Sostuvo sus mejillas con delicadeza, como si temiera romperlo, justo como esos otros idiotas ya lo habían hecho. Esta vez no dejaría que se fuera, no como aquella noche en que se le escapó.
— Yo en verdad… siento cosas por ti, créeme.- dijo observándole con desespero porque ya no sabía qué más hacer.
— Tengo miedo, no te mentiré.- respondió, posando también sus manos sobre las de este.- ¿Cómo podría?
Y antes de seguir hablando, el Autor se percató de la cicatriz producto de la herida que le había provocado. Desviando entonces la mirada, apartó sus manos.
La culpa lo estaba jodiendo.
O más bien, su mente…