Había dos mejores amigas que eran inseparables. Ambas quedaron embarazadas al mismo tiempo. Una tuvo una hija, a quien llamaron Elsy; la otra tuvo un hijo, a quien llamaron Leo. Los dos nacieron el mismo día: el 18 de enero de 2008.
El padre de Elsy murió cuando ella tenía apenas diez años, y el padre de Leo lo abandonó cuando él acababa de nacer. Debido a la gran amistad entre sus madres, Elsy y Leo crecieron juntos. Pasaban todo el tiempo juntos y nunca se separaban. Sin embargo, ninguno de los dos tenía idea de lo que el destino les tenía preparado.
TRANSICIÓN
Todo comenzó cuando entramos a la secundaria (en México)
Era un día normal. Estábamos en el receso cuando un chico se acercó a mí y me entregó una carta de amor. Antes de que pudiera reaccionar, Leo apareció, me quitó la carta de las manos y le gritó al chico que me dejara en paz.
El chico se fue, claramente asustado. Después, Leo me tomó del brazo y me llevó a un salón vacío.
—¡Suéltame! ¿Qué te pasa? ¿Por qué hiciste eso? —le grité.
Entonces dijo algo que jamás esperé escuchar.
—Porque... ¡ME GUSTAS, ELSY! —dijo Leo.
En ese momento me quedé completamente paralizada. No sabía qué hacer ni qué decir. Después de unos segundos, solo pude responder:
—Lo siento... Yo solo te veo como a un amigo.
Leo se quedó inmóvil. Bajó la mirada, como si ya hubiera sabido desde el principio cuál sería mi respuesta.
Después de unos segundos de un incómodo silencio, hablé nuevamente.
—Bueno... creo que será mejor que me vaya.
Salí del salón y me reuní con mis amigas, dejando a Leo solo.
Al día siguiente, Leo no me dirigió la palabra en ningún momento. Ni siquiera me envió mensajes. Yo estaba confundida, hasta que recordé lo ocurrido el día anterior.
No podía creer que mi mejor amigo sintiera eso por mí.
La mejor amiga de mi madre seguía visitando nuestra casa de vez en cuando. Traía fruta, botanas y otras cosas para compartir, pero Leo ya no la acompañaba.
Así pasó el tiempo, hasta que llegó la Navidad.
Ese día, la madre de Leo llegó a nuestra casa y, esta vez, él venía con ella.
Leo evitaba mirarme. El ambiente era incómodo.
—Hola... Leo —dije.
Él levantó la mirada y respondió, aunque su voz sonó forzada.
—Hola, Elsy...
Nuestras madres notaron que algo estaba mal. Antes siempre nos mostrábamos felices de vernos, pero ahora apenas podíamos mirarnos a los ojos.
Después de un rato, Leo se acercó a mí.
—Oye, Elsy... por favor, volvamos a hablar.
No sabía cómo sentirme. No sabía si estaba feliz, confundida o ambas cosas al mismo tiempo.
—Sí... —respondí.
A partir de ese día, volver a hablar con él fue un poco incómodo. Sin embargo, poco a poco, comencé a acostumbrarme de nuevo a tenerlo cerca.