Sin Retorno

143. El Pararrayos Correcto

Pasaron la tarde arreglando la canción que Jim acababa de componer. Fueron horas incómodas para Tom, Liam y Walt, aunque no era la primera vez que quedaban atrapados en el fuego cruzado del malhumor de uno de los Robinson y la indiferencia burlona del otro. No ocultaron su alivio cuando sonó una alarma en el teléfono de Sean, que dejó de tocar y soltó los palillos.

—¿Qué mierda haces? —le espetó Jim—. Estamos en medio de la jodida canción.

Sean se levantó sin inmutarse. —Tienes que pasar a recogerme antes de las siete —replicó volviendo a apagarle el amplificador—. Mueve el culo.

—Oh, es cierto —intervino Tom guardando su bajo—. Deb los anotó para la gala de beneficencia, ¿verdad?

Jim apenas se detuvo a dejar su guitarra en el pie antes de obsequiarles otra salida melodramática, bufando y maldiciendo. Los otros tres se volvieron interrogantes hacia Sean, que se encogió de hombros.

—Silvia se va mañana —dijo, y siguió a su hermano escaleras abajo, en caso de que Jo ya estuviera allí y a Jim se le ocurriera tener una de sus rabietas delante de ella.

Pero Jim había salido al deck, y bebía cerveza apoyado en la barandilla, tan alejado de la casa como le era posible. Jo y Silvia entraban desde la calle con sus bolsas. Sean se asomó al deck.

—Deja ya de beber, que esta noche conduces tú. Lo que menos precisamos es que te arresten.

—Vete al infierno —masculló Jim sin volverse, pero estrujó la lata de cerveza a la vista de su hermano.

—No llegues tarde.

Jim soltó la lata estrujada para mostrarle el dedo mayor. Oyó que su hermano volvía a entrar y permaneció donde estaba, hasta que el silencio tras él le indicó que se habían marchado todos. Bien, no todos.

Tal vez debería decirle a Silvia que no lo acompañara esa noche. No estaba de humor para pasar con ella una velada tan larga, en una situación en la que ella no se atrevería a interactuar con nadie más que con él. Y con un millón de ojos y cámaras acechándolos, a la espera de cualquier signo que delatara que las cosas entre ellos no funcionaban, o que era todo una farsa.

Cruzó la sala sin prisa. ¿Y funcionaban en realidad? ¿Tenían el menor viso de realidad? Silvia se iba al día siguiente y se negaba a hablar de algo tan básico como si alguna vez volverían a verse.

La casa estaba desierta, limpia, silenciosa. Como correspondía. Como estaría el viernes por la noche, cuando regresara de llevar a Silvia al aeropuerto. Al fin.

Pero ella aún seguía allí, y el silencio en la planta baja significaba que la encontraría arriba, cambiándose. Por suerte no le gustaba usar el vestidor. Podría cambiarse allí mientras ella se vestía en el dormitorio, y fingir por un rato que estaba solo como ansiaba.

Silvia acababa de salir de la ducha, envuelta en una toalla, con otra en torno a la cabeza. Su expresión se iluminó con una gran sonrisa al verlo entrar.

—No te entusiasmes demasiado —le dijo con frialdad de camino al vestidor—. Será condenadamente aburrido.

Lo sorprendió oír sus pasos tras él.

—¿Entonces puedo estar entusiasmada porque encontré un empleo aquí en Los Ángeles, que me permitirá regresar después de Año Nuevo y quedarme tres meses?

Jim se detuvo bruscamente y giró para enfrentarla ceñudo.

—¿De qué mierda hablas?

La dureza de su acento no amilanó a Silvia. —Fay, la asistente de Jo, se quebró una pierna. No podrá caminar por un par de meses, pero Jo no puede demorar la filmación hasta que Fay se recupere, y me ofreció reemplazarla hasta fines de abril.

Jim la miró de arriba abajo, sus ojos más fríos aun que su voz.

—Felicitaciones —gruñó, y continuó hacia la cajonera al otro lado del vestidor.

Le tomó esos cinco pasos comprender. Entonces tuvo que morderse la lengua para no soltar una carcajada. ¡Qué mujer! Orgullosa hasta el final, seguía negándose a que él la mantuviera, de modo que se las había ingeniado para hallar una alternativa sin su ayuda. Algo que les permitiera estar juntos de una manera más normal y cotidiana, que les diera espacio para que cada uno hiciera su vida y pasar tiempo juntos, para descubrir si querían tener algo más serio.

Procesaba todo eso, parado como un idiota frente a la estantería junto a la cajonera, cuando los brazos de Silvia se deslizaron bajo los suyos desde atrás y rodearon su pecho. La sintió apretar la mejilla contra su espalda, dejando caer la toalla que envolvía su cabello mojado.

—¿Seguirás queriéndome si vivo a sólo una hora de aquí y no precisas una llamada de larga distancia para hablar conmigo?

Jim no se molestó por seguir conteniendo la risa. Jamás hubiera creído que sentirse un tonto acabado pudiera resultar tan gracioso. Giró entre los brazos de Silvia y le sujetó la cara riendo. Sólo entonces descubrió el temor que ensombrecía sus profundos ojos azules.

—¡Mierda, mujer! ¿No podías contarme lo que planeabas?




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