A Javier Alcides le asignaron la observación del primer espécimen que no había salido defectuoso: la mutación entre un pez y una mujer terrestre. La criatura no era un ser mitológico, era un pez con brazos y piernas, y con tejido de aleta y escamas. Su femineidad se reflejaba en sus senos y glúteos, y en el rostro que miraba con asombro como si descubriera un nuevo mundo.
Javier había sido el primero de cien en graduarse de la facultad de biología extraterrestre de la mejor universidad de la Vía Láctea, en una estación espacial orbitando la estrella más brillante de Capricornio, abarcando el estudio de noventa mil especies —entre planetas y lunas— para obtener su especialización de xenobiólogo.
La criatura nadaba en un contenedor del tamaño de un acuario, sin plantas ni peces con los que interactuar. Sentado frente al cristal con las piernas y los brazos cruzados, Javier miraba a la criatura que daba piruetas en el agua y reía con un sonido muy parecido al de una ballena beluga. Su cabello anaranjado se movía como si las corrientes del océano zarandearan aglomeraciones de algas. Omitiendo las extremidades de pez, era bellísima, incluso más que una humana.
«Es muy linda —pensaba Javier siempre que la observaba y tomaba apuntes en una tableta digital».
Luego de un mes de observación, Javier se aburrió de llamarla: «criatura», así que le puso un nombre, aunque jamás lo pronunciara. Se acordó de una película infantil que había visto de niño, la primera vez que conoció a las sirenas, a la famosa sirenita Ariel; pero Ariel se escuchaba demasiado rebuscado, y el diseño de esa caricatura no tenía la altura ni la majestuosidad del pez humano que nadaba en el contenedor. Javier observó su cabello anaranjado, y, detallando mejor, se percató de que eran algas. Ella tenía aletas doradas que, al ser iluminadas por los reflectores del acuario, alumbraban cada rincón del lugar con un brillo dorado, como el poder de un dios nórdico.
—Los soles, la luz, la fuerza de un resplandor —murmuró Javier luego de tragar un bocado de almuerzo.
Javier ya no disfrutaba conversar con el equipo de la estación Alrisha en la cafetería. Alrisha era la estrella principal de la constelación de Piscis. Hace dos días había llegado nuevo personal desde La Tierra, pero Javier ya no gustaba de humanas, y las conversaciones triviales ya no le incitaban a buscar compañía en la gente. Las veces que interactuó con el nuevo equipo, abandonó la conversación, pues no toleró que los temas fueran de quiénes o cuántos lo habían hecho con más decanos, profesores o jefes para apalancarse en el mundo laboral.
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Desde la sala de cámaras, una vigilante llamada Siara observaba por un monitor a SIRE2123 aproximarse al cristal del acuario y poner su aleta derecha sobre el vidrio frente a Javier. La mujer le hizo un gesto a su superiora con la mano para que lo apreciara por el monitor.
La mujer requerida —la capitán Xian— vio a Javier dándole toda su atención al espécimen y le hirvió la sangre. Si aquel fuera otro hombre o alguien feo, para Xian sería tolerable, pero que fuera Javier Alcides, era inconcebible. Ella se había fijado en Javier por su atractivo y discreción. Mientras él no hablara, su belleza sobrepasaba el umbral que todo ser vivo podía tolerar. Cuando tuvo las agallas para confesarle sus sentimientos, él no le dirigió la palabra. Lo había invitado a un bar lujoso en un asteroide capricorniano para llevárselo a la cama, pero, sin mirarla a los ojos, Javier le rechazó la propuesta. Xian rugió en su cama y volvió un desastre su habitación. También sacrificó especímenes deformes que no se habían desarrollado adecuadamente. Los despojos, chillando de dolor, fueron mutilados, electrocutados, jugaron con sus temperaturas corporales en un horno y congelador… Y cuando Xian estuvo satisfecha, los sacrificó en una prensa, cubriendo de sangre, huesos y órganos la habitación; muchas gotas de carmín mancharon su ropa.
Xian guardó silencio, aún no quería actuar sin meditar qué hacer con SIRE2123, porque desarrollar a una criatura de ese calibre tardaba tres largas generaciones humanas.
«La prudencia que hace verdaderos sabios —pensó Xian con algo de ironía, pues el mensaje era importante, pero la procedencia de la frase le revolvía el estómago».
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La pececita miró a Javier, quien se levantó de la silla y puso la mano en el cristal frente a ella. Javier se asombró de que sus brazos fueran aletas, que rodeaban unas manos de humano, y estaba convencido de que era el mismo caso en las piernas.
—Qué bella eres —dijo Javier sin saber que ella lo entendía.
La sirenita le sonrió, y aunque sus dientes eran sierras, aún era linda. Ella puso expresión de preocupación, cerró los ojos y le envió unas ondas telepáticas:
“¡Javier, por favor, ayúdame! ¡Si sigo aquí, pronto moriré!”.
—¡¿Cómo?! —gritó Javier, aterrado de esa intrusión mental, y más por la creencia de que ella no sabía comunicarse.
Ella apretó los ojos y lo regañó:
“¡No grites! Que no se te olvide que te están vigilando”.
“Está bien, pero no sé cómo sacarte de aquí —dijo Javier, por fin adaptado al sistema de comunicación mental—. ¿Cómo te llamas?”.
“Piscis, como la constelación y la diosa”.
“Te voy a sacar en un mes”.
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Editado: 15.04.2024