Sky City: The Last Descent

El Sudor del Cielo

SKY CITY — EPISODIO 14

El Sudor del Cielo

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Adrast Veyn tenía una costumbre que ninguno de sus operadores había mencionado jamás en voz alta: cuando los números se ponían peor de cierto umbral, dejaba de mirar las pantallas y se miraba las manos.

No era un gesto consciente. Era lo que hacía el cuerpo cuando la mente ya no podía procesar más datos y necesitaba un objeto concreto en el que apoyarse. Las manos de Adrast eran las de un ingeniero que llevaba décadas trabajando con metal y presión y calor: los nudillos engrosados, las yemas marcadas por el contacto con paneles y válvulas, una cicatriz vieja en el índice derecho de cuando una tubería había cedido en el nivel cuatro y él había sido el más cercano. Las miraba un momento. Luego volvía a las pantallas.

Llevaba dieciocho horas sin abandonar la sala de control.

—Reactor Uno, contención al treinta y siete por ciento —informó una operadora sin apartar la vista del panel secundario—. Reactor Dos, fuga térmica estabilizada de forma temporal. Reactor Tres absorbiendo carga no autorizada por encima del límite de seguridad.

—No es una carga no autorizada —murmuró Adrast—. Es toda la ciudad colgándose de su cuello.

Nadie respondió. No hacía falta.

En la pantalla central, los tres núcleos parpadeaban en rojo crítico. Dos de ellos eran cadáveres que el sistema seguía llamando activos por cortesía burocrática. El tercero agonizaba más despacio, que era la única diferencia que importaba ahora mismo.

Una alerta secundaria parpadeó en el panel del Reactor Dos. Adrast reconoció el código al instante. Era el mismo que había visto la noche del primer descenso.

*

La noche era una herida abierta en el cielo.

Los altavoces de la sala de control transmitían el sonido exterior en tiempo real: el viento contra el fuselaje, el zumbido de los generadores auxiliares, las comunicaciones entre los equipos de mantenimiento que trabajaban en las plataformas externas. Todo llegaba con esa calidad específica del audio comprimido, ligeramente plano, que hacía que los sonidos reales parecieran un poco menos reales de lo que eran.

Adrast llevaba horas escuchando ese sonido. Herramientas contra metal. Voces técnicas. El chirrido de los andamios magnéticos descendiendo por el fuselaje.

Luego llegaron otros sonidos.

Primero fue un cambio en el tono de las voces. No palabras todavía: solo el timbre específico de alguien que ha visto algo y todavía no ha decidido cómo nombrarlo. Luego una voz más alta. Luego varias a la vez. Y entre ellas, debajo de ellas, algo que no pertenecía a ningún equipo de mantenimiento: un rugido que los altavoces convirtieron en un zumbido grave antes de que Adrast pudiera identificarlo.

Miró los monitores.

En la cámara exterior del sector sur, entre los reflectores de trabajo, los supervivientes humanos todavía alzaban los brazos hacia la luz de la ciudad. Figuras demacradas, cubiertas de polvo, avanzando con pasos que ya no esperaban llegar pero seguían moviéndose por pura inercia del cuerpo. Adrast los había visto aparecer hacía media hora. Había abierto el canal interno para preguntar qué se hacía con ellos y nadie había respondido todavía.

Ahora ya no importaba.

Las bestias llegaron desde la oscuridad del Yermo como una marea que hubiera estado esperando que alguien encendiera la luz para saber hacia dónde moverse. Los primeros en caer fueron los técnicos del andamio sur: Adrast los vio en el monitor —un movimiento brusco, un cuerpo que dejaba de estar de pie, los reflectores balanceándose— antes de que los altavoces trajeran el sonido con su habitual retraso de medio segundo.

Cuando el sonido llegó ya no era un grito. Era otra cosa.

—¡Replieguen! —gritó Adrast al micrófono—. ¡Cierren las plataformas! ¡Suban!

Los marcadores rojos empezaron a aparecer en el mapa: una señal de intrusión en el nivel inferior, luego dos, luego cinco, luego doce en el tiempo que tardó en contar hasta doce. Las bestias habían entrado por los andamios de reparación. Habían aprendido a seguir la estructura hacia arriba con la misma lógica con que un río sigue la pendiente: no por inteligencia, sino por la insistencia ciega de algo que quiere llegar a donde huele que hay carne.

En los monitores: pasillos. Compuertas forzadas. Técnicos corriendo. Una cámara que mostraba un corredor vacío y luego, en el siguiente frame, no estaba vacía.

—¡Sellen el nivel cuatro! —gritó—. ¡Cierren las compuertas de contención!

—No podemos, jefe —respondió una voz desde el interior—. Hay técnicos atrapados al otro lado.

Adrast miró la pantalla. Los técnicos atrapados al otro lado eran tres puntos en el mapa. Los marcadores rojos de intrusión eran doce y seguían sumando.

Hizo el cálculo.

El tiempo que tardó en hacerlo fue el tiempo en que los tres puntos dejaron de actualizarse en el mapa.

—Sellen —dijo.

Tardaron dos horas en contener la invasión. Cuando finalmente lograron reanudar el ascenso, el fuselaje inferior de Sky City llevaba la marca de aquella noche como una cicatriz que los ingenieros registraron en los informes como daño estructural menor y que Adrast supo desde el primer momento que no era menor.

El Reactor Dos había sufrido una sobrecarga durante la maniobra de emergencia. El sistema de refrigeración quedó comprometido. Los técnicos muertos no pudieron completar las reparaciones.

Sky City se elevó de nuevo.

Pero ya no era la misma.

*

Tres años atrás, cuando Adrast leyó el informe del segundo descenso por tercera vez, lo cerró, lo dejó sobre la mesa y fue a la sala de comunicaciones.

No porque hubiera algo que aclarar. Todo estaba perfectamente claro.

La llamada tardó cuatro minutos en conectar. La voz de Lord Cassian Roht llegó sin estática, sin ruido de fondo, con la calidad impecable de alguien que tiene el mejor equipo de comunicaciones que el dinero puede comprar incluso cuando la ciudad que lo sostiene se está desmoronando.




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