Episodio 8
Lealtad y Camuflaje
───────────────────────────────────────
Kaiser iba con la cabeza baja.
No era su postura habitual. El rottweiler marchaba normalmente con el cuello erguido, los músculos tensos bajo el pelaje empapado, leyendo el perímetro con esa concentración limpia de los perros que entienden su trabajo. Pero esta noche la cabeza iba baja y los pasos eran cortos, y Malik lo notó antes de notar nada más.
Se detuvo. Levantó el puño.
La caravana se frenó en silencio. Treinta personas conteniendo el aliento entre edificios abiertos en canal, vehículos volcados, jardines que habían crecido sobre el cadáver de la ciudad sin que nadie les pidiera permiso.
Bala también se había detenido. La pitbull miraba hacia la izquierda, hacia una fachada sin ventanas, y el gruñido que salía de su garganta era tan bajo que casi no era un sonido: más bien una vibración, algo que se sentía en el pecho antes de oírse en los oídos.
Nox abrió las alas sobre el hombro de Mei.
Chispa se pegó al cuello de Lucía.
Cora siguió caminando.
───────────────────────────────────────
La risa llegó desde arriba.
Aguda. Histérica. Demasiado larga para pertenecer a ninguna garganta conocida. Rebotó entre los edificios y volvió convertida en eco, multiplicada, burlona, como si la ciudad entera encontrara gracioso lo que estaba a punto de ocurrir.
Lucía se aferró al brazo de Kevin.
Malik levantó el arma.
Entonces llegaron: dos oleadas desde los flancos, lomos encorvados moviéndose con espasmos rápidos y antinaturales bajo la lluvia, costillas marcadas, mandíbulas babeantes. El primer impacto deshizo la formación. Un hombre cayó al barro al tropezar con una viga. Una anciana soltó la manta que cargaba. Kevin empujó a Lucía detrás de él por puro reflejo.
Kaiser se plantó delante de los niños con una furia limpia, casi sagrada. Bala se lanzó hacia la izquierda para cortar la entrada de una hiena que intentaba colarse entre los rezagados.
Cora ya se estaba moviendo.
La primera hiena saltó hacia un anciano. Ella la interceptó en el aire: puño contra mandíbula, hueso cediendo, el cuerpo saliendo despedido contra un poste y desplomándose en el fango. La segunda llegó por la derecha y cayó con el codo. La tercera intentó rodearla y morderle la pierna. La agarró por el cuello y le estampó la cabeza contra el pavimento hasta abrirle el cráneo entre lluvia y barro.
Donde sus manos llegaban, algo se rompía. Costillas. Cervicales. Cráneos. No era violencia salvaje: era exacta, fría, enterrada más hondo que cualquier memoria consciente.
La primera línea de hienas quedó reducida a cuerpos retorcidos y chillidos agónicos.
───────────────────────────────────────
Nadie vio llegar a los Espectros.
Uno de los hombres al fondo del grupo simplemente dejó de estar en el suelo. Un instante estaba ahí, y al siguiente sus pies ya no tocaban la tierra y sus manos golpeaban el aire buscando algo a lo que aferrarse, y el sonido que salió de su garganta fue breve y seco antes de que la oscuridad del techo lo engullera.
Después la mujer. El torso envuelto en algo que no se veía, arrastrada hacia una sombra que no existía un segundo antes. Sus uñas dejaron marcas en el pavimento.
El pánico se disparó. Los supervivientes se encogieron, alzaron los brazos sin saber hacia dónde mirar. Las criaturas usaban el caos que las hienas habían creado: mientras Cora contenía el frente, los Espectros cazaban por la retaguardia, invisibles hasta el último instante, fundidos con el barro y los restos de la ciudad.
Bandido trepó por una columna rota y se lanzó sobre una lengua que descendía hacia Kevin. El mapache mordió con una rabia salvaje, clavando dientes y garras hasta hacer que el Espectro chillara y retraje el apéndice de golpe. Chispa no se apartaba de Lucía, su cuerpo pequeño interponiéndose entre ella y cualquier movimiento que venía de arriba.
Uno de ellos apareció a apenas un metro de Lucía.
Se materializó sobre un amasijo de concreto partido: escamas tensas, ojos bulbosos, fauces abiertas, miembros anclados a la ruina con una inmovilidad repugnante. La lengua salió disparada con la velocidad de un látigo, gruesa, musculosa, cubierta de saliva que brilló bajo la lluvia. Directa a la cara de la niña.
Chispa saltó.
El hurón abandonó el hombro de Lucía como una chispa viva arrancada por la tormenta. Un destello cobrizo. Un cuerpo pequeño y furioso cruzando el aire entre el barro y la muerte. Sus dientes se clavaron en la lengua del Espectro con tal violencia que la criatura soltó un chillido y retrajo el apéndice de golpe, sacudiendo la cabeza con rabia y dolor. El hurón salió despedido y rodó sobre el asfalto.
Lucía cayó hacia atrás. Kevin la agarró del brazo y tiró de ella justo cuando Cora llegó.
Saltó por encima de un bloque hundido, aterrizó con una fuerza que agrietó el pavimento y hundió la cabeza del camaleón contra el suelo en un solo movimiento. El cráneo cedió con un crujido húmedo. La criatura convulsionó una vez y quedó inmóvil bajo su mano.
Nox no siguió a los demás al interior del túnel que Cora había señalado como salida. El ave revoloteó sobre la boca de la entrada, los ojos brillantes, fijos en la oscuridad elevada de la ciudad. Dando vueltas. Vigilando.
El Espectro se materializó sobre una viga caída sin hacer ruido. Sus escamas bioluminiscentes parpadearon una sola vez antes de saltar.
Nox emitió un graznido corto.
No fue suficiente.
La criatura lo interceptó en pleno vuelo. No hubo lucha. Solo un crack seco, un borrón de plumas grises. El Espectro cayó junto a la entrada masticando algo que ya no volaba.
Mei se detuvo en el umbral.
Vio las plumas. Vio el cuerpo inerte en el barro, la cabeza torcida, un hilo de sangre diluida mezclándose con la lluvia.
#249 en Ciencia ficción
#890 en Thriller
#293 en Suspenso
accion, supervivencia y posapocaliptico, tragedia dolor decepcion venganza
Editado: 28.08.2026