EPISODIO 11
La Perfección Obligatoria
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En Sky City, la perfección no era una aspiración.
Era una norma de convivencia.
A las seis en punto, las luces artificiales del amanecer se encendieron detrás de los ventanales polarizados. No amanecía el sol: lo simulaba un sistema de iluminación progresiva calibrado para producir serotonina antes del primer pensamiento consciente. Elian Voss abrió los ojos treinta segundos antes de que sonara la alarma, como hacía desde hacía años, como si su cuerpo hubiera aprendido que en esa ciudad incluso el sueño debía terminar puntual.
El techo cambió del azul marfil al dorado tenue.
El climatizador liberó lavanda sintética. Cítricos refinados. El olor de ningún lugar real que Elian hubiera conocido jamás, pero que en Sky City todos llamaban frescura.
—Buenos días, ciudadano Elian Voss. Índice de descanso: óptimo. Ritmo cardíaco: estable. Estado emocional: apto para la productividad.
La pulsera en su muñeca emitió un destello azul. El sistema confirmó su existencia. El sistema siempre lo confirmaba.
Se incorporó y fue al espejo. La superficie se iluminó al reconocerlo.
—Estado dérmico: aceptable. Presencia de ojeras: ocho por ciento. Recomendación personalizada: crema regeneradora Helix-9. Retrase hasta un treinta y dos por ciento los signos del envejecimiento celular. Porque el futuro merece un rostro digno de contemplarlo.
Elian miró la imagen de la mujer imposible que apareció sobre su reflejo. Piel lisa. Sonrisa serena. Ojos que no parpadeaban.
Se puso el uniforme gris perla y salió.
En el elevador, una pantalla lateral informaba:
**ÍNDICE DE CONFORMIDAD CIVIL: 94%.**
**INCIDENCIAS DE CONDUCTA: 3.**
Debajo, en letra más pequeña:
**DENUNCIAR DESVIACIONES ES PROTEGER EL FUTURO.**
Las puertas se abrieron a los jardines verticales, a la luz blanca que saturaba los ojos, a las fachadas de cristal donde flores de laboratorio florecían en un orden que ningún jardín real habría tolerado. Todo resplandecía. Siempre resplandecía. Y al fondo, donde el cristal panorámico mostraba el horizonte exterior sin filtros, estaba lo otro: las nubes tóxicas girando sobre ruinas infinitas, los relámpagos mudos en el polvo, las estructuras partidas como costillas negras saliendo de la tierra.
Elian no miró hacia allá.
Nadie miraba hacia allá.
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La plaza de la Aguja Central estaba llena cuando llegó.
Miles de personas se agrupaban frente a la tarima de mármol blanco. Banderas inmaculadas ondeaban con un viento que no existía, generado por ventiladores ocultos en las bases de las columnas. Pantallas gigantes proyectaban el emblema del Consejo y, a intervalos, imágenes idealizadas del exterior: cielos limpios, nubes blancas, una tierra que esperaba ser reclamada.
Lady Serapha ocupaba el centro de la tarima.
Llevaba el vestido ceremonial blanco, sin una sola arruga. La voz le salía amplificada, suave, precisa, diseñada para calar antes de que el oyente tuviera tiempo de decidir si estaba de acuerdo.
—Ciudadanos de Sky City. Hoy no celebramos un aniversario. Celebramos una certeza. El último descenso está cerca. El mundo que dejamos atrás ya no es un recuerdo. Es un lienzo. Y nosotros somos los únicos que aún sabemos cómo pintar sobre él.
La multitud respondió con un murmullo ordenado, casi coral.
A la derecha de Serapha, sobre la tarima, los otros Nobles formaban una hilera que desde abajo parecía una pintura ceremonial. No hablaban. No gesticulaban. Solo estaban allí, como prueba de que la longevidad era posible, de que el orden resistía, de que el sacrificio de vivir en Sky City tenía una recompensa que todavía no había llegado pero llegaría.
El hombre más viejo de la hilera, Lord Cassian Roht, llevaba las manos enlazadas a la espalda. Desde la plaza, desde donde estaba Elian, su postura parecía serenidad. Lo que no alcanzaba a verse era el tic en la mandíbula, el movimiento casi imperceptible que empezaba cada vez que alguien a su izquierda se removía en su asiento, ni la manera en que sus ojos barrían la multitud con una velocidad demasiado metódica para ser casual.
Lord Mavian, a su lado, sostenía una copa que no bebía. La giraba despacio entre los dedos con el gesto distraído de alguien que calcula mentalmente mientras finge escuchar.
El Barón Vex no miraba a la multitud. Miraba el respirador magnético incrustado en su propia tráquea con la expresión de alguien que lleva años esperando que un aparato falle y ya ha dejado de creer que ese día no llegará.
Elian los observó un momento. Luego apartó la vista.
Había algo en los Nobles que producía incomodidad cuando se los miraba demasiado tiempo. No miedo. No exactamente. Algo más parecido a la sensación de observar una fotografía muy ampliada donde los detalles empiezan a separarse de la imagen.
Serapha continuó:
—Durante diez años hemos protegido la pureza. Hemos perfeccionado el cuerpo, la mente y la fe. Ahora el momento de devolver esa pureza a la superficie se acerca. No como invasores. Como herederos.
Un hombre en la primera fila levantó la mano.
No gritaba. Solo levantó la mano, como se hacía en las asambleas antiguas que ya nadie recordaba del todo.
—Lady Serapha… —dijo, con una voz que temblaba apenas—. Si el exterior es tan hostil como muestran los reportes, ¿cómo garantizamos que los niños…?
No terminó la frase.
Dos figuras de blanco se acercaron a él desde los laterales. No gritaron. No empujaron. Caminaron con la velocidad y la dirección de algo bien practicado. Lo tomaron por los brazos.
—No, esperen —balbuceó el hombre—. Solo pregunté…
Se lo llevaron por un corredor lateral. Nadie en la plaza se giró a mirarlo. O casi nadie.
Elian lo siguió con los ojos el tiempo justo para ver la puerta al fondo del corredor: una sala blanca, dos sillas metálicas con correas negras, un arco de luz descendiendo desde el techo con la cadencia de un latido. La puerta se cerró.
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Editado: 28.08.2026