Sky City: The Last Descent

La Garganta del Lobo

EPISODIO 9

La Garganta del Lobo

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La oscuridad dentro de la red de alcantarillado no era solo ausencia de luz. Era peso. Era

humedad pegada a la piel como una segunda ropa, fría y sucia. Un aliento subterráneo,

antiguo, cargado de agua estancada, óxido y algo orgánico que llevaba años pudriendo

despacio en la negrura. El túnel devoró a la caravana en cuanto cruzaron el umbral,

dejando atrás la lluvia y el poco aire libre que todavía les quedaba.

Durante unos segundos, los únicos sonidos fueron el chapoteo de las botas en el agua

negra y las respiraciones agitadas de los supervivientes avanzando a tientas entre paredes

de concreto resquebrajado.

Cora marchaba en retaguardia junto a Kaiser y Bala. La manada no había renunciado.

Solo había cambiado de plano.

Las viejas luces de emergencia del túnel seguían vivas a intervalos miserables,

parpadeando con un resplandor amarillento y enfermo que iluminaba tramos de tubería,

charcos espesos y columnas cubiertas de hongos antes de volver a dejarlos en una

penumbra temblorosa. Cada vez que la luz se apagaba, el grupo entero contenía el aliento.

Cada vez que regresaba, el túnel parecía más estrecho que antes.

El primer choque llegó desde atrás.

Una hiena se lanzó desde las sombras con la risa todavía vibrándole en la garganta. Bala

la recibió de frente, arrancándola del aire con una embestida que la estampó contra la

pared con un golpe húmedo y seco a la vez. Kaiser mordió a otra en el cuello y la hundió

en el agua con un gruñido que retumbó por todo el conducto. Cora llegó un segundo

después y con el canto de la mano le cerró la mandíbula a la tercera, un impacto limpio

que la dejó girando sobre sí misma antes de desplomarse.

Nadie lo celebró. Todos sabían que no era suficiente.

Las luces parpadearon una vez. Dos. A la tercera, algo comenzó a moverse en el techo.

No fue visible al principio. Solo una distorsión tenue entre tuberías y placas húmedas de

concreto, como si la oscuridad respirara allí arriba con demasiadas gargantas. Los

Espectros se deshicieron del camuflaje demasiado tarde para que los humanos pudieran

leer lo que venía.

Las primeras lenguas cayeron como látigos.

Un hombre al fondo del grupo no llegó a gritar. Algo se le enroscó en el cuello y lo

arrastró hacia arriba con tal violencia que sus pies dejaron de tocar el suelo antes de que

nadie pudiera agarrarlo. El sonido fue el de una articulación forzada más allá de su límite,

breve y definitivo. Otra lengua atrapó a una mujer por la cintura y la lanzó contra la pared

lateral, donde unas fauces invisibles se cerraron sobre su hombro con el crujido denso del

hueso abriéndose. Los gritos estallaron a la vez en el espacio cerrado del túnel,

multiplicados por el eco hasta volverse una sola cosa sin forma.

Los supervivientes se encogieron, tropezaron, alzaron los brazos sin saber hacia dónde

mirar. El agua negra salpicó botas, sangre y cascotes mientras algo invisible seguía

cazando desde arriba.

Bandido trepó por una columna rota y se lanzó contra una lengua que descendía hacia

Kevin, mordiéndola con una rabia que hizo chillar al Espectro y retraer el apéndice de

golpe. Chispa no se apartaba de Lucía, su cuerpo pequeño interpuesto entre la niña y

cualquier movimiento que llegara desde las sombras de arriba.

No bastó. No podía bastar.

Elías llevaba un rato apoyándose más de lo habitual en el bastón improvisado. Nadie lo

había dicho en voz alta, pero Cora lo había notado: el paso más corto, la cabeza un poco

más baja entre los hombros, la tos que ya no se molestaba en sofocar. Cuando la

emboscada estalló, el anciano siguió caminando porque era lo único que sabía hacer.

La lengua lo alcanzó en el pecho.

No hubo grito. Solo el tirón brutal hacia arriba, los pies del anciano buscando suelo que

ya no existía, y el bastón cayendo al agua con un golpe sordo. Cinthia lo vio y abrió la

boca, pero el nombre que salió de ella no tuvo tiempo de llegar a ningún lado. Cora giró

hacia él, pero una hiena irrumpió por el costado y tuvo que destrozarla de un codazo antes

de poder avanzar. Para cuando alzó la vista, Elías ya estaba arriba, medio perdido entre

tuberías, patas prensiles y sombra.

La encontró una última vez con los ojos. La miró como se mira algo que uno ya sabe que

no va a poder llevarse. Luego desapareció.

Lucía gritó.

Otro Espectro había surgido sobre ella, fundido hasta el último instante con la bóveda del

túnel. Sus fauces se abrieron y la lengua descendió como una cuerda viva, directa a

envolverle la cara.

Chispa saltó antes de que Kevin pudiera siquiera moverse. El hurón se lanzó desde los

brazos de Lucía con una ferocidad desesperada, se enredó en la lengua del monstruo y le

clavó los dientes con tal rabia que el Espectro se sacudió en plena maniobra y lanzó un

chillido áspero contra el techo. Lucía cayó de rodillas en el agua, llorando, mientras Kevin

la arrastraba hacia atrás con ambas manos.

Cora llegó entonces. Golpeó la pared, se impulsó desde una tubería baja y alcanzó al

Espectro en el techo. Su puño atravesó escamas, hueso y concreto en el mismo impacto.

La criatura quedó clavada contra la bóveda un instante grotesco, convulsionó y cayó al

suelo como un saco abierto.

Los demás retrocedieron un paso al verla. No por miedo a la bestia.

El túnel seguía devorando gente. Más gritos. Más cuerpos arrastrados hacia arriba. Más

sangre mezclándose con el agua negra. La retaguardia se rompió y Cora tuvo que moverse




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