Episodio 7
La Novena Condenada
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72:13:44
El reloj holográfico flotaba sobre la pared de sus aposentos con la indiferencia de las máquinas que no saben lo que cuentan. Eiren Vale lo miraba sin moverse. Bajo el corsé interior del vestido ceremonial, las costillas le pesaban. La nuca estaba húmeda.
72:13:43
Se llevó una mano al pecho y la retiró.
La habitación era una obra maestra. Cúpula de cristal tratado. Columnas de ónice blanco. Una lámpara viva de filamentos bioluminiscentes que pulsaba con un ritmo diseñado para inducir calma. Todo en aquel espacio había sido construido para convencer a quien lo ocupara de que era eterna.
A Eiren le parecía un mausoleo desde hacía meses.
La pared lateral se iluminó sola. Ocho rostros aparecieron en pantalla, cada uno en su panel, dispuestos con la simetría ceremonial que el Consejo exigía incluso para las reuniones que nadie debía saber que existían.
Cassian Roht hablaba. Su voz plana, su rostro de sacerdote que nunca necesitó creer en su dios porque hacía décadas que era el dios.
—...si los hangares inferiores colapsan, el acceso al Mega-Búnker deja de ser una maniobra de continuidad y se convierte en un éxodo bajo fuego.
—No habría llegado a esto —dijo Lord Calder, sin molestarse en suavizar el veneno— si hubiéramos descendido hace un ciclo. Lo advertí cuando los injertos de médula dejaron de fijarse.
—Lo que ya no funciona carece de interés —cortó Serapha, con esa voz suya que los algoritmos de Sky City habían optimizado para erradicar la duda antes de que germinara. Tenía las manos cruzadas sobre la mesa. Nada en ella temblaba—. Hemos exprimido todo lo disponible durante años. Criogenia segmentada. Transfusiones parabióticas. Reemplazo de tejido linfoide. Secuencias hormonales de reversión. Ninguna de esas cosas ofrece ya más que tiempo. Y el tiempo ha terminado.
La frase cayó sobre la transmisión con un peso funerario.
—Los soportes mentales están recalibrados —dijo otro Noble—. En cuanto entremos en el búnker, solo serán horas.
—Cuando despertemos —dijo Mavian, levantando la copa con una sonrisa que no llegaba a los ojos—, el viejo ciclo habrá terminado. No heredaremos una ciudad. Heredaremos una era.
Lady Serapha alzó la suya.
—A la continuidad.
—A la continuidad —repitieron varios.
Eiren no alzó nada.
Mavian la encontró con la vista.
—No pareces entusiasmada por tu renacimiento, Eiren.
—Quizás porque no necesito fantasear tanto como ustedes. —Su voz salió suave, perfectamente calibrada—. Mi cuerpo de destino fue diseñado con criterios que ninguno de los suyos alcanza. Mientras ustedes parcheaban sus carcasas con hielo y sangre joven, yo me aseguré de que mi segunda piel naciera perfecta.
La Duquesa Nyx soltó una risa exquisita.
—Dioses, siempre tan enamorada de ti misma.
—Dime, Eiren —añadió Mavian, apoyando la mejilla en una mano—, ¿también ordenaste que tu nueva versión aprendiera a contemplarse durante horas o eso ya viene de fábrica?
Las burlas siguieron un instante más. Eiren sonrió. Con elegancia. Con superioridad. Con esa máscara de mármol pulido que la había mantenido viva entre depredadores de guante blanco durante más años de los que le gustaba contar.
Ninguno sospechó nada. Ninguno entendió que la mujer a la que llamaban vanidosa ya estaba muerta. Solo que todavía no se había desplomado.
—Basta —dijo Serapha—. Si hay resistencia en superficie, nuestros Héroes limpiarán el acceso. Kaiden no fallará.
La transmisión llegó a su fin. Los ocho rostros se despidieron con fórmulas ceremoniales que ya nadie oía de verdad.
—Por la continuidad.
—Por el renacimiento.
—Por la pureza.
La imagen desapareció. La habitación quedó en silencio real. Silencio de altura. Silencio de mausoleo.
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La verdad tenía voz. La voz quebrada de Alistair Kensington.
No había sido en un informe. No había sido en una sospecha que Eiren cultivó con paciencia de coleccionista. Había sido en una sala con cristal unidireccional, años atrás, con Alistair encadenado a una silla de interrogatorio bajo los niveles sellados del Consejo. La cara hinchada. Las uñas arrancadas. Un diente roto brillando en el suelo entre dos gotas de sangre.
Eiren había acudido de forma extraoficial. Escuchó desde la sala contigua mientras los inquisidores del Consejo intentaban arrancarle una confesión.
Al principio, Kensington se había reído. No con orgullo ni con locura. Con agotamiento.
Luego uno de los interrogadores le rompió dos dedos. Y entonces habló.
—No hay nueve —escupió, con la boca llena de sangre—. Nunca habrá nueve.
El silencio de aquella cámara todavía seguía vivo en algún lugar de Eiren.
Cruzó el cristal. Entró en la sala. Los inquisidores se apartaron.
—¿Qué has hecho? —preguntó ella.
Kensington levantó la cabeza como pudo. Los ojos inflamados, pero con una chispa de odio que no habían conseguido arrancarle con los dedos.
—Le di uno a ella.
—¿A quién?
Una sonrisa rota.
—A quien lo merece mil veces más que ustedes, malditos.
Eiren dio un paso hacia él.
—Explícate.
Kensington tardó en responder. Cada palabra le costaba aire.
—Modifiqué los materiales del noveno cuerpo antes del cierre del proyecto. El soporte neuronal, la matriz sináptica, las interfaces profundas. Todo. Ustedes iban a convertirse en dioses inmortales... y yo iba a enterrar mi dolor en la nada.
Eiren recordaba haberse acercado al cristal de la sala adyacente, incapaz de apartarse.
—Así que elegí —continuó él—. Elegí por una sola vez. No por la ciudad. No por el Consejo. No por su eternidad obscena.
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Editado: 28.08.2026