Sin Retorno

123. Un Lugar Virgen

La lancha flotaba en las aguas mansas de la amplia bahía, rodeada por los densos bosques que trepaban por las montañas en ambas márgenes del lago. Jim se procuró dos cervezas de la hielera y regresó sin prisa a la popa, donde Sean se sentara decidido a no soltar la maldita caña hasta que atrapara una maldita trucha.

El guía no había tardado en darse cuenta que a los gringos les interesaba la pesca tanto como a él la física cuántica. Había preparado sus cañas, les había enseñado lo básico y los había dejado a su aire a popa. Él permaneció a proa, intentando decidir cuál sería la mosca perfecta para aquella tarde increíble.

Sean agradeció la cerveza con un gruñido. Jim se dejó caer en la silla de camping a su lado, con clara intenciones de echarse una siesta de una vez por todas. Sean no recordaba haberlo visto jamás tan tranquilo y satisfecho como durante esa última semana, y no lo engañaba.

—Vendrá —dijo Jim, los brazos cruzados y el mentón apoyado en el pecho.

La única respuesta que obtuvo fue otro gruñido, toda una declaración de escepticismo de parte de su hermano.

—Confía en mí. Vinimos tres, nos iremos cuatro.

—Deberías llamar a Deb. Ella puede ayudar con los trámites migratorios.

—Buena idea. —Jim sacó su teléfono y lo volvió a guardar resoplando—. Sin señal. Vaya sorpresa, si estamos en el culo del jodido mundo.

—Cállate que me espantas la pesca.

Jim volvió a inclinar la cabeza. Permaneció inmóvil y silencioso casi tres minutos. De pronto se incorporó de un salto para mirar a su alrededor con los brazos en jarras.

Sean sonrió viéndolo asimilar las montañas, los bosques, la serenidad de aquel lugar virgen, el agua límpida, el cielo brillante y sin nubes, los aromas agrestes en aquel aire puro.

—¡MUÉSTRAME LO QUE TIENES! —gritó Jim a todo pulmón, los brazos abiertos.

El susto hizo que el guía cayera sentado. Una bandada de pájaros levantó vuelo en la orilla más cercana. Una trucha saltó a centímetros de la mosca de Sean, ignorándola.

Jim dejó caer los brazos y volvió a su asiento, bajándose la gorra hasta cubrirse los ojos.

—Mierda que extraño LA —masculló.




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