"Se ha vuelto terriblemente obvio que nuestra tecnología ha superado nuestra humanidad."
— Albert Einstein —
"Quien con monstruos lucha, cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti."
— Friedrich Nietzsche —
Episodio 1
C.O.R.E.
El hedor a pelo mojado, barro viejo y azufre llegó antes que las sombras.
Elías lo sintió en los pulmones antes de que el rugido recorriera el túnel. Cada bocanada le raspaba la garganta como si estuviera tragando cristales molidos en vez de oxígeno. Las botas le resbalaban sobre el fango y el óxido del viejo búnker militar, abandonado hacía décadas, mientras avanzaba a trompicones. El eco de los pasos que corrían detrás devolvía cada jadeo, cada tropiezo, cada golpe del corazón, amplificándolo todo hasta convertir el miedo en arquitectura.
—¡No miren atrás! ¡Corran!
La voz del padre de Lucía se quebró a mitad de la frase.
No sonó como una orden. Sonó como lo último que un hombre dice cuando ya sabe que ha llegado demasiado tarde.
Porque las garras ya estaban allí. Arañaban el asfalto mojado con un ritmo cada vez más próximo, más rápido, más lleno de hambre. Y luego llegó el gruñido: profundo, gutural, denso como un trueno atrapado bajo tierra. Hizo vibrar las paredes. Hizo temblar a los niños. Hizo que la oscuridad pareciera cerrarse todavía más.
Las hienas emergieron de la negrura con el tamaño de osos pequeños, los lomos encorvados, las costillas marcadas bajo una piel correosa y húmeda, y unas mandíbulas desencajadas de las que colgaba una baba negra y espesa. Venían en grupo, pero incluso entre ellas había una presencia que dominaba el espacio.
El Alfa. Un monstruo tuerto, enorme, con el cráneo recubierto por placas óseas deformadas y un hambre tan concentrada que parecía saturar el aire alrededor de su cuerpo.
La madre de Kevin resbaló. Cayó de rodillas en el barro. Su marido se detuvo en el acto, se giró, levantó una barra de hierro oxidado con ambas manos y trató de afirmarse en el suelo, aunque ya temblaba demasiado para fingir que aquello era una posición de combate. Sabía que no iban a llegar. Lo supo en cuanto vio al Alfa bajar la cabeza.
Miró a su esposa. Ella lo entendió sin necesidad de una sola palabra.
Durante un segundo insoportable, el terror en sus ojos se transformó en otra cosa: resignación. No valentía. No paz. Algo peor. La aceptación de que el siguiente gesto iba a ser el último. Se puso en pie entre el barro, alzó un bloque de concreto con las manos desnudas y buscó a sus hijos unos metros más adelante.
Lucía y Kevin seguían corriendo. Todavía no comprendían del todo que ya estaban huyendo solos.
—¡Elías! —gritó la mujer, con la voz desgarrándosele en la garganta—. ¡Llévatelos!
Las hienas saltaron. El padre alcanzó a descargar un golpe torpe con la barra antes de que el Alfa se le echara encima. El impacto fue brutal, hueco, definitivo: un saco de huesos estrellándose contra un muro. Las fauces de la bestia se cerraron sobre su cuello y lo abrieron de un solo mordisco. La sangre salió caliente, oscura, a presión, manchando las paredes del túnel.
La madre gritó. Levantó el bloque. No llegó a bajarlo. Tres hienas se le echaron encima al mismo tiempo. El concreto se le escapó de las manos. Sus gritos quedaron sepultados bajo el sonido húmedo de la carne desgarrándose y el crujido seco de los huesos cediendo uno tras otro.
Más adentro, en el corazón ciego del búnker, Lucía y Kevin se detuvieron. El llanto de la niña fue un alarido roto, puro, demasiado grande para un cuerpo tan pequeño. Kevin la abrazó con tanta fuerza que le clavó las uñas en los brazos, temblando de una forma casi violenta, incapaz de apartar la mirada de la oscuridad donde sus padres acababan de desaparecer.
A sus pies, Chispa chillaba histérico, corriendo en círculos sobre el barro. Bandido, en cambio, se aplastó contra el suelo con el hocico escondido entre las patas, paralizado por un terror animal tan puro que ni siquiera intentó huir.
Elías retrocedió hasta colocarse delante de ellos. Ya no quedaba salida. La pared de acero del fondo del búnker seguía sellada. No había más túnel. No había más tiempo. Solo concreto, sombra y el sonido de las bestias avanzando despacio, saboreando el final.
El anciano levantó un viejo tubo de plomo con las manos manchadas de tierra y años. Le temblaban tanto que apenas podía sostenerlo recto. Tosió. Sintió el sudor frío resbalándole por la nuca. Y, durante una fracción de segundo absurda, recordó las luces doradas de Sky City elevándose en el cielo tantos años atrás. Aquella promesa brillante de salvación que nunca había sido suya.
El Alfa entró en la luz miserable del fondo del búnker. Tenía el hocico cubierto de sangre fresca. Se relamió despacio. En su mente de depredador no había prisa. Podía oler el pánico como si fuera vapor caliente. El latido desbocado de los corazones. El sudor frío. La rendición del cuerpo antes del primer mordisco. La caza había terminado. Lo que venía ahora era el banquete.
Flexionó las patas traseras. Se preparó para saltar.
Y entonces, a espaldas de Elías, el mundo se resquebrajó.
Un siseo violento de descompresión estalló en la oscuridad. El acero gimió. Una nube densa de vapor blanco y helado barrió el suelo del búnker, ahogando de golpe el hedor a hiena, sangre y azufre. Durante un instante, todo fue niebla.
Y de esa niebla salió una figura.
SISTEMA C.O.R.E. INICIANDO SECUENCIA DE ARRANQUE
Estado de latencia: INTERRUMPIDO.
Tiempo fuera de línea: 09 años, 04 meses, 12 días.
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Editado: 17.07.2026