Aquel de cabellos ondulados se había aproximado al hogar del Autor, tocando suavemente la puerta una y otra vez. El motivo de su visita no era otro: disfrutaba la compañía del encapuchado. Intentaba esperar con paciencia allí afuera, aunque miraba su reloj con cierta intranquilidad al notar la demora.
Volvió a tocar…
Nada.
— ¿Autor?- llamó con cuidado, pero la voz se le cortó al notar algo de sangre filtrándose por debajo de la puerta. Entró de golpe y se quedó helado al ver cómo este destrozaba el cuerpo de quien tanto lo hirió.
— Vete, por favor...- imploró al notar su presencia.
— No, no me iré.- su tono fue tajante, acercándose de a pocos para tratar de calmarle.
— ¿Por qué? ¡Mírame! Soy una bestia que no puede siquiera volver a su forma original, si es que alguna vez lo tuve.
— No me importa. Así como decido venir y volver a verte, decido también quedarme.
—...aún no lo entiendo
Silencio.
— Parece que, me he enamorado de ti, Autor.
El cuerpo inerte cayó al suelo de golpe. Él se quedó paralizado tras dicha confesión mientras observaba el carmesí que goteaba de sus propias garras. El mundo se le descolocó en un segundo: no entendía absolutamente nada. ¿Cómo? ¿En qué momento?
—Mentira, no te creo.- sentenció. Sus ojos imploraban piedad, rogando que tal confesión fuera mentira.- Imposible. No, no y no... No voy a permitir que me vuelvan a hacer daño, Alejandro.- retrocedió ante la cautelosa cercanía del otro hasta chocar contra la pared, donde cerró los ojos, acorralado.
— Tampoco pienso hacerlo, créeme- estiró entonces su mano, despacio, para acariciarle el rostro con ternura,– me contaste por partes por lo que has pasado y entiendo perfectamente tu sentir y accionar, aunque esto último debe de parar.
Abrumado por el gesto, Autor reaccionó de golpe. Le dio un manotazo lateral para apartarle la mano, pero calculó mal la distancia: la punta de una de sus garras le cruzó el rostro de lado a lado, rozando el puente de la nariz. Haciendo que un fino hilo de sangre brotara al instante.
— Perdón, yo no quería…- dijo con voz temblorosa apenas notó lo que había provocado.
Y antes de que Alejandro emita palabra alguna, restándole importancia a su herida, el Autor huyó porque se odió.
En verdad no quería lastimarlo.