Sky City: The Last Descent

El Hijo de la Muerte

EPISODIO 4

El Hijo de la Muerte

━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━━

El grupo avanzaba en silencio.

Treinta personas moviéndose entre los huesos de la antigua metrópolis, esquivando grietas abiertas en el asfalto como heridas que nunca cicatrizaron, sorteando montañas de escombros devorados por raíces negras. La luna enfermiza apenas daba luz suficiente para ver los pies del de adelante. Era suficiente. Pedir más era tentar al Yermo.

Entre ellos iba una mujer con su hijo de once años.

Él caminaba pegado a ella con los ojos demasiado abiertos para la hora, absorbiendo cada sombra, cada sonido que no encajaba con el viento. En la muñeca llevaba una pulsera de cuentas de madera vieja, gastada por el uso hasta que algunas habían perdido casi todo su color. Su abuela se la había puesto antes de morir. No se la quitaba para dormir.

Cuando el grupo hizo un alto bajo la sombra de un puente derrumbado, el niño se acurrucó junto a su madre buscando el calor que la noche tóxica les robaba. Ella le acarició el pelo.

—¿Es verdad lo que contaba Samuel sobre los zoológicos? —preguntó él en voz baja—. Que antes los animales grandes estaban enjaulados y la gente pagaba para ir a mirarlos.

La mujer tardó un momento. Había preguntas del mundo anterior que dolían de otra forma que las del presente.

—Era verdad —dijo—. En aquel entonces nosotros éramos los dueños del mundo y los animales peligrosos vivían en lugares seguros, para que los niños pudieran conocerlos sin tener que sentir miedo.

Silas frunció el ceño mirando las ruinas.

—Qué raro suena eso.

Ella le besó la frente sin responder. Algunas cosas del mundo anterior no tenían una respuesta que valiera la pena dar.

El golpe llegó sin aviso.

Una masa enorme descendió desde lo alto de un terraplén de escombros y el impacto sacudió el suelo como si algo lo hubiera golpeado desde abajo. El pánico deshizo la formación en un segundo. Los hombres que iban al frente se colocaron de espaldas a sus familias por puro instinto, aunque las manos les temblaban sobre las armas.

—¡Al almacén! —gritó Samuel—. ¡Por aquí!

Giraron en bloque. Las puertas de acero de una nave industrial semiderruida cedieron con un gemido agónico y los supervivientes entraron tropezando unos con otros, arrastrando a los heridos, sofocando sollozos. El último atravesó el umbral y Samuel y otro hombre cerraron las hojas desde dentro.

El impacto llegó un segundo después. Todo el almacén tembló. Las vigas corroídas dejaron caer polvo. Afuera, algo rozó el metal con una lentitud deliberada, como quien toma el tiempo que quiere.

Dentro reinaba una oscuridad densa. Óxido, aceite rancio, madera podrida. Nadie dio órdenes. El grupo se dispersó entre contenedores volcados, cintas transportadoras muertas, montones de chatarra apilada como tumbas.

La madre encontró un hueco detrás de unos barriles deformes y metió al niño antes que a ella misma. Lo abrazó con las dos manos en su espalda, sintiendo cómo el pecho del chico subía y bajaba demasiado rápido. Él quiso decir algo. Solo le salió un temblor.

Afuera, la criatura dejó de golpear.

El silencio que siguió fue peor que el ruido.

La mujer lo oyó antes que nadie. Un roce húmedo en las rendijas de la puerta. Luego un resoplido. Luego nada, que era la peor clase de sonido porque significaba que la cosa del otro lado también estaba esperando.

En el viejo mundo los animales cazaban por instinto. Estas bestias cazaban por algo más preciso: olían la adrenalina en la sangre, seguían el rastro químico del pánico como se sigue humo bajo una puerta. Y dentro de ese almacén había miedo suficiente para convocar una masacre.

Las puertas estallaron.

El rugido del metal desgarrado atravesó la nave de extremo a extremo. Zahhak entró entre polvo, bisagras arrancadas y chispas: un dragón de Komodo erguido sobre dos piernas, con hombros de verdugo y mandíbula de carroñero. Cada paso hacía vibrar el suelo de una manera diferente a como lo hacían los humanos, con un peso distribuido de otra forma, como si la gravedad le obedeciera de otra manera.

Los escondidos comenzaron a gritar.

La madre apretó al niño contra su pecho. Lo sintió tensarse, intentar asomarse. Le cubrió la cabeza con una mano.

No había salida. Lo sabía desde que oyó el primer resoplido. Solo había una cosa que podía hacer, y esa cosa era tan terrible que tardó unos segundos en dejar de buscar otra.

Lo miró. Él la miró.

—Perdóname, mi amor —susurró. La voz apenas salió—. Pase lo que pase, lo hago porque te amo.

El niño frunció el ceño. No entendía. Abrió la boca.

Las manos de ella se cerraron sobre su rostro antes de que pudiera hablar. Una cubriéndole la nariz y la boca. La otra sujetándole la cabeza contra su pecho, firme, sin violencia en el gesto pero con toda la fuerza que tenía.

Él se revolvió. Sus manos golpearon los brazos de su madre, pequeñas y desesperadas, buscando la grieta en esa prisión que no tenía sentido porque era el cuerpo que debía protegerlo. Pateó entre los barriles. Sus ojos, sobre el dorso de la mano que lo cubría, le preguntaban algo que no podía pronunciar.

Ella lloraba sin hacer ruido. No había locura en lo que hacía. Solo la aritmética brutal del amor llevado hasta su límite: si seguía consciente, seguiría teniendo miedo. Si seguía teniendo miedo, la criatura lo encontraría.

Los golpes del niño se volvieron más lentos. Luego más torpes. El mundo se le fue llenando de una oscuridad que no era la del almacén. Sus piernas dejaron de patear.

Cuando comprobó que seguía vivo, la madre lo acomodó dentro de un contenedor vacío con una delicadeza que dolía de ver. Cubrió el hueco con plásticos rotos y trozos de tela. Le apartó el pelo de la frente con los dedos. Le quitó la pulsera de su propia muñeca y se la colocó sobre el pecho.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.