Sin Retorno

132. La Llegada

La acera estaba iluminada como si fuera pleno día, atestada de gente, fotógrafos y matones a cargo de la seguridad. La línea de gente que aguardaba para entrar a la disco daba vuelta la esquina. La disco tenía un estacionamiento a un costado, frente a una entrada secundaria, pero nadie quería usarlos y pasar desapercibido, de modo que media docena de muchachos aguardaban junto a la calle, para llevarse y aparcar los vehículos de los famosos que no tenían chofer.

Jim frenó detrás de un Mercedes en la línea a la entrada. Silvia notó que los matones no dejaban entrar a la gente que esperaba en la acera. De momento sólo las celebridades eran admitidas en la disco, en un desfile improvisado para deleite del público y de los paparazzi.

—Espera a que te abra la puerta —oyó que le decía Jim—. Y luego son sólo cinco pasos hasta la entrada.

Silvia asintió viendo cómo se alborotaba la gente al ver al rapero que bajaba del Mercedes. El músico se floreó sin prisa bajo los potentes reflectores, blanco de todas las cámaras y teléfonos.

Hallarse en esa situación resultaba tan surrealista que le costaba sentirse nerviosa y cohibida como había esperado. Era como mirar una película, algo que no tenía nada que ver con ella. Y la sensación de irrealidad sólo se profundizó cuando Jim condujo para ocupar el lugar del Mercedes, le palmeó la rodilla y se apeó.

Lo vio rodear el auto con su sonrisa deslumbrante y su paso seguro, cruzándose con el valet que se apresuraba a reemplazarlo tras el volante. La gente enloqueció al verlo. Jim se detuvo a dos pasos de la puerta de Silvia y saludó con un gesto, permitiendo que la multitud de cámaras capturaran su llegada. Un matón se adelantó, ocultándolo.

Silvia no se detuvo a pensarlo. Debía bajar del auto y lo hizo. El matón oyó el leve sonido de la puerta a pesar del griterío, y la abrió para ella. Silvia aceptó la mano que le tendía para ayudarla a apearse. Lo bueno de estar con Jim era que nadie tenía ojos para nada más que él, aunque se esmeró por bajar del auto con un poco de estilo. No como una reina de belleza, pero al menos sin tropezarse con sus propios pies.

Había olvidado el sombrero en su asiento, y Jim la vio contemplar el gentío como asimilando su presencia y su bullicio. Luego se volvió hacia el matón y le agradeció con una breve sonrisa. Jim ya estaba frente a ella, y la sonrisa de Silvia se acentuó al enfrentarlo.

—¿Vamos? —dijo él en voz baja, luchando para que su propia sonrisa no le tocara las orejas. Disfrutaba verla desenvolverse con tanta naturalidad, sin una pizca de afectación ni vacilación.

Le tomó una mano y giró para volver a enfrentar a la multitud. Tuvo un fugaz sobresalto cuando los dedos de Silvia se escurrieron entre los suyos. Fue sólo un instante. Ella tomó su otra mano para dejarlo del lado de la gente, y lo siguió hacia la entrada con la vista al frente y una sonrisa casual.

—¿Puedo echarte uno aquí mismo? Estuviste fantástica —susurró Jim en su oído tan pronto cruzaron las puertas.

Silvia le palmeó el brazo riendo por lo bajo y cabeceó para señalar a alguien tras él.

Jim se volvió y halló a uno de los propietarios de la disco, que lo esperaba para darle la bienvenida y agradecerle su presencia. Hasta tuvo modales para acordarse de dirigirle un gesto de saludo a Silvia.

Otro hombre los guió escaleras arriba. El área VIP ocupaba todo el segundo piso, un ancho balcón que se abría a la pista de baile general en la planta baja, con barandillas bajas para que la gente común abajo pudiera tener atisbos de las celebridades que departían allí arriba.

El resto de No Return ya estaba allí, acomodados en una rotonda de sillones junto a la barandilla, y Silvia suspiró aliviada al ver que Jo en verdad iba vestida con jeans y top, tal como le anticipara.

Jim las dejó sentarse juntas y ordenó champagne, ignorando la mirada interrogante de Sean ante su sonrisita ufana. A su lado, Silvia le hablaba entusiasmada a Jo sobre la sesión de fotos en el desierto. Una vez que tuvo de beber, Jim hizo una búsqueda rápida en Twitter y le tendió el teléfono a su hermano en silencio.

Sean vio las fotografías de la llegada de Jim y Silvia sólo unos minutos antes. Al parecer su hermano se había mostrado con ella abiertamente, y por algún motivo estaba que se moría de gusto. Como si no le preocupara que todo el mundo se preguntaba qué le había ocurrido al famoso mujeriego, que tradicionalmente sólo miraba a las chicas más caras y atractivas, y de pronto aparecía con esa mujer tan ordinaria.

Era una tradición que el propio Jim había establecido. Le gustaba llegar invariablemente solo, y dejaba que las chicas compitieran por ser la afortunada que se iba con él, a la vista de todos los mirones y paparazzi.

Sean se preguntó cómo se manejaría su hermano esa noche, viendo que las habituales chicas de moda comenzaban a descubrirlo allí y a cuchichear entre ellas. No creía que las Barbies le permitirían ignorarlas toda la noche. Y entonces las cosas se pondrían interesantes.




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