Sin Retorno

153. Alerta de Tormentas

Silvia huyó antes que sus hermanos y sus amigos pudieran darse cuenta y retenerla. En un momento estaban todos juntos, brindando por enésima vez, y al siguiente, ella los abrazaba emocionada hasta las lágrimas, repitiendo cuánto los quería. Antes que pudieran darse cuenta, había desaparecido.

Recorrió la callecita del bar con la vista alzada hacia el cielo, admirando los colores cambiantes que anunciaban el cercano amanecer. Sus pies no la consultaron antes de encaminarse hacia la playa del centro, bajar las escaleras de piedra y llevarla hasta la orilla misma del lago.

Allí se sentó y encendió un cigarrillo, de cara al este. Era el último amanecer de su vida tal como la conocía. El último amanecer con su lago y sus montañas. Como tantas otras veces, hubiera querido ser capaz de capturar cada detalle de lo que la rodeaba hasta donde alcanzaba su vista, grabarlo a fuego en su memoria y conservar el recuerdo así, perfecto, intacto, imborrable.

Vio asomar el sol tras las montañas distantes en la estepa. Sabía que no podría evitar llorar y estaba bien. Nadie debería dejar cuanto ama y conoce sin experimentar al menos un poco de tristeza.

Jim se disponía a ordenar otro bourbon cuando sintió vibrar su teléfono. Encontrar el mensaje de Silvia le dio mala espina. Para ella ya eran las seis de la mañana, su fiesta de despedida ya debía haber terminado, y ella tenía que presentarse en el aeropuerto en sólo un par de horas. Abrió el mensaje y halló una foto de un amanecer espectacular sobre el lago.

Nada más, ni una palabra. Aún miraba la foto cuando recibió otro mensaje de Silvia, esta vez el enlace a un video en YouTube.

—¿Qué ocurre, Jimbo? —preguntó Sean al verlo incorporarse.

—Nada, estoy cansado. Diviértanse.

Su hermano no tuvo ocasión de preguntar nada más, y lo vio alejarse hacia la salida con una mueca aprensiva.

Apenas le trajeron su auto, Jim tomó el camino más corto a Santa Mónica, un mal presentimiento aguijoneándolo. Aprovechó un semáforo en rojo para reproducir la canción, pero estaba en español.

—¡Mierda! —masculló, la luz verde obligándolo a regresar su atención a la calle. Hasta entonces, Silvia sólo había usado su idioma natal cuando quería poner distancia con él.

No se molestó en entrar el auto, lo dejó estacionado en la calle y se apresuró hacia la puerta de calle, el teléfono contra su oído. Silvia atendió de inmediato.

—Dime que me amas.

Su susurro tembloroso le indicó que estaba llorando. No perdió tiempo en saludarla.

—Claro que te amo, mujer.

Jim entró a su casa y se halló prisionero de un odioso déjà-vu. Ahí estaba, solo en la casa sombría y silenciosa, mientras una mujer que le importaba salía de su vida para siempre. Una escena que Carla estrenara siete años atrás, y que viera repetirse hasta la náusea desde entonces. Algo en su interior se rebeló. Esta vez no era una mujer que le importaba, sino la mujer que amaba. Era otra película, y no permitiría escenas repetidas que la arruinaran.

—¿Jim?

—Aquí estoy, mujer —respondió, trepando las escaleras de a dos escalones, calculando horas y distancias para saber cuán rápido podía llegar a la Patagonia.

—Sabes que te amo, ¿verdad?

Jim se tragó una maldición mientras cruzaba su dormitorio hacia el vestidor. En el fondo siempre había sabido que esto podía ocurrir, y que tal vez tendría que ir por ella para volver a tenerla a su lado. Nunca le habría pedido que lo dejara todo por él si no hubiera estado dispuesto a apagar un par de incendios en el trámite.

—Sí, amor, lo sé —respondió tratando de sonar normal. Manoteó el primer bolso que halló—. Esa foto que me enviaste es magnífica.

—¿No es un amanecer maravilloso?

—Ya lo creo. —No precisaba empacar mucho, una muda de ropa bastaría—. La tomaste desde la playa del centro, ¿verdad?

—Sí. —Silvia dejó escapar un suspiro entrecortado—. Es tan hermoso, Jay.

—Ni que lo digas.

—¿Te conté alguna vez que siempre creí que pasaría toda mi vida aquí?

¿Dónde estaba la campera islandesa? —No, nunca lo mencionaste. —Allí estaba. La arrancó del perchero y la arrojó sobre el bolso.

—Pues sí, siempre pensé que moriría aquí.

La voz de Silvia se quebró. Mierda.

—¿Aún estás en la playa? —Pasaporte. Ah, sí, en la caja fuerte.

—Sí, me cuesta irme. Ojalá pudieras verlo, Jay. El sol parece una moneda de cobre sobre la estepa y su luz dorada se derrama sobre el lago. Ya toca las cumbres, que asoman brillantes de la bruma y las sombras que todavía envuelven las laderas inferiores. Es todo tan…




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