Sin Retorno

134. Un Día Más

Temiendo que el ama de llaves la metiera en una bolsa de basura y la sacara a la acera, Silvia se refugió en el deck para mantenerse fuera de su camino. Era su quinto día en Los Ángeles, y la primera vez que insistía en quedarse en la casa mientras Jim “iba a trabajar”, como él decía.

Tan cerca del lanzamiento del cuarto sencillo de su último álbum, luego de tantos meses lejos de las luminarias, Deborah no les daba tregua, y Silvia sabía que Jim quería que lo acompañara tanto como pudiera. Había ido con él a verlo grabar dos programas de televisión, una entrevista radial con un breve set acústico, tres reportajes con medios gráficos y online. Salían a cenar todas las noches, en general con Sean y Jo, y Tom y Liam se les unían eventualmente. Luego iban por un trago a un bar o una disco, aunque nunca volvieron a quedarse hasta tan tarde como la noche de la inauguración.

Por momentos el ritmo resultaba agotador, y a Jim lo sorprendía que Silvia ni siquiera suspirara cada vez que Deborah agregaba una actividad a su agenta. De modo que no protestó cuando Silvia dijo que prefería no acompañarlo a la reunión con su fanclub.

Los chismes y el revuelo no cedían. A Silvia le costaba creer que hubiera tanta gente sin nada mejor que hacer que criticarla y especular sobre la misteriosa mujer que acompañaba a Jim Robinson cada vez que el cantante aparecía en público, lo cual últimamente era con mucha frecuencia.

A Silvia nunca le había interesado el mercado de los chismes, pero sabía que Jim le prestaba atención, y saberse el motivo de atención negativa hacia él la hacía sentir mal. Sin embargo, él recreaba su sarcasmo en los rumores sobre ellos, sobre todo cuando empezaron a aparecer historias inventadas para explicar su vínculo con ella.

—Oye ésta, es mejor que la de que tú pagaste mis deudas de juego y yo te devuelvo el préstamo en especias —decía riendo, teléfono en mano—. Resulta que nos conocemos desde antes que yo formara la banda. Algunos aseguran que nos conocimos en la escuela.

—¿Soy la amiga del campo que vino a visitarte?

—No te hagas ilusiones. Tú eres siempre la villana.

—¿Y qué villanía cometo en esta historia?

—Estás extorsionándome.

—¿Con qué? ¿Con que tenías amigos en la escuela?

—Tal parece que en esa época te dejé embarazada, y tuviste un hijo que quiero mantener en secreto a cualquier precio. Pero has decidido que la millonaria cuota alimenticia que te doy ya no es suficiente, y ahora debo ayudarte a conectarte con la industria discográfica. O tal vez la cinematográfica, no terminan de ponerse de acuerdo.

—Me perdí.

—Estás amenazándome con revelar al mundo el hijo del que he renegado a menos que te ayude a obtener el trabajo glamoroso que pretendes.

—Mierda. Sería un excelente argumento para un best-seller de suspenso.

—¡Ya lo creo! ¿Por qué no lo escribes? Oh, mira esta foto. Estás hermosa.

 Jim le tendió su teléfono y Silvia vio una más de las millones de fotografías de ellos dos besándose en la disco. Tal parecía que ese beso había llevado al borde del suicidio en masa a aquella comunidad tan puritana y temerosa de dios, que no cesaba de rezar, rogando el perdón divino por haber presenciado semejante exhibición de lujuria en un lugar tan sagrado.

—La próxima vez que Steve venga a LA, tú y yo haremos una sesión privada con él.

—Sí, seguro.

Esa tarde, Silvia dejó sus cosas a la sombra en una mesa junto a la piscina. Las mesas del deck no tenían parasoles tradicionales, sino finos toldos cuadrados de lienzo claro, que bloqueaban los rayos del sol pero no la luz. Se quitó el liviano vestido que llevaba y se zambulló en la piscina. Los lujos y la riqueza de Jim aún la hacían sentir un poco incómoda, pero no iba a permitir que la intimidaran al extremo de un golpe de calor.

Se demoró nadando más de media hora antes de ir a sentarse a la mesa, disfrutando la frescura de su piel húmeda. Se secó las manos para encender un cigarrillo y tomar su tablet. Después de tantos meses, Jim finalmente le había dado las notas y comentarios que reuniera sobre su última historia, y planeaba revisarlos desde aquel mirador increíble.

Su vista se demoró en el horizonte oceánico. Era consciente de que estaba viviendo otra temporada robada al tiempo, pero no podía negar que el saldo era inesperadamente positivo.

Durante los días que Jim pasara en Bariloche, ella había aprendido a leer los sutiles indicios que le señalaban que Jim se esforzaba por mostrarse satisfecho, a pesar de que detestaba aquella rutina chata y ordinaria, y deploraba la falta de exposición pública. Sus esfuerzos habían ganado valor y profundidad para ella ahora que tenía oportunidad de conocer su estilo de vida.

A pesar de todo, no había detectado ninguno de esos signos en él desde que llegaran a Los Ángeles. Jim se mostraba entusiasmado por tenerla allí, y la invitaba a acompañarlo dondequiera que fuera, para compartir tanto tiempo y tantas actividades como pudieran. Y como al fin y al cabo era él, en ningún momento dejaba de preocuparse por hacerla sentir bien, contenida, comprendida. Tal como hacía desde que se conocieran.




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