Episodio 6
Asesinos del Mundo Anterior
La puerta cedió de una patada. Gael entró con ambos revólveres alzados y el polvo pegándosele a los dientes, barriendo el pasillo con la vista antes de que los pies terminaran de posarse en el suelo.
Desde el fondo del almacén, una corredera sonó. El clic pesado, metálico, inconfundible. El tipo de sonido que los vivos aprenden a distinguir del resto.
Dante salió de la sombra con la escopeta apuntando a la cabeza de Gael.
Se miraron.
Los dos sabían exactamente cuánto valía la vida del otro. Lo habían calculado antes del apocalipsis, cuando todavía había precio de mercado para esas cosas.
—Vaya —dijo Dante—. Cincuenta millones de muertos en esta ciudad y tengo que cruzarme contigo.
Gael amartilló los dos revólveres sin apuro.
—Yo pensaba que ya te había comido algún perro salvaje.
—Decepción mutua, entonces.
No bajaron las armas. La vieja deuda seguía ahí, cosida debajo de la piel igual que las cicatrices. Iban a matarse allí mismo porque era más fácil que decidir otra cosa.
El techo estalló.
No fue una explosión. Fue un peso vivo cayendo: cuatro bestias antropomórficas, cruces de lobo y carroñero, precipitándose desde las vigas en una lluvia de cristal y carne. Gael y Dante no se miraron. El cuerpo tomó la decisión por ellos: espalda con espalda en un solo movimiento, como si llevaran años haciéndolo.
—Diez a que mato más que tú, Plomo —gritó Gael, y disparó antes de terminar la frase. La primera bala le abrió el ojo a una bestia en pleno salto.
—Métete tus apuestas por el culo, Víbora —rugió Dante, vaciando el pecho de otra con la escopeta.
Pólvora, garras, el olor acre de la sangre negra salpicando el concreto. Gael se deslizaba por el suelo esquivando zarpazos, abriendo tendones con cuchilladas cortas y sucias. Dante respondía de cerca, con la economía brutal de quien aprendió a resolver problemas a palmos de distancia: un disparo, un cráneo, otra bestia menos. Agotaron los cargadores. Siguieron a golpes.
Cuando el último cuerpo cayó, el almacén quedó en silencio espeso. Los dos respiraban con dificultad. Dante escupió al suelo. Gael se limpió un corte de la mejilla con el dorso de la mano.
Y giraron al mismo tiempo. Los cañones se alzaron. Otra vez. A menos de un metro.
Apretaron los dos.
Clic. Clic. Vacíos.
Gael miró su revólver. Dante miró el tambor de la escopeta.
La tensión flotó en el aire dos segundos exactos antes de que Dante soltara una carcajada. Ronca. Salvaje. Inoportuna. Gael tardó medio segundo en seguirlo, doblándose un poco para recuperar el aliento.
—Te mataré mañana, hijo de puta —dijo.
—Te espero despierto, cabrón —respondió Dante, dejando caer la escopeta vacía.
La risa murió de golpe. Entre los contenedores más grandes, una docena de ojos amarillos se encendieron a la vez en la sombra. No habían liquidado a la manada. Solo a la avanzada. Siete bestias más pesadas, más lentas, más hambrientas salieron de la oscuridad bloqueando todas las salidas. Gael sacó los cuchillos con los brazos ya temblando. Dante empuñó la escopeta por el cañón, convirtiendo el arma en un garrote inútil.
—Ha sido un placer no matarte, mexicano —murmuró Dante.
—Igualmente, italiano de mierda.
Las bestias saltaron.
Y el aire pareció partirse por la mitad.
Una silueta descendió desde una plataforma superior sin hacer ruido. Un destello de acero rasgó la oscuridad. La criatura que iba a destrozar a Dante cayó al suelo dividida en dos mitades exactas, abierta desde el hombro hasta la cadera con la precisión de una sola línea.
Kenjiro aterrizó suavemente. No gritó. No hizo ningún gesto innecesario. Solo se movió.
El kempo le daba la colocación. La katana hacía el resto. Donde Gael y Dante habían dejado ruido, humo y carne destrozada, Kenjiro dejaba silencio y cortes perfectos. En menos de treinta segundos, las seis bestias restantes yacían despedazadas sobre el polvo.
Limpió la hoja con un movimiento seco de muñeca. La envainó despacio. Los miró a ambos con una expresión que no era orgullo, no era cansancio. Solo el rostro de alguien que hizo una cosa y la terminó.
Luego echó a andar hacia la salida.
Gael y Dante se miraron. Habían matado toda su vida. Acababan de descubrir que apenas conocían el oficio.
—Oye. ¡Espéranos! —gritó Gael, recogiendo los revólveres del suelo.
Dante maldijo en italiano, levantó la escopeta y fue detrás.
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No hablaron mucho esa primera noche. Tampoco hizo falta.
Gael coció algo que no quiso identificar sobre una lata oxidada. Dante limpió la escopeta con la misma concentración ritual con que otros rezan. Kenjiro sacó la katana y la apoyó sobre las rodillas como si fuera lo más natural del mundo, como si el gesto no tuviera nada de extraño en medio de las ruinas de una ciudad muerta.
Gael lo observó de reojo.
La hoja era antigua. No de las que se fabricaban en serie antes del Año Cero, no una de esas piezas de adorno colgadas en paredes de hombres que nunca la usarían. Tenía el aspecto de algo forjado con paciencia, con tiempo, con una intención que sobrevivía a quien la había tenido. El filo captaba la luz del fuego con la misma indiferencia con que captaba todo lo demás.
—¿De dónde sacaste eso? —preguntó Gael.
Kenjiro no respondió de inmediato. Pasó el paño por la hoja una vez más antes de decir:
—Me la dio mi maestro.
Dante soltó un resoplido.
—El tuyo debía de ser un maestro serio.
—Era un hombre serio —dijo Kenjiro. Y no añadió nada más.
Gael entendió que la conversación había terminado. Masticó en silencio. Afuera, el viento movía la ceniza en remolinos lentos sobre el asfalto roto.
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Editado: 04.08.2026