a buscarla pareció una señal para los demás. Paola se ofreció a llevar a Sean y Jo a su hotel, porque Miyén, Leandro y Tobías se iban juntos al bar a comenzar el fin de semana como correspondía. Karim y Claudia vivían a pocas calles y se demoraron ayudando a Silvia a limpiar la cocina, aunque no tardaron en despedirse e irse, a pie y escoltadas por la bestia negra.




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