Sky City: The Last Descent

El Escuadrón Mutilado

EPISODIO 2

El Escuadrón Mutilado

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El Museo de Historia Nacional había sido, en otro tiempo, un templo de la memoria.

Ahora era un matadero con columnas.

Lo supieron antes de entrar. El olor llegó primero: sangre vieja cocinada por el calor, gasolina quemada y algo peor debajo de todo eso, algo dulce y orgánico que el olfato reconoce antes de que el cerebro encuentre la palabra. Marcus lo conocía. Era el olor de los lugares donde la gente lleva demasiado tiempo muriendo cerca de otra gente.

Entraron al caer la noche. No buscaban gloria ni información ni redención. Solo un techo, agua, cuatro paredes donde Nadia pudiera limpiar las heridas que Titus había cosido en campo abierto tres días atrás. El grupo estaba al límite: él, Valeria, Titus, Nadia, y Ares con sus placas de metal sujetas al lomo crujiendo con cada paso sobre el mármol roto.

De los corredores superiores bajaron casi una docena de hombres armados. Surgieron de la oscuridad entre vitrinas astilladas y esqueletos de dinosaurios que se alzaban sobre ellos como monumentos a la extinción, con los fusiles ya apuntando hacia abajo, sin prisa, con la comodidad de quienes han practicado esa bienvenida demasiadas veces para necesitar decir nada.

Marcus no intentó nada. Contó los ángulos. Contó los cuerpos. Dejó que los llevaran.

La sala central tenía una cúpula agrietada por donde la lluvia había dejado manchas negras en el fresco del techo, y en el centro, sobre un trono construido con neumáticos viejos y terciopelo robado de las salas de exhibición, estaba el hombre que gobernaba esto. Tenía el rostro de color cera, los ojos sin brillo y esa expresión que Marcus había visto antes en los puestos de control y en las celdas de interrogatorio: la expresión de un hombre que ha confundido sobrevivir con merecer.

A su alrededor, centenares de personas se apretaban en los pasillos y las galerías laterales. Niños con los ojos demasiado quietos. Mujeres que no levantaban la vista. Hombres con las manos en los regazos y los hombros caídos hacia adentro. No era una comunidad. Era una colección de gente a la que habían enseñado que moverse sin permiso costaba.

—El aire aquí ya lo respiran demasiados —dijo el tirano. La voz era arrastrada y fría, la de alguien que ha aprendido a hablar despacio porque la lentitud también es una forma de poder.

Marcus dio un paso al frente. Los cañones que lo apuntaban no lo hicieron dudar.

—No queremos quedarnos. Raciones secas y agua filtrada. Al amanecer habremos desaparecido.

El hombre en el trono no respondió enseguida. Dejó que el silencio trabajara para él. Luego dejó que su mirada se deslizara sobre el grupo con una lentitud calculada hasta detenerse en Nadia. La enfermera bajó la vista por puro reflejo, y eso bastó. El tirano lo vio, y lo que cruzó su cara no fue exactamente una sonrisa, sino el precursor de una: la satisfacción del depredador que ya eligió.

—Nada es gratis en este mundo, forastero —dijo—. Si quieren llevar nuestra comida, tendrán que dejar algo a cambio.

Levantó un dedo amarillento hacia Nadia.

—La chica, por ejemplo. Ella podría pagar bastante bien su cuenta.

El sonido de una bala entrando en la recámara cortó el aire. No fue un grito, no fue una amenaza. Solo ese chasquido metálico preciso, y Valeria ya tenía la pistola de respaldo apuntando entre los ojos del tirano. La furia en ella no era escándalo. Era hielo. Un hielo tan limpio que los guardias tardaron una fracción de segundo en reaccionar, y esa fracción fue suficiente para que todos alzaran también las armas. Titus sacó un bisturí militar con el mismo gesto con que otros se persignan. Ares enseñó los colmillos y del fondo de su pecho salió un gruñido tan bajo y tan continuo que parecía venir del suelo.

La matanza estaba a un segundo de empezar.

Marcus levantó una mano. La interpuso en la línea de fuego de su propia esposa sin apartar la vista del trono.

—Baja el arma, Val.

Ella no lo miró.

—Val.

El segundo que tardó en obedecer fue el segundo más largo del año. Pero obedeció.

Marcus respiró. Hizo los cálculos que ya había hecho al entrar: si disparaban se llevaban a varios de esos bastardos, sí. Pero no saldrían del museo. No con los ángulos que tenían encima, no con Nadia entre ellos, no con Ares atrapado en un espacio tan cerrado donde su tamaño se volvía estorbo.

Dejó hablar a la parte más fría de sí mismo. La parte que todavía pensaba como comandante.

—Somos soldados —dijo—. Tiene que haber otra forma de pagar tu maldita comida.

El tirano parpadeó. Estudió las cicatrices, el rifle modificado, la postura de un hombre acostumbrado a dar órdenes en lugares donde nadie salía limpio. Algo se reajustó detrás de sus ojos, no respeto, sino recálculo.

—Tienes agallas —concedió, acomodándose en el trono—. Bien. Hay otra forma.

Señaló hacia abajo, al centro del museo, donde el suelo se había hundido.

—Nuestro evento principal está por comenzar. Si ustedes cinco sobreviven a la fosa, les daré lo que piden.

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La arena olía a todo lo que había pasado dentro de ella.

Sangre seca en capas sobre el barro rojo. Gasolina de los bidones ardiendo en los bordes. El sudor rancio de cientos de personas apretadas en las gradas improvisadas que rodeaban el foso. Y debajo de todo eso, un olor animal imposible de localizar que se metía por las fosas nasales y apretaba algo en el pecho.

Marcus se asomó al borde antes de que los empujaran a bajar. Lo que vio no eran gladiadores. Eran lo que pasa con los hombres cuando el sufrimiento tiene que encontrar una salida y no hay ninguna.

Cuatro figuras peleaban contra una jauría de jabalíes mutados en el foso. Las bestias tenían cerdas como alambre y colmillos herrumbrosos, y se movían en grupo, buscando ángulos, probando los flancos. Los cuatro luchadores no peleaban con orden ni estrategia. Peleaban con algo más viejo y más difícil de quebrar: la certeza de que perder significa morir.




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