GRACIAS POR APOYAR MI HISTORIA...
El museo a primera hora de la mañana era un esqueleto expuesto. Sin las luces estratégicas de la noche anterior ni el murmullo de la élite de Boston, el espacio se sentía honesto, casi vulnerable. Me gustaba así: cuando las estructuras temporales muestran sus cables y el eco de mis pasos sobre el mármol no tiene que competir con la pretensión de la perfección.
—Ese panel no se desmonta así —sentencié, señalando con el lápiz al asistente que forcejeaba con una pieza de anclaje—. Libera la presión de la base primero o vas a fracturar el marco.
Asintió de inmediato, intimidado. Yo y mi control. Era un lenguaje que ambos entendíamos a la perfección. Caminé revisando cada detalle, anotando mentalmente los ajustes de logística. Había algo profundamente tranquilizador en volver a mi mundo, donde todo respondía a la lógica, el orden y la consecuencia.
—No pareces la misma persona de anoche.
Me detuve. No fue por sorpresa, sino por ese reconocimiento instintivo que mi cuerpo hacía de su voz. Giré lentamente.
Mark estaba a unos metros, flanqueado por el gerente del museo. Había cambiado el traje rígido por un pantalón gris de corte impecable y una camisa blanca con las mangas remangadas hasta los antebrazos. Se veía peligrosamente cómodo, como si tuviera la capacidad molecular de adaptarse a cualquier entorno sin esfuerzo.
—Depende de quién esté mirando —respondí, cruzándome de brazos.
El gerente se despidió con un gesto profesional, dejándonos a solas en medio del salón a medio desmontar.
—Vine a cerrar unos flecos administrativos —dijo Mark, acercándose con esa parsimonia suya—. Pero esto... —señaló el caos controlado del desmonte— es mucho más interesante.
—Es la parte real del trabajo. Lo de anoche solo fue la capa de barniz.
—Entonces, esta es la Amanda real —no fue una pregunta.
—Esta es la Amanda que gestiona y organiza —corregí. Sus ojos se detuvieron en mí un segundo más de lo que dictaba la cortesía.
—No parece que dejes mucho espacio para lo inesperado.
—El espacio mal calculado genera pérdidas, Mark.
—O oportunidades —añadió él, con una chispa de desafío.
Negué levemente con la cabeza. —Eso lo diría alguien que no tiene que responder por un presupuesto.
Saqué el celular para revisar unos correos mientras caminaba hacia la siguiente sección. Error táctico. En cuestión de segundos, la presión del metal desapareció de mi palma.
—¿Qué estás haciendo? —me giré, alerta.
Mark ya se había alejado un paso, observando la pantalla con una calma exasperante.
—Corrigiendo un error de sistema —respondió con voz juguetona.
—Devuélveme el teléfono, Mark. Ahora.
Marcó algo con rapidez y esperó a que el dispositivo vibrara en su propia mano. Luego, con una media sonrisa, me lo entregó.
—Listo. Ahora tengo tu número. Eliminé una barrera innecesaria; si te lo pedía, habrías dicho que no.
—Eso es una falta absoluta de límites —respondí, aunque mi molestia sonaba más a una defensa que a un ataque real.
—Es eficiencia. No suelo escribir sin motivo, Amanda.
—¿Y cuál sería ese motivo?
—Depende —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. ¿Te gusta el jazz?
—Depende del lugar.
—Bien. Te escribiré cuando valga la pena que vayas. No es una opción, es una invitación que aún no te permito rechazar.
Horas después, mientras revisaba los últimos detalles desde mi oficina, el celular vibró sobre el escritorio.
Número desconocido. Lo miré unos segundos.
Luego lo abrí.
Mensaje:
“viernes. 10:00 p.m.
Club pequeño. Nada de protocolos. Te mando un chofer. Envíame el location.
Un amigo toca saxofón. Yo a veces lo acompaño.
—Mark”
Leí el mensaje dos veces.
Simple. Directo. Sin presión aparente.
Apoyé el teléfono boca abajo sobre el escritorio intentando ignorarlo. Le envié mi dirección sin decir nada. Segui con mis cosas y olvide el tema, de seguro el va a olvidar eso.
A las nueve treinta de la noche del viernes estaba tirada en mi cama viendo algunos videos sin importancia, estaba un poco aburrida. Recibí un mensaje de Mark.
Mensaje:
“En veinte llegara un chofer a recogerte”
—Mark”
Me tire corriendo de la cama, tome una ducha rápida. Roca casual y maquillaje sencillo, no quería ser tan sofisticada para no llamar la atención.
A las diez de la noche, me encontré frente a un local discreto que desafiaba toda mi rutina. No fui por impulso. Fui porque Mark Buff había insertado una variable en mi algoritmo que no podía despejar. Umm también por curiosidad.
Al entrar, el aire olía a madera de caoba, bourbon y algo dulce, casi nostálgico. Las mesas eran pequeñas y el escenario apenas se elevaba unos centímetros del suelo. Todo lo que en otro contexto yo habría clasificado como "desorden", allí tenía una armonía orgánica que me descolocó.
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Editado: 16.04.2026