Sin Retorno

151. Hermanita

A pesar de que hacía seis meses que no veía a Mika, a Silvia le bastó una mirada para adivinar que su hermana menor había estado guardándose más de una mala noticia.

Durante la cena, Rob y Juan expusieron sus planes para ese sábado por la noche, pero Silvia se disculpó con la excusa inapelable de estar cansada del viaje.

—¿Me ayudás a levantar la mesa? —le preguntó a su hermana cuando terminaron de comer.

Sus amigos entendieron y salieron sin insistir, dejándolas solas.

—Creí que venías con Lorena —comentó Silvia mientras llevaban todo a la cocina.

Mika vaciló, la miró de soslayo, se encogió de hombros.

—Nos peleamos.

—Ah, mirá, no sabía.

—Fue el jueves. No te escribí para contarte porque era tu último día con Jim, y ya sabía que nos veíamos hoy acá.

Silvia le pidió que prepara mate mientras ella lavaba los platos. Mika obedeció sin protestar. Conociendo a su hermana mayor, optó por ahorrarse el interrogatorio a cambio de una confesión voluntaria. Hacía dos meses que las cosas con Lorena no estaban bien, y la pelea definitiva había tenido lugar el jueves, cuando Mika se había enterado que cerraba la librería donde trabajaba, y ella quedaría sin empleo. Como no estaría en condiciones de pagar la renta, se había ido del departamento que compartía con Lorena.

Silvia la escuchó sin interrumpirla, la vista baja en los platos que estaba lavando. Se tragó temores y sermones, resumiendo la situación con un acento tan casual como le fue posible.

—Así que estás sin laburo y te separaste de tu novia. ¿Cómo va la universidad?

Mika meneó la cabeza suspirando. —Para atrás. El trabajo en la librería era tiempo completo, así que estaba cursando dos materias por cuatrimestre, en vez de cuatro. A este ritmo, completar la tecnicatura para trabajar dando clases me va a llevar cinco años.

Silvia aceptó el mate que su hermana le tendía y lo tomó en silencio, sin alzar la vista. La oyó revolverse incómoda pero no se apresuró. Hablar con Mika era siempre como jugar Jenga.

—Vuelvo a Los Ángeles en enero —dijo al fin, devolviéndole el mate.

—Obvio, con ese anillo.

Silvia sonrió de costado. —Si supieras cómo me lo dio. Pero no me voy a casar con Jim ni nada, ni siquiera vamos a vivir juntos. Vuelvo por tres meses, a trabajar y ver cómo siguen las cosas con él.

—¿Tres meses nada más?

—Puedo quedarme cuanto quiera, pero ése es el plan original.

—Callate, no volvés más.

—No sé, Mika. A Tobías no le gusta vivir solo, y no me animo a dejarlo bajo la supervisión de Leandro más de tres meses. Esos dos juntos son para cagadas.

—Van a pasar todas las noches en vela —asintió Mika sonriendo—. Jugando en la Play o haciéndose los hackers.

—Leandro se puede dar el lujo porque ahora trabaja freelance y maneja sus propios horarios. Pero Tobías va a empezar a faltar a la universidad y al laburo hasta que lo echen y pierda el año. —Silvia fregó con brío una fuente—. Así que no me puedo quedar más en Los Ángeles.

—¡Dejate de joder, Sil! Tobías cumplió veinte y yo ya tengo veinticinco. ¡Ya estamos grandes para que nos hagas de mamá!

Silvia enjuagó la fuente y aceptó otro mate, enfrentando a su hermana con expresión grave.

—¿Acaso pretendés que me vaya a vivir a veinte mil kilómetros y me olvide de ustedes?

—Es hora de que dejes de andarnos atrás y hagas tu vida.

—Pensás que dejaría solo a Tobías para que se cague la vida, y que te voy a dejar a vos sola en esta ciudad de mierda, sin trabajo y durmiendo en un sillón en casa de una amiga.

—¡Siempre tan melodramática!

—¿Perdón? ¿Entendí mal lo que me contaste? —Silvia esperó que Mika meneara la cabeza resoplando irritada y se dedicó a lavar los vasos—. Entonces eso sería lo que dejo atrás.

—¿Y qué? ¡No podés volverte en tres meses! ¡Jim no va a seguir esperándote toda la vida!

—¿Y qué alternativa me dejan? Siempre me decís que ya son grandes, que deje de cuidarlos como si fueran nenes, pero ninguno de los dos se comporta como un adulto. Así que tengo que seguir tratándolos como si todavía estuvieran en la primaria.

Mika evitó enfrentarla con la excusa de llenar el mate. Silvia enjuagó el último vaso y cerró el agua en silencio, sabiendo que su hermana estaba por explotar en tres, dos…

—¿Y qué querés que haga? —la increpó Mika—. ¡Dale, decilo!

—¿Qué tal si me ayudás, para variar? —replicó Silvia con suavidad.

Mika frunció el ceño desconfiada. —¿A qué te referís? ¿Cómo podría ayudarte con Jim?

—Volviendo a Bariloche. —Silvia se secó las manos y encendió un cigarrillo con calma—. Te puedo ayudar a conseguir trabajo, y el año que viene podés anotarte en el Comahue o en la Universidad de Río Negro para seguir estudiando. Ya no tendrías que pagar alquiler, y tu hermano tendría la poca compañía que necesita para no descarrillarse. Así yo podría irme tranquila, sabiendo que ustedes están bien.




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