EPISODIO 3
La Cumbre de las Bestias
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El viento que barría la azotea traía ceniza y el olor metálico de la lluvia antes de que la lluvia llegara. Abajo, la ciudad muerta se extendía hasta perderse en la bruma: avenidas reventadas, fachadas consumidas por raíces negras, los esqueletos de los puentes desplomados sobre ríos que ya no llevaban agua limpia. Un mundo que había tardado diez años en aprender a pudrirse en silencio.
King estaba de pie sobre una viga de acero en el borde de la pirámide de cristal destrozada. Inmóvil. La melena oscura empapada por la humedad del amanecer. No miraba las ruinas. Miraba el cielo, esa franja de naranja enfermo entre las nubes tóxicas, como si esperara que el cielo le diera algo que todavía no había decidido pedir.
El sonido de garras perforando concreto rompió la quietud.
Zahhak trepó por la fachada con esa velocidad antinatural que siempre resultaba ligeramente incorrecta, como un movimiento de animal doblado sobre una mecánica que no le pertenece del todo. Alcanzó la azotea con un último impulso y se incorporó relamiéndose las fauces. La sangre que le cubría el hocico era todavía brillante.
King no se giró.
—¿Dónde estabas, reptil?
Zahhak dejó escapar un siseo complacido. Había en ese sonido algo que no era exactamente alegría sino su primo más oscuro, la satisfacción de algo que se alimenta de la angustia ajena.
—La plaga corre más de lo que debería. Pero incluso agotados siguen oliendo bien. —Hizo una pausa, saboreando—. Sobre todo cuando entienden que van a morir.
Los dedos de King se cerraron despacio sobre la viga hasta que el metal crujió.
—No cazamos por placer.
—Habla por ti.
Desde las sombras del cuarto de máquinas surgió Zazz sin hacer ruido. Caminó hasta el borde con la calma de quien mide distancias incluso cuando no hay nada que medir, y se detuvo a dos metros de Zahhak mirándolo con esa expresión suya que nunca terminaba de ser una sonrisa.
—Nuestro escamoso amigo solo sabe hacer una cosa —murmuró—. Ensuciarse el hocico y llamarlo convicción.
Zahhak mostró los dientes.
—Y tú solo sabes hablar.
—Porque no necesito demostrar lo que soy cada vez que entro en una habitación.
El aire entre ambos se tensó con la electricidad de algo que podría volverse violento si nadie intervenía. King los silenció sin girarse, con una sola palabra dicha en el tono exacto que no admite réplica.
—Basta.
Zazz inclinó apenas la cabeza. Se acercó al borde y miró hacia abajo, hacia la geometría rota de la ciudad, con los ojos amarillos recorriendo las avenidas con la metodología fría de quien siempre está tomando nota.
—No todo ha sido silencio esta noche —dijo—. Encontré otra manada exterminada. Ya son tres en poco tiempo.
Zahhak soltó una risa rasposa.
—¿Entonces los humanos por fin aprendieron a defenderse? Quizás debería ir a ver quién anda por allí.
—No.
La brevedad de la respuesta hizo que incluso Zahhak cerrara la boca.
Zazz se volvió hacia ellos con una lentitud calculada.
—No había olor a pólvora. No había señales de armas. Solo huesos destrozados, torsos abiertos y cuerpos partidos como si algo los hubiera golpeado con sus propias manos. —Hizo una pausa—. Sin morder. Sin desgarrar. Como si quebrar un cuerpo fuera un gesto simple.
Zahhak entrecerró los ojos.
—¿Otra bestia?
—No sé qué es. El rastro era limpio en los impactos y caótico en el movimiento. Como algo que sabe exactamente dónde golpear pero todavía no sabe bien hacia dónde ir.
King volvió por fin la cabeza. Solo lo suficiente para que el perfil de su rostro quedara recortado contra el cielo enfermo.
—¿Dónde está N8?
Zazz sonrió apenas.
—Salió antes del amanecer. Persigue una caravana en dirección a la cosa que está en el cielo.
Zahhak bufó.
—Ese bruto hace siempre lo que quiere y nadie dice nada.
—Es un gorila —respondió Zazz, con una calma que tenía filo—. La obediencia nunca fue una virtud en los que se creen demasiado cerca de la cima.
King giró el cuerpo entero hacia ellos. Lento. Con ese peso que tenía, no solo de masa sino de algo acumulado durante años.
—Habla claro.
Los ojos de Zazz brillaron con la satisfacción de quien llevaba tiempo esperando que le hicieran esa pregunta.
—Ya lo sabes. Todos lo sabemos. N8 no es como nosotros.
—Se parece demasiado a ellos —dijo Zahhak, y por una vez en la noche no había burla en su voz. Solo algo que en otro animal podría llamarse incomodidad.
—Demasiado —repitió Zazz—. La postura. Las manos. La mirada cuando golpea. No mata como depredador. Mata como una imitación de la plaga. Como si la violencia que lleva dentro hubiera aprendido su forma en un lugar equivocado.
King no respondió de inmediato.
Bajo su rostro había algo más antiguo que la rabia moviendose despacio, como agua oscura bajo hielo. Un cansancio que no era físico. Una memoria que nunca dejaba de morder.
Los barrotes. El concreto pintado de verde para imitar algo que no era hierba. El hedor a encierro disfrazado de santuario, ese olor particular que tienen los lugares donde la jaula es tan grande que los que están dentro tardan años en entender que es una jaula. Sus padres consumiéndose detrás del acero. Apagándose poco a poco con esa resignación que no se parece a la paz aunque desde afuera pueda confundirse con ella. Los humanos mirándolos desde el otro lado del cristal con esa curiosidad satisfecha de quien observa lo que considera inferior e insignificante y lo llama amor por la naturaleza.
Y el nombre. *King*. Una broma de los que lo nombraron, o quizás no una broma sino algo peor: una crueldad honesta, la de quien te llama rey mientras te mantiene enjaulado porque le parece gracioso que la contradicción no te lastime.
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Editado: 04.08.2026