Sinfonia de un Encuentro

Capítulo 1: El ECO DE LA PRIMERA NOTA

No creo en el destino.

O al menos eso repetía cada vez que alguien intentaba romantizar el caos de la vida. El destino era una excusa elegante para justificar decisiones impulsivas, errores inevitables o coincidencias incómodas. Yo no funcionaba así. Mi vida estaba diseñada como uno de mis proyectos: líneas limpias, espacios calculados, cada elemento en su lugar.

Hasta esa noche.

La gala benéfica del Museo de Arte Contemporáneo de Boston no era más que otro evento al que debía asistir por compromiso profesional. Networking, sonrisas estudiadas, conversaciones vacías disfrazadas de interés genuino. Sabía exactamente qué decir, cuándo reír y cómo moverme sin perder el control.

Siempre tenía el control.

Recuerdo haber ajustado el vestido verde esmeralda frente al espejo antes de salir de casa, repasando mentalmente los nombres importantes que debía recordar. Inversionistas. Clientes potenciales. Personas que podían impulsar mi carrera un paso más allá.

Nada más importaba.

El Museo de Bellas Artes de Boston siempre me ha parecido el lugar perfecto para esconderse a plena vista. Los techos altos y las obras de arte milenarias tienen una forma de hacer que tus propios problemas parezcan insignificantes. Sin embargo, esa noche, mi problema tenía nombre y apellido: Relaciones Públicas.

Llevábamos un mes entero volcados en el montaje de la gran exposición. Elena, nuestra directora de Relaciones Públicas, había insistido en que aceptáramos el proyecto; Para ella, era la vitrina perfecta para posicionar nuestra firma y asegurar una nueva cartera de clientes.

Ajusté los hombros de mi vestido de seda verde esmeralda, ese que Elena me obligó a comprar diciendo que resaltaba mis ojos, aunque yo sentía que solo resaltaba mis nervios. A mis 26 años, he aprendido que el éxito en el diseño de interiores no solo depende de saber combinar texturas, sino de saber sonreír a las personas adecuadas mientras tus pies suplican que te quites los tacones.

Soy una fiel creyente de que la elegancia es una herramienta de negociación; en mi mundo, te tratan según la imagen que proyectas. Trabajo para las familias más influyentes del estado, personas que huelen la inseguridad a kilómetros, por lo que mi presencia debe ser impecable. Desde que Elena —mi socia y mejor amiga— y yo fundamos A&E Company, el camino ha sido un campo de batalla de egos y presupuestos millonarios. Mirando atrás, hacia los inicios de la compañía, recuerdo las noches en vela con Elena, descifrando cómo levantar una agencia de publicidad y diseño desde cero. El trayecto ha estado lleno de puertas cerradas. No ha sido fácil, pero mi naturaleza es obstinada. Para mí, un 'no' es solo una sugerencia que aún no he aceptado, y cada obstáculo ha sido simplemente un peldaño más en la escalera que estamos construyendo.

—Amanda, deja de analizar la moldura del techo y fíjate en el arquitecto de la izquierda. Ha estado devorando tu tarjeta de presentación con la mirada —me susurró Elena al oído, extendiéndome una copa de champán.

—Solo estoy pensando en que mañana tengo que estar en la calle Beacon a las siete de la mañana para recibir unos mármoles —respondí, aunque era mentira. Lo que realmente sentía era un vacío extraño, esa sensación de que mi vida era un plano perfectamente diseñado, pero sin habitantes.

Entonces, el aire de la sala cambió.

Un sonido limpio, casi líquido, cortó el murmullo de las risas fingidas y el chocar de los cubiertos. Me giré hacia el centro del salón. Un hombre joven se había sentado frente al Steinway de cola. No vestía el típico esmoquin rígido; llevaba un traje oscuro impecable, pero sin corbata, con el primer botón de la camisa abierto y el cabello castaño con ese desorden deliberado que solo los artistas o los muy guapos pueden permitirse.

Sentado frente al piano, ligeramente inclinado hacia adelante, como si el instrumento fuera una extensión de su propio cuerpo. Sus manos se movían con una precisión casi irreal, pero no era técnica lo que llamaba la atención… era la intensidad.

Su figura y elegancia iluminaban el salón. Era alto, de piel clara, cabello castaño oscuro que hacían que resaltara sus hermosos ojos azules oscuros y su elegante nariz perfilada.

Cuando sus dedos tocaron las teclas, sentí un golpe en el pecho. No era música de fondo para cenar; era algo visceral. Me quedé inmóvil, con la copa a medio camino de los labios. Dejé de escuchar a Elena, dejé de pensar en los mármoles y en las facturas.

Él levantó la vista. Sus ojos eran azules oscuros, intensos y, para mi sorpresa, no estaban recorriendo el público. Estaban fijos en mí. Sostuvo mi mirada con una confianza que me resultó casi insultante mientras sus manos volaban en un crescendo que me hizo apretar el tallo de la copa. Me sentí desnuda, como si cada nota que tocaba fuera un dedo recorriendo mi espalda.

Cuando terminó, el estallido de aplausos me devolvió a la realidad. El apuesto hombre se levantó con calma, como si nada hubiera pasado, como si no acabara de alterar el equilibrio de alguien que ni siquiera conocía.

Eso también me molestó.

Caminó con pasos firmes hacia mi rincón.

—Esa pieza se llama "Reflejos en el agua" —dijo al llegar frente a mí. Su voz era una octava más profunda de lo que esperaba—. Pero mientras la tocaba, solo podía pensar en el color de tu vestido. Y de tus ojos.




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