Sky City: The Last Descent

El Terror del Depredador

EPISODIO 10

El Terror del Depredador

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Del pecho de Zazz todavía salía un hilo de humo caliente.

La plaza en ruinas había quedado en silencio tras el impacto, como si incluso la ciudad

muerta necesitara un segundo para entender lo que acababa de ocurrir. La lluvia seguía

cayendo sobre el concreto roto, sobre los charcos de sangre, sobre los restos de hienas y

Espectros, y sobre el cuerpo inmóvil de Bala a un costado de la entrada del túnel.

Cora permanecía de pie frente a Zazz. No jadeaba. No temblaba. Pero algo en ella había

cambiado. La tristeza por la muerte de Bala seguía ahí, afilada, viva, clavándole el pecho

desde dentro. Solo que ya no se parecía al dolor humano que había conocido hasta

entonces. Era otra cosa. Más fría. Más compacta. Como si toda esa pena hubiera sido

comprimida hasta convertirse en una sola voluntad.

A sus espaldas, los supervivientes no se atrevían a hablar. Kaiser seguía junto al cuerpo

de Bala, erguido a pesar de las heridas, con el lomo empapado y la respiración pesada.

No se tumbaba. No apartaba la mirada. Bandido y Chispa permanecían cerca de él en un

silencio extraño, casi ceremonial.

Zazz se limpió la sangre del hocico con el dorso de la garra. Enseñó los dientes.

Cora se lanzó sobre él.

No fue un movimiento propio de un humano. Fue una línea recta de violencia.

Zazz alcanzó a reaccionar por puro instinto, apartando el cuerpo a un lado justo cuando

el primer golpe pasó rozándole el rostro con tal fuerza que el aire mismo crujió. Aterrizó

mal, clavó una garra en el suelo para no perder el equilibrio y contraatacó de inmediato.

No peleaba como una bestia cualquiera. Peleaba como alguien que había matado durante

demasiado tiempo. Sus garras buscaron garganta, articulaciones, tendones. Los puntos

exactos donde el cuerpo humano se abría, sangraba o dejaba de responder. Sabía

desangrar. Sabía convertir la anatomía en debilidad.

Pero ella no se comportaba como un humano.

El primer zarpazo pasó a un dedo de su cuello. El segundo rozó el hombro. El tercero ni

siquiera encontró carne. Cora ya se estaba adaptando, y Zazz lo notó demasiado tarde:

algo en la manera en que ella se movía empezó a perturbarlo. No era solo velocidad. Era

corrección. Como si cada segundo de combate le bastara para recalcularlo por completo.

Como si estuviera aprendiendo su patrón antes incluso de terminar de recibirlo.

Un golpe seco estalló en sus costillas. Luego otro en la mandíbula. La cabeza se le fue a

un lado. Saboreó sangre. El mundo osciló apenas. Intentó recuperar distancia. No pudo.

Una patada brutal lo alcanzó en el torso y lo hizo girar en el aire antes de caer de hocico

contra el pavimento encharcado. El concreto se partió bajo su peso. El agua sucia le

llenó el hocico. Se levantó por puro reflejo.

Y entonces lo entendió.

La mujer que tenía delante no olía a nada. No a sudor. No a miedo. No a adrenalina.

Detrás de ella, los humanos hedían como debía oler una presa: terror, cansancio, sangre,

desesperación. Incluso los animales dejaban rastros vivos en el aire. Pero ella no. En

torno a su cuerpo solo había vacío. Una ausencia total de señal, como si el combate

estuviera ocurriendo contra algo que no tenía interior.

Zazz sintió algo que no le gustó reconocer. Un estremecimiento.

Aun así, el orgullo le cerró la retirada. Aulló y se lanzó de nuevo, ahora sin cálculo fino,

sin paciencia, dejando que la violencia pura guiara el cuerpo. Esta vez consiguió rozarle

el cuello con las garras y arrancarle solo la tela, obligándola a dar medio paso atrás.

Presionó. Descargó un golpe tras otro. Garra. Codazo. Mordida. Rodillazo.

Pero nada funcionaba.

Sus uñas resbalaban. Rebotaban. No penetraban. No había carne cediendo, ni sangre, ni

ese pequeño triunfo táctico que siempre anuncia que la presa ya está abierta.

La desesperación empezó a mezclarse con el esfuerzo. Sus pulmones comenzaban a

pedir aire a ráfagas. El pecho le pesaba por el golpe anterior. Cada movimiento costaba

más. Ella, en cambio, no parecía cambiar. Ni agotamiento. Ni jadeo. Ni vacilación.

Zazz empezó a retroceder. Solo un paso. Luego otro.

Fue en ese instante cuando supo que había perdido. No porque ella fuera más fuerte. No

solo por eso. Sino porque por primera vez en mucho tiempo estaba peleando contra algo

que no entendía.

Ella entendió el momento. Y atacó.

Un movimiento mínimo. Casi invisible. Su puño se hundió en el estómago de Zazz con

una violencia compacta que le robó el aire y el equilibrio a la vez. Antes de que el

monstruo pudiera doblarse del todo, Cora lo sujetó del cuello con una sola mano y lo

alzó del suelo.

Zazz quedó colgando. Sus piernas patalearon en el aire. Las garras golpearon el brazo

que lo sostenía, arañando tela, arrancando jirones, buscando carne debajo. No había

respuesta. No había herida. No había nada que morder.

El miedo lo alcanzó entonces. No el miedo táctico del cazador acorralado. Algo más

antiguo. Más puro. Un miedo que no conocía porque nunca había sido presa de nadie.

Abrió la boca buscando aire que no llegaba. La miró a los ojos.

—¿Qué mierda eres?

Tosió sangre.

—Tú no eres humana.

La frase la alcanzó como una cuchilla. No por ser nueva. Por el lugar exacto donde

golpeaba: el mismo vacío que ella llevaba meses habitando sin saber cómo nombrarlo. La

muerte de Bala había abierto una grieta. La violencia de la plaza la había ensanchado. Y

ahora esas palabras venían a clavarse en el centro.




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